Es difícil de explicar qué fenómeno tuvo lugar en el Hotel Docia de Samaná, que consiguió que gentes venidas de diferentes partes del mundo, con planes de vida diferentes, embarcaran juntas hasta La Parguera, Puerto Rico. Toda la primera planta de aquel pequeño hotel de segunda (en el que agua caliente significa "agua cuya temperatura, sin ser alterada artificialmente, mana del grifo a mayor temperatura que en Noruega") se encontraba ayer reunida en este pequeño pueblo venido a menos de la costa sur de Puerto Rico. Martin y la tripulación del Rozinante (Joss, Julie, Keith y Anna); Ike y Toni, los músicos ambulantes del Freedom; Camila y María, las dos universitarias argentinas en sus vacaciones de verano, y nosotros dos formamos un grupo tan heterogéneo como improvisado.
¿Qué nos unió? ¿La hospitalidad que todos gozamos en común de las gentes de Samaná, de Ileana, Pachi, Francis, Ryan...? ¿Las empanadas de José Luis? ¿Un concepto relajado del tiempo? ¿La promesa de las maravillas de otras islas tropicales? Quién sabe...
La mitad del grupo, los músicos, las "ninjas" argentinas y nosotros navegamos casi tres días en el Freedom. El nombre no sé si hace referencia al espíritu de su dueño, a la libertad con que el agua fluía dentro del barco o a la que tenían otros pequeños habitantes para moverse por su interior. En el Freedom nadie ocupaba un camarote fijo. Todo dependía de las condiciones y de cómo acabara el día. Así cruzamos contra un viento suave el canal que separa la República Dominicana de su isla vecina y anclamos en una bahía frente a este pequeño pueblo, que permanece aletargado entre semana esperando la llegada de los que disfrutan de los deportes acuáticos en sus descansos semanales. Tan pequeño es este pueblo que aquí no hay forma de pasar los trámites de entrada en el país, es decir Estados Unidos, a efectos migratorios. Tampoco hay ninguna forma de transporte público ni posibilidad de alquilar ningún vehículo.
Estos recortes a la libertad a la que veníamos acostumbrados no fue más que un preámbulo de lo que nos tenían preparado en la oficina fronteriza de Mayagüez. No haber leído toda la letra pequeña de las condiciones en que este país concede a los españoles la opción de entrar sin visado nos impidió saber que esas facilidades no aplican si uno intenta entrar en un barco privado. Esta pirueta burocrática nos puso en las garras de los agentes de inmigración sin más opción que elegir entre la deportación inmediata o el pago de un impuesto revolucionario destinado a seguir aportando fondos a la sagrada protección de este país o a la de sus huraños funcionarios. La sospecha se basa, sobre todo, en que durante un tiempo nos dijeron que tal vez sería posible conseguir un 2x1, dos permisos de entrada por el precio de uno, una hora feliz de visados.
Encerrados sin poder abandonar aquella pequeña sala vivimos una situación tan incómoda como paradójica. Privados de nuestros pasaportes, teníamos que ir acompañados hasta el baño, pero podíamos salir de la oficina sin custodia para buscar en un banco el dinero que nos diera la libertad. La extorsión (aunque legal y oficial, no deja de serlo) surtió efecto. Ante la alternativa de salir deportados es ferry de nuevo a Santo Domingo, sin poder volver a entrar nunca más sin visado a USA, y sin la certeza de que el sello de deportados no nos supusiera un problema para volver a República Dominicana, optamos por vaciar nuestros bolsillos y renunciar a tres semanas de viaje.
Es curioso cómo el dinero soluciona los problemas. Un pago te convierte de un indeseable digno de ser expulsado en un extranjero bienvenido por más tiempo del que el permiso original concede. Nada importa qué hayas hecho o pretendas hacer, cómo te comportes... Es ese pago el que hizo que fuéramos aceptados sin más trabas.
Ahora no sabemos si es este recuerdo o qué es lo que está haciendo que esta isla no nos guste y estemos viendo cómo abandonarla y hacia dónde. Y eso que nuestra experiencia no es ni comparable a la que sufrieron Martín y Anna, con una veintena de militares armados abordando su barco, registrando todo y deteniéndolos, a ella también por una supuesta entrada ilegal en el país y a él por facilitarlo con su barco (lo que viene llamándose tráfico de personas). Otro sutil matiz burocrático había puesto a Anna en la misma situación que nosotros. Pero a pesar de que ellos empezaron el susto de forma mucho más traumática que nosotros, todo acabó incluso mejor para ellos. Lo que a nosotros nos costó una indecencia, a Anna se lo concedieron sin coste. ¿Ya tenía el país suficientes fondos para su protección?
Felizmente, todos acabamos juntos y a salvo. Hemos vuelto a comer y a beber juntos. Hemos despedido a las ninjas, que continúan su propio viaje hacia otras playas y hemos disfrutado de nuevo de la música de "los Freedom". Hemos recibido disculpas de todos nuestros compañeros de viaje norteamericanos en nombre de su país, que es mucho más hospitalario que los funcionarios que lo guardan y que los gobernantes que los mandan. Y seguimos nuestro viaje hacia quién sabe dónde...