jueves, 28 de marzo de 2013

Ciudades calientes

Tegucigalpa no es una ciudad bonita. Ni siquiera desde la habitación del lujoso hotel donde hemos pasado la noche se ve un entorno atractivo. En ningún momento se percibe una vida de calle sana y alegre. Solo hemos hecho aquí una breve escala y el conductor que nos lleva hasta la terminal del Tica Bus nos cuenta que vamos a la zona más peligrosa de la ciudad, lo que él llama la zona más caliente. En general, todos los locales suelen advertirnos sobre la inseguridad de algunas zonas o algunos transportes pero este hombre es especialmente insistente, nos recomienda no abandonar la sala de espera de la terminal más que para abordar el autobús y no caminar por la zona en ningún caso.

La terminal del Tica Bus en Tegucigalpa es bastante decepcionante. El autobús internacional más famoso de Centroamérica se espera aquí en una pequeña habitación con el mostrador de ventas y un banco de unas pocas sillas fijadas a la pared. No estamos de suerte. A pesar de llegar con 45 minutos, todos los asientos están vendidos. El muchacho del mostrador no alcanza a decirnos más que ese es el único servicio del día y que ya hay dos personas en lista de espera. Su compañera parece un poco más proactiva o se compadece más de nosotros y sugiere que tenemos otras alternativas tomando autobuses locales que cubren trayectos más cortos y en varias etapas podemos llegar a la frontera con Nicaragua. Estamos en Semana Santa y la devoción en estos países revitaliza a los transportistas.

El muchacho toma desganado el relevo y nos indica cómo llegar andando hasta esos autobuses. Se le nota reacio a hablar del tema. Las instrucciones suenan muy sencillas: salir a la calle, girar en la primera esquina a la izquierda y continuar unos 500 metros hasta una zona donde se encuentran todas las empresas que hacen el viaje a Choluteca. Todos los que esperan en la pequeña sala abarrotada nos miran. Salimos a la calle y un hombre sale inmediatamente tras nosotros. Habla muy rápido, sobre todo para ser hondureño. Nos repite las instrucciones para llegar mientras nos acompaña hasta la primera esquina. Se le nota muy nervioso, camina deprisa y nos recomienda que hagamos lo mismo todo el trayecto, "caminen deprisa, no se detengan por nada, no tienen hora, no tiene cigarrillos, solo caminen deprisa sin pararse". En cuanto llegamos a la esquina se vuelve con la misma hacia la terminal y os deja enfilados en la calle principal. Nos quedamos con la sensación de que el hombre ha hecho de tripas corazón para acompañarnos esos pocos metros

Seguimos su consejo y caminamos deprisa por esa calle que sin tantas advertencias no nos parece mucho peor que otras que hemos conocido, por ejemplo en La Ceiba. La calle baja en una cuesta suave por lo que no se nos hace demasiado pesado recorrer la distancia. Incluso paramos a preguntarle a un anciano si vamos en la dirección correcta.

Llegamos a una zona donde se acumulan autobuses de línea regular, es decir, una variedad de furgonetas y autobuses escolares reconvertidos en los que no hay manera de identificar su recorrido. Como ocurre en muchas terminales, un puñado de hombres sale a nuestro encuentro a preguntar dónde vamos para ofrecernos su autobús. En Centroamérica no hay concesiones sino una feroz competencia por los pasajeros, en ocasiones entre muchos vehículos. Al tiempo que preguntan, intentan agarrar nuestras mochilas pero subimos directamente a una de las furgonetas con ellas a la espalda.

Acomodamos las dos mochilas grandes ocupando un asiento (lo que luego nos costará pagar un billete más) y nos sentamos. En el asiento de al lado, un joven de unos veinte años se acomoda la pistola bajo el pantalón. Estos asientos no son cómodos ya de por sí, como para llevar complementos. En un intervalo de unos cinco minutos suben a vendernos fundas para móviles, juguetes, gafas de sol, refrescos, chicles y golosinas. Los autobuses centroamericanos son como un pequeño centro comercial, con constantes subidas y bajadas de vendedores, sobre todo de comida y bebida.

Tan pronto como la furgoneta se pone en marcha, la señora sentada delante de nosotros se levanta y anuncia que vamos a rezar por nuestro autobús, para que Dios dé sabiduría al conductor y, sobre todo, para que todos podamos llegar a nuestro destino sanos y salvos, tanto los locales como los turistas. Expresa estos deseos con varias frases sinónimas, se arranca con un Padrenuestro y redondea la faena con otro par de oraciones.

Sus rezos no impiden que nos paren en el primer control policial, a pocos kilómetros de haber salido. No sabemos cómo se resuelve la situación porque solo se ha bajado el conductor, pero sospechamos que se ha llegado a un arreglo. Esta es la última vez que nos detienen, aunque pasamos por cinco controles más. 

El resto del trayecto es, por comparación, bastante monótono y solo está aderezado por los gritos de "¡Choluteca, Choluteca!" que lanza, en busca de seguir rellenando asientos, el cobrador del bus cada vez que ve un grupo de gente cerca de la calle. 

En el bus también viaja Peter. Aun no sabemos que se llama así, pero nos identificamos fácilmente como compañeros viajeros. En el trayecto no podemos hablar por la distancia entre nuestros asientos. Al llegar a Choluteca, comprobamos que los tres viajamos con destino a la frontera y de ahí a León. Juntos subimos al siguiente autobús, pero tampoco nos sentamos juntos. Esta vez se trata de un transporte escolar reconvertido y está diseñado para cinco personas por fila. Lo que ocurre es que el escolar medio es algo menos voluminoso que su versión adulta. Y como hemos llegado de los últimos al bus, cada uno ocupa un hueco vacante en una fila distinta. En mi caso, me toca compartir con una señora que bien pudo haber ganado un concurso de peso de Honduras y con su esposo, por lo que reconocer el hueco es un ejercicio de imaginación.

Tras casi dos horas de viaje, dos medias peliculas de Van Damme y haber dejado por el camino a la mayoría de los pasajeros, llegamos a la frontera. Peter va bien informado y sabe que las distancias que tenemos que hacer entre los puestos fronterizos son razonables para andarlas. Antes de que pongamos pie en tierra, es más, antes de habernos detenido completamente, han subido al autobús varios hombres que se ofrecen a llevarnos hasta la línea de la frontera. No parecen aceptar bien nuestra negativa y cuando bajamos siguen insistiendo mientras pelean entre ellos por hacerse con nuestras mochilas todavía en el maletero. La pelea, que ha subido de tono, se disuelve al recuperar nosotros las mochilas pero no cesan de rodearnos e insistirnos. 

Llegamos al puesto de inmigración hondureño todavía con ellos. No pierden la esperanza de cruzarnos el puente sobre el Guasaule que nos separa de Nicaragua. Nuestro papeleo es rápido y sencillo aunque requiere pagar una nueva tasa de porquesí. Pero Peter no tiene sello de entrada en Honduras. Cuando entró, le explicaron que no era necesario, que los cuatro países centroamericanos tienen un acuerdo común que solo requiere el sello a la entrada global y a la salida global. Lo llevan aparte y lo acompañamos para ofrecerle el servicio de traducción que ya nos va haciendo famosos. Viene a continuación la puesta en escena habitual del chantaje fronterizo. Ahora resulta que es ilegal entrar sin ningún sello y le ofrecen un arreglo por 60 dólares. Peter no lleva dinero en efectivo porque ha gastado practicamente todo buscando deshacerse de todos los lempiras hondureños. Negocio con el oficial de inmigración rebajarle la pena a 30 dólares, haciéndole creer que es todo lo que a mí me queda. Le parece suficiente y los españoles pagan el rescate del alemán. Es uno de tantos gestos de ese sentimiento de solidaridad que se genera entre los viajeros. Entre viajeros, no hay nacionalidades, no hay razas, solo hay un mundo de viajeros y locales. Y los viajeros entre sí se ayudan. Es una pena que no seamos capaces de encontrar excusas para extender esa solidaridad de manera más universal, porque una de las mejores cosas de viajar es ofrecer y disfrutar la solidaridad viajera.

jueves, 21 de marzo de 2013

Legado histórico

Cuando los primeros "descubridores" europeos llegaron a la tierra que se les interpuso en su viaje hacia las Indias, se encontraron con unos pobladores que no conocían las armas de fuego, la rueda -para el transporte- ni al único y verdadero dios de los cristianos. Pasados más de quinientos años de aquel encuentro fortuito, lo que resultó ser un continente aun muy distante de las ansiadas Indias tienen una presencia constante de toda esta herencia, una transferencia cultural que difícilmente pueden compensar el oro, la plata, el azúcar, el café o las vidas transferidas en el sentido opuesto.

Ha transcurrido tanto tiempo desde los primeros contactos que las muestras actuales son mucho más numerosas y variadas. Los antiguos arcabuces han sido renovados con pistolas, escopetas, fusiles... Las carretas han evolucionado a coches, camiones, "vans", motos, "mototaxis", camiones (entendidos como los que transportan mercancías y también aquí llamados así los que transportan pasajeros). Y el dios que aglutinaba en una sola fe tiene ahora más caras, según el colectivo que le mira. 

En República Dominicana escuchábamos casi al tiempo que el gallo, a la voz predicadora que amplificada por un megáfono viejo debía hacer las delicias de los menos madrugadores. La misma eclosion de las diferentes iglesias cristianas nos ha acompañado en todo nuestro viaje americano hasta ahora. Aunque esta zona centroamericana en la que ahora estamos tiende más a conservar el catolicismo original. Pero lo más interesante ha sido, sin duda, ver cómo en las comunidades indígenas más tradicionales, la religión cristiana no ha sustituido a sus ancestrales creencias mayas sino que ambas han dado como resultado un sincretismo de gran riqueza visual. Los rituales en la iglesia de San Juan Chamula, el museo de la medicina maya de San Cristóbal de las Casas o las imágenes de Santiago Atitlán dejan un sabor mixto de santos, velas de colores, botellas de refrescos, gallinas, ramas de pino, hierbas, incienso...

Desde que abandonamos los Estados Unidos, también impresionados por el número y la variedad de las iglesias, en las conversaciones con la gente de los pueblos y en cualquier casa o negocio, dios sí es omnipresente. Es en esa charla con una señora que viaja de Mitla a Hierve el Agua que agradece cada dos frases todo lo que ocurre al "creador". Es también en esa cocinera de Oaxaca de Juárez que insiste repetidamente en que la salud es lo más importante de la vida y que esa salud nos la da o nos la quita "el señor". Son esos carteles, a veces muy ingeniosos, en casi todos los pequeños locales, como ese que reza: "Este negocio es de Dios. Nosotros somos solo administradores". Tampoco resulta tranquilizante leer dentro de un autobús "Gracias, Jesús, por morir por nosotros" por más que uno sepa que no se refiere al anterior conductor.

La presencia cotidiana de las armas es algo que llama la atención y, salvo en Martinica, nos ha acompañado en todo el viaje. Ninguna presencia armada es tan abundante como la policial en México. El despliegue es espectacular tanto en número de agentes como en equipamiento, más propio de un videojuego de guerra total que de patrullas callejeras. Pero lo que en México queda en apariencia visual en manos únicamente de los diferentes cuerpos de policía, en otros países se generaliza. Conforme avanzamos hacia el sur por el pasillo centroamericano, más vigilantes uniformados o no andan provistos de armas largas para custodiar prácticamente cualquier negocio, una gasolinera, un banco, un supermercado. Aun más inquietante resulta encontrar por la noche a un hombre apostado en la puerta del hostal en La Ceiba, Honduras, con el tradicional machete de la selva.

Pero donde la evolución ha desarrollado una variedad más rica es probablemente en los vehículos sobre ruedas. En Guatemala conviven el enorme camión norteamericano con los moto taxis estilo tuc-tuc. En México, la imaginación para transformar ciclos añadiendo apéndices o modificando partes alcanza el grado de arte. Lo que aparentemente es un puesto de comidas se convierte en un aparato rodante. La uniformidad del autobús escolar amarillo, cuya presencia llega tan al sur como ahora nos encontramos contrasta con las variedades locales del transporte colectivo en tamaños y colores. Destacan de momento los guatemaltecos con un despliegue de luz y color que supera a ambulancias y coches de feria juntos. Y también las propias normas circulatorias ofrecen un abanico que va desde la permisividad en República Dominicana para viajar en moto cuatro personas sin casco a la prohibición de circular sin casco o dos varones juntos en Honduras. No, no es homofobia, se trata de dificultar los asaltos desde motocicletas.

Una gasolinera con varios autobuses repostando, dos vigilantes armados con escopetas y un carrito de comida con el lema "el éxito de este negocio depende de Dios" puede ser una buena síntesis en una sola imagen.

Por supuesto, estas presencias masivas despiertan también sus rechazos entre muchos de los que entre ellas tienen que vivir a diario. Y, por supuesto que hay excepciones. La isla de Caye Caulker en Belice o la de Utila en Honduras, donde ahora descansamos en espera de bucear mañana, carecen casi completamente de estas tres herencias, al menos en apariencia. 

Aquí, aislados del ajetreo continental, vamos a cruzar los dedos para ver si la majestuosa naturaleza de la que estamos rodeados nos premia con la presencia de algún tiburón ballena mientras buceamos en las Islas de la Bahía.
 

miércoles, 13 de marzo de 2013

¡Viva México, cabrones!

El tiempo se entristeció tan pronto como supo que nos preparábamos a dejar México. El sol, que la tarde anterior nos había mostrado en todo su esplendor el mar de los siete colores en Bacalar, decidió no dejarse ver a la mañana siguiente. Y aunque no renunciamos a un madrugador baño en las claras aguas de la laguna, los siete colores quedaron en siete matices más difusos. Ha sido el único día que el sol no nos ha acompañado mientras cruzábamos este maravilloso país. 

Entramos a través de un desierto, pocos días después estábamos en una de las ciudades más pobladas del mundo, atravesamos montañas y selvas para llegar a las playas de arena blanca y salimos por el mar. No sobrevolamos el país, pero lo compensamos sumergiéndonos en las entrañas de la península del Yucatán, ese sistema de ríos subterráneos testigos de lo que un día fue su piel. Pocas experiencias subacuáticas son más bellas que el buceo en un cenote profundo. 

Ya al saltar al agua y sentir en la boca el frescor del agua en lugar del típico gusto salado se comienza de una forma especial. En el Pit, el agua llega hasta los siete metros de profundidad y ahí comienza una zona en la que el agua dulce va mezclándose con la salada del fondo, creando una capa de escasa visibilidad por la turbiedad de la mezcla. Al seguir descendiendo, la luz que entra por la parte superior va disminuyendo poco a poco. Al mirar hacia arriba se ve al contraluz el orificio de entrada, cada vez más pequeño, cada vez más oscuro. A los 35 metros de profundidad, una nube de sulfuro de hidrógeno forma una capa que atravesamos con la misma sensación que se debe sentir en una nube del cielo. Por momentos no se ve nada más que gas blanco ocultándolo todo. Estamos flotando en una nube. 

Por encima de la nube de nuevo, volvemos a recibir la escasa luz de la entrada. Los haces de los cuatro focos van iluminando a su paso estalactitas, estalagmitas y columnas donde el tiempo ha hecho que ambas se encuentren. El agua es cristalina como recién purificada y al apagar los focos se disfruta de unos juegos de luz espectaculares entre los rayos que se filtran sobre nosotros, el fondo insondable y las entradas a las pequeñas grutas. Solo nos asomamos unos metros en la entrada del mayor sistema de cuevas de este cenote, lo suficiente para reconocer algún fósil, mudo vigilante petrificado de otros tiempos.

No solo buceamos en México en los cenotes. También probamos el fondo de Cozumel y de Playa del Carmen pero, a falta de encontrar los tiburones toro, que parecían haberse mudado hacía tan solo unas semanas, ninguna de las experiencias submarinas estuvo al mismo nivel. El arrecife de la isla está en muy buen estado de salud pero escasamente habitado por peces y los fondos de Playa merecen una visita pero no un recorrido exhaustivo.

Playa del Carmen nos dio algo más que paisajes sumergidos. Nos presentó a Wendy y Tim con quien tuvimos la fortuna de compartir día de chapuzones y noche de tragos en cenotes. Conocimos también a Briar, la hija de Wendy y a Edu, canadiense y madrileño por el mundo. Aparte de ese gran día juntos, Wendy, Tim y Briar nos adoptaron como parte de su familia para pasar el domingo en Tulum, celebrando con antelación el cumpleaños de una y preparando la despedida por la vuelta a casa de los otros. Fue un gran día en familia con playa paradisiaca, comida exquisita y helados caseros, pero con el fin amargo de la despedida. Espero que Micia no se enfade por no haberla enumerado junto con los miembros humanos de la familia.

Se acaba el paso por este país al grito de "¡Viva México, cabrones!" pronunciado por el último mexicano con el que tratamos, el oficial de inmigración, que ennoblece a su profesión. También aquí hemos recorrido kilómetros, pero de una forma distinta. Muchos de esos kilómetros en los autobuses nocturnos con cine en sesión continua y barra libre de aire acondicionado. Otros en colectivos más grandes o más pequeños, como aquel que nos condujo de Chiapa de Corzo a San Cristóbal de las Casas, con su velocímetro fijo en 80, para no desesperar a los impacientes ni asustar a los temerosos. Y, al fin y al cabo, los giros de aguja que no tenía el indicador de velocidad, los daba el del combustible.

Pero, sin ninguna duda, el viaje estrella, la sensación del momento en los transportes, el premio al desplazamiento más excéntrico, ha sido para el ferry hasta San Pedro, La Isla Bonita, en Belize. Todo en ese viaje es especial. Desde los momentos previos al embarque, cuando los militares mandan a un perro a olfatear todos los equipajes dispuestos en fila sobre el muelle. Pasando por la subida a bordo por orden de una lista caprichosa que deja a algunos fuera de los asientos para tener que sentarse en la cubierta (lo que da que pensar en una posible sobrecarga de pasajeros). Hasta el momento más hilarante cuando, tras algunos embates de las olas, se producen unos chillidos aislados de pánico y el tripulante, al grito de "¡Relájense y permanezcan en sus asientos!", avanza gateando por entre las filas de asientos, liberando chalecos salvavidas cuchillo en mano y lanzándolos a quien considera. Y todo por un par de olitas al salir del remanso de la bahía de Chetumal, que no quiero pensar cómo habrían respondido en una travesía por el Atlántico.

Ahora, tumbados en unas hamacas en Caye Caulker, Belice, acariciando la arena con la mano, adoptamos el espíritu local de vida tranquila y volvemos a cargar pilas para salir mañana rumbo a Guatemala.

martes, 5 de marzo de 2013

Imagine

¿Imaginas un mundo sin fronteras?
¿Imaginas un planeta donde las personas se pudieran mover con la misma libertad que el dinero?
¿Un mundo en el que no fueras tratado como un presunto criminal solo por intentar entrar en un país?
¿Un mundo donde no hubiera quien se enriqueciera solo por favorecer o entorpecer aquello que cruza?

John Lennon intentó imaginarse (y que todos imagináramos) un mundo así y en el que, además, no hubiera razones por las que matar y morir... Y lo mataron. No es nuestro mundo un lugar muy cómodo que digamos para los soñadores. El mundo real es un poco distinto. En el mundo real formas fila a la intemperie esperando una inspección lenta y solo en apariencia rigurosa, donde la presunción de inocencia suena a concepto trasnochado como arcabuz o carabela. Y si tienes suerte, llegas al otro lado tal cual entraste.

Después de la extorsión en la frontera de entrada a Estados Unidos, nos enfrentábamos a la de salida en el Río Grande, en uno de los puntos más nombrados en las noticias de medio mundo. Si los trámites migratorios fueron sencillos, el control de equipajes fue un sopor amenizado, eso sí, por el semáforo que te indica si tu equipaje requiere inspección extra o no. El semáforo en sí recuerda en casi todo a algunos mecanismos usados en los concursos televisivos. Nada más depositar el equipaje en la cinta pulsas un botón del semáforo y este te responde con una silenciosa luz verde si puedes pasar sin más o con una luz roja donde se lee "inspección", acompañada por un bocinazo que inmediatamente evoca a esos concursos, cuando pierdes todo lo que llevabas jugado. Tuvimos la fortuna de conseguir dos verdes seguidos. Delante de nosotros, alguien no fue tan afortunado. ¿Funcionará aleatoriamente el semáforo o seguirá alguna lógica oculta? El caso es que después del bocinazo casi uno espera que los agentes, en lugar de inspeccionarte te griten a coro un largo y triste "ooooooh" y te comuniquen por megafonía todo lo que has perdido.

Al sur de la frontera casi todo es distinto. Al menos en nuestro viaje. Para empezar, nos acogieron Juan y Sofía con una enorme hospitalidad. Compartieron con nosotros su casa, su tiempo, su comida y su conocimiento de Monterrey. Gracias a ellos visitamos un antiguo alto horno, cosa que jamás se nos habría ocurrido a nosotros solos. Les agradecimos involuntariamente todo lo que habían hecho por nosotros cuando, solo con nuestra presencia, evitamos que les robaran en casa. Paradójicamente, en un país en boca de todos por sus episodios de violencia, los dos intrusos, que no esperaban encontrar a nadie en casa, se volvieron rápidamente nada más verme. Como entiendo que no se sintieron intimidados por mi portentoso físico, creo más bien que se trataba de un par de granujas oportunistas. ¿Hacen falta más pruebas para demostrar que nada es como uno se imagina?

La segunda cosa que es diferente en este lado son los carteles. Y no se trata solo de los matices del castellano hablado aquí cuando en la carretera lees "utilice la extrema derecha" para indicar que circules por el arcén para permitir que te adelanten. Se trata fundamentalmente de que en USA hay carteles de prohibición para todo. Curiosamente, en el país que ha hecho bandera de la libertad frente al mundo, hay muchas cosas prohibidas que a nosotros nos parecen lo más natural del mundo. Pero el afán de señalización de los peligros y las prohibiciones llega a niveles enfermizos cuando en un estanque con un palmo de profundidad te señalizan la prohibición de tirarte de cabeza. Y digo yo que el que se tire de cabeza ahí tiene pocas ganas de seguir ninguna recomendación. Lo mismo podría hacerlo en el medio de la calle. ¿Estará también prohibido pero no vimos la señal?

Pues en México, si te dice un cartel "no escalar" es que realmente es peligroso hacer el cabra por ahí. Pero nosotros veníamos del mundo hipercensurado y Nathalia, a quien conocimos de camino, tampoco sentía que se debían poner puertas al campo. Y así nos aventuramos los tres por las caprichosas formas rocosas que el agua ha construido lentamente al ir depositando sus sales en Hierve el Agua. Primero paseamos, luego trepamos y, finalmente, acabamos escalando hasta encontrarnos en una situación apurada. Y es que, de vez en cuando, aunque solo sea de vez en cuando, los carteles están puestos para algo. Enganchados a las rocas que se deshace en terrones de sal, en una situación en la que la marcha atrás ya no era una opción segura, Eva tiró nuevamente de resolución, abrió camino hacia la cima de la cascada y nos ayudó a ambos a subir. Y yo descubrí que las Crocs son solo casi todoterreno.

Nos ganamos bien el baño en las pozas que vino después. Afortunadamente no estaba prohibido. Quizá, aunque solo quizá, de haberlo estado esta vez nos hubiéramos reprimido. Con Nathalia compartimos unas pocas horas pero tan intensas que se ha incorporado ya como un miembro más de nuestro viaje. Ella continuará buscando y buscándose mientras aprende a construir su propio tipi. No sé si somos propensos a coincidir con argentinas viajeras o es solo una cuestión de cantidad. Pero si es así, un programa de argentinas por el mundo no daría abasto. Quince días después de salir de San Francisco, hoy nos encontramos de nuevo con Mª Pilar. Allí estuvimos alojados en el mismo albergue. Nosotros hemos dejado atrás en México, Monterrey, DF, Oaxaca, San Cristóbal de las Casas, Mérida. Ella ha seguido su propio camino. Y hoy coincidimos de nuevo no solo en la misma ciudad, en Playa del Carmen; no solo en el mismo albergue: ¡En la misma habitación! Ella ya se marcha mañana. Y nosotros empezamos a frotarnos las manos ante lo que nos espera bajo este agua cristalina del Caribe.