viernes, 19 de abril de 2013

Contradicciones

Estábamos visitando 
el Cañón del Sumidero en México, a punto de adentrarnos con un barco en la parte en que sus paredes se elevan a más de mil metros desde el nivel del río. En esa zona de entrada al cañón se amontona todo tipo de fauna, pero el animal más codiciado por las miradas de los que llenamos la embarcación es el cocodrilo. Para nosotros, poder ver a esos cocodrilos supone resarcirnos del infructuoso paseo en busca de caimanes por los humedales de las afueras de Nueva Orleans. Pero se ve que no somos los únicos que apreciamos ese encuentro porque el barquero recibe varias veces la pregunta clave: "Pero, ¿veremos los cocodrilos?" La respuesta contenía una preciosa contradicción que no hemos podido olvidar: "Es muy difícil que los veamos, pero muy probablemente los veremos".
 
No es fácil saber a qué acogerse ante esa respuesta. Pero da la sensación de que la primera parte de la frase solo tenía como objetivo exagerar el mérito de la agudeza visual de aquel hombre. 

Pocos días después buscábamos alojamiento en Playa del Carmen, también en México, y acabamos en un "hostel", ocupando la parte baja de una litera de camas dobles en un dormitorio de mujeres. A priori puede sonar a fantasía erótica dormir rodeado de tanta compañía femenina, pero compartir un baño con nueve mujeres no tiene nada de fantástico ni de erótico. Pero, ¿No es contradictorio que, en lugar de mixto, definan un dormitorio colectivo como de solo mujeres y que te ofrezcan dormir en él?

Lógicamente, las contradicciones no solo se dan en México. Pero el recuerdo de aquellas contradicciones afloró de repente cuando escuchamos otra igual de paradójica. Hace alrededor de una semana, un autobús nos llevaba desde Puerto Natales, en Chile, hacia El Calafate, en Argentina. Acabábamos de hacer una parada en un pequeño bar de carretera nada más cruzar la frontera. Aprovechando la ubicación privilegiada en medio del erial patagónico y el hecho de que pagamos con pesos chilenos, nos cobraron un café a un precio por el que se almuerza en el Waldorf Astoria. 

El suceso por sí mismo no sirve más que para una leve indignación pero da pie a que entablemos conversación con el conductor del bus intentando averiguar si es normal ese tipo de atropello. Como vamos sentados en la primera fila resulta fácil continuar la charla una vez reanudada la marcha. Tal vez atraído solo por la posibilidad de incorporarse al diálogo, un joven estudiante, también argentino como el conductor se sienta al comienzo del pasillo ocupando justo el centro del grupo.

Ambos parecen sentirse cómodos explicando que lo que acabamos de vivir se debe principalmente al hecho de utilizar pesos chilenos. Se quejan de que los chilenos desprecian su moneda argentina y explican, por tanto, que nos han aplicado un tipo de cambio abusivo como revancha. Vamos, que somos víctimas de un daño colateral de la rivalidad entre ambos países. Al tratar de desarrollar más las causas de esas rencillas, aparece un hecho que se remonta a la Guerra de las Malvinas, según el cual los argentinos -nos cuentan ellos- denuncian que Chile delató la posición exacta de un importante buque militar a los ingleses y desde entonces consideran que los vecinos chilenos les traicionaron en un conflicto armado con enemigo lejano. A mi entender, los únicos que traicionaron a los argentinos en la Guerra de las Malvinas fueron otro puñado de argentinos que llevaron a sus compatriotas a morir de forma absurda cuando el comodín de la reivindicación nacional podía hacer olvidar la trágica situación de aquellos años feos en el sur del mundo. Pero eso no es más que una opinión personal poco cualificada.

Terminada la explicación nos dijeron que eso ya eran hechos pasados, olvidados, realizados por personas que ya no están presentes y, por tanto, solo alimento para una vieja rivalidad y no para una lucha actual. Pero inmediatamente después comenzaron a enumerar todas las razones por las que les caían mal los chilenos. Y tenían un buen repertorio...

Argentinos y chilenos. Chilenos y argentinos. Tan iguales y tan diferentes. Dos caras de una misma moneda de canto afilado. Como atenienses y espartanos, guardianes de una herencia común y enfrentados por diferentes modelos de vida. Es curioso como el sur de La Patagonia conforma un paisaje tan semejante en lo físico y tan distinto en lo social a ambos lados de la frontera. Si recorres los kilómetros despoblados nunca sabrás en qué lado te encuentras. Pero en cuanto llegas a una población se acaban las dudas. En pleno final de temporada, cuando estas pequeñas ciudades comienzan a vaciarse de visitantes, Puerto Natales, a los pies de las maravillosas Torres del Paine, parece un poblado minero y El Calafate, junto al glaciar Perito Moreno, recuerda a un pueblo de Los Alpes suizos. Chile Chico y Los Antiguos están separados únicamente por un río y la frontera y, de nuevo, la misma sensación.

Ahora mismo estamos de nuevo en Chile. La estrechez de este país -en términos puramente geográficos- incentivó nuestra primera visita a Argentina. En unos pocos días volveremos a cruzar la frontera, esta vez con un puñado de pesos argentinos en el bolsillo.

lunes, 8 de abril de 2013

Todo es de color

No es con ninguna intención de menosprecio que digo que las ciudades coloniales de Centroamérica son como los pueblos castellanos pero en colores. Al contrario, me parece un gran resultado fusionar las blancas casonas castellanas con la riqueza cromática. Si algunas de estas ciudades tan hermosas han alcanzado el rango de patrimonio de la humanidad es porque el color ha terminado de rematar la faena que se inició en el antiguo reino de Castilla hace muchos años. Pero a ningún sobrio castellano se le ocurrió abandonar la uniformidad blanca y en cambio los americanos mejoraron el producto original gracias a la sensación de alegría que produce identificar cada casa individual con su particular combinación de colores. Si de repente un desalmado encalase esas fachadas tan únicas, de repente no sabríamos si nos encontramos en La Antigua de Guatemala o en Almagro, en Granada, Nicaragua, o en Trujillo.

Cruzamos Centroamérica de norte a sur -esquivando El Salvador y sin llegar a Panamá- en lo que resumiría como un viaje por los colores. Un viaje que ya comenzó en México y de donde salimos después de visitar nada menos que la Laguna de Bacalar, conocida como el mar de los siete colores. 

Disfrutamos de infinitos verdes en la selva de Petén en Guatemala. Verdes, que mientras esperábamos el amanecer sobre el templo cuatro de Tikal, iban engendrándose y diferenciándose a partir de un todo negro como en una fábula creacionista. Disfrutamos de un sinfín de colores en las alfombras de flores de La Antigua que tapizan el camino por el que han de pasar las procesiones. Un trabajo de composición que no concluye hasta unos pocos minutos antes de que el paso se acerque. Un trabajo en el que todo material es bienvenido, virutas de madera y serrín teñidos, hojas de pino, pétalos de flores, fresas, naranjas, mangos, sandías... Colores combinados con la maña de quien lleva la tonalidad en el cuerpo como otros llevan la armonía o el ritmo. Colores de un país en que muchas mujeres visten su tradicional huipil innovando en los motivos -a los que el fútbol español está contribuyendo mucho- pero siempre policromos.

Unos metros después, al otro lado de la frontera, los hondureños desterraron las vestimentas tradicionales y adoptaron el uniforme del mundo "occidental". Los desterraron junto con la gente que los vestía y también borraron a fuego los verdes de sus campos. Afortunadamente, del fuego están a salvo los fondos marinos y sus arrecifes de coral han quedado como los guardianes del color hasta que vengan tiempos mejores. Ni siquiera los autobuses hondureños tienen la variedad de sus vecino del norte y del sur.

Pasar de Honduras a Nicaragua es como quitarse unas gafas oscuras y volver a disfrutar de la luz y del color, de los autobuses rejuvenecidos gracias a las pinturas que hacen olvidar cuánto tiempo hace ya que alguien los vendió por enésima vez. Aunque tampoco se ven en Nicaragua vestimentas tradicionales, el color sí vuelve a estar en las selvas, en las casas, en los lagos grandes como mares, que cambian su aspecto al son del viento. Así el lago Nicaragua cambia del azul claro al gris oscuro cuando sus aguas se agitan sobre el fondo de arena volcánica. Azul claro como el de los pájaros que en Ometepe llaman urracas, pero que son a su pariente española lo mismo que las casas de San Cristóbal a las de Tordesillas.

Nuestro paso por Costa Rica fue tan rápido que hicimos una gran parte en tirolina. Fue un inolvidable día de cumpleaños que comenzó con todas las posibilidades cromáticas del café, los granos verdes en el cafeto, los granos rojos maduros pero aun crudos, los granos secados artificialmente con un beige muy pálido, los granos secados al sol con su dorado claro, los granos tostados desde el marrón oscuro al negro. Y de nuevo los mil verdes de la selva, que al visitarla desde el río Sarapiquí enseña algunos de los animales que normalmente oculta y que se revelan a la absoluta hegemonía vegetal.

Pero hay unos lugares en donde todos los colores se dan cita. A veces a diario y a veces en días concretos. Es el lugar de encuentro donde se sienten expuestos como en un museo.  Donde se comercia con ellos. Son los mercados. Hay pocas experiencias mejores que pasar las horas en los mercados centroamericanos. Y de nuevo es un placer que ya disfrutamos en México. Son el paraíso de las frutas, las verduras y también de las legumbres. Son lugares donde uno se olvida de términos como envase, caducidad, transgénico, industria... Donde solo la mandan la forma y el color, donde si hay una adulteración es el tinte de las legumbres. Son tan abundantes y tan protagonistas los colores en los mercados que incluso hacen olvidar que a cada uno le corresponde un sabor.