viernes, 25 de enero de 2013

Un velero llamado Libertad

Es difícil de explicar qué fenómeno tuvo lugar en el Hotel Docia de Samaná, que consiguió que gentes venidas de diferentes partes del mundo, con planes de vida diferentes, embarcaran juntas hasta La Parguera, Puerto Rico. Toda la primera planta de aquel pequeño hotel de segunda (en el que agua caliente significa "agua cuya temperatura, sin ser alterada artificialmente, mana del grifo a mayor temperatura que en Noruega") se encontraba ayer reunida en este pequeño pueblo venido a menos de la costa sur de Puerto Rico. Martin y la tripulación del Rozinante (Joss, Julie, Keith y Anna); Ike y Toni, los músicos ambulantes del Freedom; Camila y María, las dos universitarias argentinas en sus vacaciones de verano, y nosotros dos formamos un grupo tan heterogéneo como improvisado.

¿Qué nos unió? ¿La hospitalidad que todos gozamos en común de las gentes de Samaná, de Ileana, Pachi, Francis, Ryan...? ¿Las empanadas de José Luis? ¿Un concepto relajado del tiempo? ¿La promesa de las maravillas de otras islas tropicales? Quién sabe...

La mitad del grupo, los músicos, las "ninjas" argentinas y nosotros navegamos casi tres días en el Freedom. El nombre no sé si hace referencia al espíritu de su dueño, a la libertad con que el agua fluía dentro del barco o a la que tenían otros pequeños habitantes para moverse por su interior. En el Freedom nadie ocupaba un camarote fijo. Todo dependía de las condiciones y de cómo acabara el día. Así cruzamos contra un viento suave el canal que separa la República Dominicana de su isla vecina y anclamos en una bahía frente a este pequeño pueblo, que permanece aletargado entre semana esperando la llegada de los que disfrutan de los deportes acuáticos en sus descansos semanales. Tan pequeño es este pueblo que aquí no hay forma de pasar los trámites de entrada en el país, es decir Estados Unidos, a efectos migratorios. Tampoco hay ninguna forma de transporte público ni posibilidad de alquilar ningún vehículo.

Estos recortes a la libertad a la que veníamos acostumbrados no fue más que un preámbulo de lo que nos tenían preparado en la oficina fronteriza de Mayagüez. No haber leído toda la letra pequeña de las condiciones en que este país concede a los españoles la opción de entrar sin visado nos impidió saber que esas facilidades no aplican si uno intenta entrar en un barco privado. Esta pirueta burocrática nos puso en las garras de los agentes de inmigración sin más opción que elegir entre la deportación inmediata o el pago de un impuesto revolucionario destinado a seguir aportando fondos a la sagrada protección de este país o a la de sus huraños funcionarios. La sospecha se basa, sobre todo, en que durante un tiempo nos dijeron que tal vez sería posible conseguir un 2x1, dos permisos de entrada por el precio de uno, una hora feliz de visados.

Encerrados sin poder abandonar aquella pequeña sala vivimos una situación tan incómoda como paradójica. Privados de nuestros pasaportes, teníamos que ir acompañados hasta el baño, pero podíamos salir de la oficina sin custodia para buscar en un banco el dinero que nos diera la libertad. La extorsión (aunque legal y oficial, no deja de serlo) surtió efecto. Ante la alternativa de salir deportados es ferry de nuevo a Santo Domingo, sin poder volver a entrar nunca más sin visado a USA, y sin la certeza de que el sello de deportados no nos supusiera un problema para volver a República Dominicana, optamos por vaciar nuestros bolsillos y renunciar a tres semanas de viaje.

Es curioso cómo el dinero soluciona los problemas. Un pago te convierte de un indeseable digno de ser expulsado en un extranjero bienvenido por más tiempo del que el permiso original concede. Nada importa qué hayas hecho o pretendas hacer, cómo te comportes... Es ese pago el que hizo que fuéramos aceptados sin más trabas.

Ahora no sabemos si es este recuerdo o qué es lo que está haciendo que esta isla no nos guste y estemos viendo cómo abandonarla y hacia dónde. Y eso que nuestra experiencia no es ni comparable a la que sufrieron Martín y Anna, con una veintena de militares armados abordando su barco, registrando todo y deteniéndolos, a ella también por una supuesta entrada ilegal en el país y a él por facilitarlo con su barco (lo que viene llamándose tráfico de personas). Otro sutil matiz burocrático había puesto a Anna en la misma situación que nosotros. Pero a pesar de que ellos empezaron el susto de forma mucho más traumática que nosotros, todo acabó incluso mejor para ellos. Lo que a nosotros nos costó una indecencia, a Anna se lo concedieron sin coste. ¿Ya tenía el país suficientes fondos para su protección? 

Felizmente, todos acabamos juntos y a salvo. Hemos vuelto a comer y a beber juntos. Hemos despedido a las ninjas, que continúan su propio viaje hacia otras playas y hemos disfrutado de nuevo de la música de "los Freedom". Hemos recibido disculpas de todos nuestros compañeros de viaje norteamericanos en nombre de su país, que es mucho más hospitalario que los funcionarios que lo guardan y que los gobernantes que los mandan. Y seguimos nuestro viaje hacia quién sabe dónde...

sábado, 19 de enero de 2013

Para todos los gustos

La Republica Dominicana es como un parque temático de las religiones cristianas. Aquí encuentras salones del reino de los testigos de Jehová, iglesias católicas, pentecostales, adventistas, evangelistas, algunos del séptimo día... Algunos de ellos tienen montada una carpa tras la habitación donde hemos dormido las últimas noches y nos han amenizado con sonidos como estos:

https://www.evernote.com/shard/s40/sh/1cb59b1e-95b3-4069-965c-6b2fd2b63135/8e9b074cf8b5eb1a41c2ce69d1970a1a

Celeste y caqui

Si uno va por la mañana a comprarse un desayuno al supermercado y se encuentra a unos colegiales, con su uniforme celeste y caqui, comprándose el bocata antes de entrar a clase, ¿qué compra? Pues, naturalmente, el mismo bocata que ellos. Por cierto, no es tan distinto del de sus remotos compañeros españoles, queso y embutido de dudosa procedencia. 

Comer en Samaná es bastante más barato que en Europa, sobre todo si comes como la gente local y con la gente local. Quien prefiere comer en los sitios más turísticos paga el correspondiente peaje. Y aun así, tampoco es un exceso. Para mí, que siempre he utilizado el precio de la caña de cerveza como comparador de precios inmune a la inflación y al tipo de cambio, esa referencia no deja dudas: entre dos y tres veces más barato.

Incluso las exquisitas empanadas argentinas de José Luis están por debajo del euro. Eso sí, en su caso lo que está deconstruida no es la comida sino el propio restaurante, en el que nos reunimos inmigrantes, viajeros, turistas e incluso la alta sociedad local. Allí compartimos historias los recién llegados con los viejos del lugar, como cuál es el récord de transporte en moto o en guagua. Aquí una moto sirve para transportar un pasajero, dos pasajeros, tres pasajeros, la bombona de butano, varillas de construcción, un cerdo, un burro (pequeño, es cierto)... Y lo mejor de todo, una historia que nos contó Francis. En Santo Domingo hace unos años llevaron a un cadáver a la morgue entre el conductor y un tercero, vivo lógicamente.

Las guaguas sorprenden menos en la variedad de contenidos porque, al fin y al cabo, en un autobús tiene menos mérito transportar cuatro docenas de huevos que en una moto. En la guagua los récords son solo cuantitativos. En nuestra visita a las terrenas conseguimos la nada despreciable cifra de 19 almas en una furgoneta. No sería algo muy especial si no fuera porque todas las almas iban acompañadas de sus respectivos cuerpos. Incluso, según las creencias de cada cual, se podrían computar 20 personas, aunque yo soy bastante conservador adjudicando eso títulos.

En el extremo opuesto de la comodidad, tuvimos el golpe de fortuna de compartir coche con Paul solo unos instantes antes de que comenzara a diluviar. Nos subió para deshacer en media hora el camino que a la ida nos llevó tres horas andando. Paul es un médico norteamericano que, tras quince años viviendo en Salt Lake City, ha decidido cambiar de aires. Hasta aquí, todo normal. Bueno, si es que es normal llegar a aguantar los quince años. Antes de esa estabilidad había viajado como médico en misiones militares y de ayuda humanitaria en medio mundo, medido en países, que continentes sí ha pisado todos, algunos en su propia avioneta. Aparte de salvarnos del aguacero, Paul nos aconsejó mientras tomábamos unas cervezas de agradecimiento, descartar -por precios y comunicaciones- las Bahamas como destino de buceo y optar por hacerlo en el continente, Honduras, Belize... Y, hasta ahora, parece que le haremos caso. Porque nuestros planes son así de abiertos. Tanto que interrumpimos nuestra marcha hacia el oeste y, en lugar de atravesar por tierra hasta Haití, embarcamos con Ike y Toni hacia Puerto Rico y las Islas Vírgenes. 

Estamos esperando el permiso del puerto para salir esta misma noche. Pero los trámites aquí no son siempre sencillos y previsiblemente tendremos que hacer noche de nuevo en Samaná. Aunque es cierto que esa misma complicación de trámites y procedimientos es la que nos ha embarcado en esta nueva aventura. Nuestro cambio de planes comenzó ayer, cuando acompañamos a Martin a recuperar, en la aduana del aeropuerto, un repuesto para su barco que había solicitado a su país. La noche anterior habíamos escuchado como, tras un día entero en la aduana con pagos varios a los tipejos facilitadores, se había tenido que volver sin su pieza y sin saber muy bien qué fallaba. La combinación era perfecta: un gringo que no entiende español en medio de los chacales que instintivamente asocian piel blanca con dinero fresco.

Yendo nosotros dos con él, Martin ganaba dos cosas: traducción y compañía, que siempre arropa en estos casos. Entendiendo la situación en que se encontraba nuestro vecino de hotel nos ofrecimos a acompañarle al aeropuerto de Santo Domingo para deshacer el entuerto. Se encontraron, de repente, aquellos liantes con dos dificultades. No estábamos dispuestos a dejar que le sacaran más dinero y podíamos comunicarnos con los funcionarios directamente sin su "ayuda". Eva asumió con firmeza el liderazgo de la operación. Martin permaneció en un discreto segundo plano y a mí me quedó el papel restante, entre el protagonista y el figurante.

La sala de entrada de la oficina de aduanas estaba poblada por unos treinta profesionales del lío, unos pocos funcionarios identificados por sus credenciales, dos o tres clientes y nosotros. Un barullo de intermediarios trata de copar el acceso a cada ventanilla, a cada mostrador para que uno no pueda hacer los trámites por sí mismo. Toman tus papeles, desaparecen con ellos, reivindican que han desbloqueado un obstáculo en el proceso y vuelven al mismo lugar. De eso viven y por eso le habían sacado ya más de tres mil pesos a Martin. Una cortina de humo para envolver un proceso y hacerlo parecer aun más complicado de lo que artificialmente ya es.

Seguidos en todo momento por los zánganos y sus compinches acreditados pasamos de despacho en despacho, de ventanilla en ventanilla, de mostrador en mostrador y, por fin, al almacén. Pero nosotros siempre con los papeles a buen recaudo, en manos de Eva que los defendía de los nada disimulados esfuerzos por arrebatárselos, bien mediante pobres excusas, bien alargando la mano sin más. Esa discreta guerra por la custodia de los papeles dejó escenas divertidas gracias a la notable diferencia de estatura entre Eva y el pequeño agente doble.

Acabado todo y ya con nuestro repuesto en el coche, el funcionario y tres de los pillos nos rodeaban para reclamarnos un nuevo pago por sus supuestos trabajos, impidiéndonos salir con el coche. Lo que habían hecho hasta entonces era claramente inmoral. Pero cuando nos rodearon y nos enfrentaron con gritos amenazadores cruzaron una frontera más. El escándalo atrajo a un oficial de seguridad, que apareció reconocible por su placa colgada al cuello y su pistola, solo medio disimulada dentro del pantalón. Lo que debería haber puesto fin a la situación y habernos tranquilizado se convirtió en el momento más preocupante de la aventura cuando la ambigua actitud del oficial delató que no solo conoce los trapicheos que allí tienen lugar sino que los tolera y quién sabe si no le procuran alguna alegría extra. 

Incapaz de cerrar por sí mismo el episodio, recurrió a un superior que sí tomó clara posición a nuestro favor en cuanto escuchó la historia. ¿Se hizo el indignado para terminar por la vía rápida con aquella escena que empezaba a resultar demasiado notoria o estaba claramente en contra de que se produzcan aquellos hechos? A nosotros nos dio un poco igual. Esos tramposos que viven de abusar de quien no puede valerse solo o se deja intimidar se quedaron sin su mordida y nosotros volvimos con el eterno agradecimiento de Martin que insistió en que nuestro futuro pasaba por acompañarlos hasta las Islas Vírgenes, donde nos ayudará en lo que pueda con sus contactos para que disfrutemos de los fondos marinos de coral y barcos hundidos que pueblan ese paradisiaco archipiélago.

Y así deshacemos camino andado y nos embarcamos con Ike y Toni hacia Puerto Rico y de ahí a las Vírgenes. ¡Y no solos! Camila y María, dos jóvenes argentinas, también vecinas del Hotel Docia embarcan con nosotros hasta Puerto Rico, aunque ellas volverán a la República Dominicana para volar a casa y poner fin a sus vacaciones tropicales. Aunque la mala suerte de Martin con la mecánica nos mantiene retenidos en la bahía de Samaná, ahora con un nuevo fallo en la transmisión. En cuanto solucione el problema, zarparemos los dos barcos en contra de aquellos alisios que tan perezosos se mostraron para traernos hacia acá y que parecen haber recobrado energía justo ahora.

lunes, 14 de enero de 2013

A Dios rogando...

El pueblo dominicano es profundamente creyente. Salta a la vista muy pronto, solo con ver la enorme cantidad de iglesias y, sobre todo, el ingente número de salmos, alabanzas y demás escritos similares por todas partes. Están escritos en las paredes de casi todos los negocios locales, algunas casas, los coches, las guaguas, incluso las motos. Particularmente me llaman la atención estos últimos. Cada cual elige el suyo, como esa omnipresente Suzuki monocilíndrica en la que se podía leer "Jesús te ama y quiere sarvarte". Digo yo que también podría aprovechar para educarte. 

Hay muchos textos repetidos, uno de los más habituales es "Cristo es la salvación. Búscalo" o variantes muy parecidas. Los niños, obedientes al mandato se pasan el día en la calle buscándolo porque en la escuela ya han debido descartar encontrarlo. Pero siempre encuentras alguno nuevo que te sorprende, como hoy que hemos visto en la fachada de un colmado la frase "Renuncia a 666. Jesús es la salvación". Me ha hecho bastante gracia el tabú.

A mi entender, el pueblo dominicano es profundamente creyente en apariencia solo para esconder que, en realidad es un pueblo extremadamente escéptico. Siglos acumulados de decepciones parecen haber cincelado una desconfianza generalizada en que el futuro traiga algo mucho mejor. Eso explica que aquí se vive siempre en el presente. Cuando alguien cree en el progreso, el presente no existe. Queda aplastado entre lo que fue y todo lo bueno que está por llegar. Aquí el presente se extiende indefinidamente ocupando el vacío que deja el futuro al que no se espera. 

Esa es la esencia que destila este país a primera vista, un presente infinito. Un presente lleno de días idénticos, una secuencia de hoys sin mañana. Y el presente es muy distinto si se toma como entrante o como plato principal. 

Los lemas de la pasada campaña política, que ha dejado su recuerdo en unos carteles que parecen durar hasta la siguiente, están redactados en armonía con este escepticismo. Solo eso explica que sean tan exageradamente optimistas. Se han pasado de rosca. Los carteles de Danilo Presidente, que no sé si se acercan más a Zapatero o al Atilano de La Cuadrilla, incluyen frases que anuncian un mundo tan perfecto que incluso el paraíso debería mejorar sus servicios para parecer atractivo. Y la alternativa presidencial la ocupa Papá. Sí, como suena. Un hombre cuyo nombre no figura escrito -y quiero pensar que los locales sí conocen- lidera una campaña bajo el lema "Llegó Papá". Retórica electoral de muchos quilates para una contienda por el puesto de presidente. Las imágenes de los candidatos, con sus esposas o sus "vices" también son documentos gráficos interesantes, pero como seguimos con problemas con las fotos gracias a Mr. Google habrá que esperar.

Bien pensado, el mayor acto de fe en el futuro que hemos presenciado es, en mi opinión, el de transportar la bombona de butano en la moto, que exige que el conductor crea firmemente en la posibilidad de mantenerla agarrada con una mano hasta el destino sin perder el equilibrio sujetando el manillar con la otra. Sin esa predisposición del espíritu esa gesta se me antoja imposible. Todo lo más se puede llegar a circular en esas mismas motos con otros tres pasajeros. 

Nosotros no hemos llegado a ese récord y nos hemos quedado en tres, el motorista "conchero" y nosotros dos. Aclaro que el término se refiere a un servicio de taxi. Así, con la misma raíz se habla de conchear, de concheros, de motoconchos... Ese curioso transporte ha sido la etapa final de nuestro día de hoy, tras volver de avistar ballenas jorobadas en la bahía de Samaná. Un espectáculo sublime. Aparte de poder ver un pequeño grupo saliendo a menudo a respirar mostrándonos sus cuerpos y alguna vez sus colas, hemos tenido la suerte de ver a un par de estos gigantes saltar mostrando la mitad emergente de su cuerpo. Un animal de quince metros de largo y muchas toneladas de peso moviéndose con la gracilidad de la natación sincronizada. Lástima que no conseguimos ver la prueba por equipos.

Las ballenas se quedarán aquí hasta marzo apareándose. Nosotros nos iremos, en principio, en un par de días. La península de Samaná nos dejará recuerdos de las espectaculares playas del Cayo Levantado, de los mamíferos marinos, de las empanadas argentinas de José Luis. Y como siempre, de la gente que hemos conocido. Alojados con nosotros han estado Ike y Toni, un par de músicos que han decidido embarcarse en una aventura para vivir con su música de otra manera. Ike tiene el cuerpo de Popeye y una cara tan simpática que hace que no dé miedo acercarse a él. Su barba està tan perfectamente perfilada que parece dibujada. Algo así como la de George Michael cuando cantaba Faith. Toni vive en Florida pero es de padre sevillano como delata su acento inmediatamente. Ambos se han juntado para cambiar sus vidas. Salieron de Florida hace unas semanas y han navegado hasta aquí, donde su escala se ha alargado un poco para reparar algunas averías en su barco. Su destino son las Islas Virgenes y allí amenizarán con su música a turistas y locales, como hicieron con nosotros, salvo que lo harán como forma de vida.

La hsitoria de Paul, el médico norteamericano con su propia avioneta queda para otra entrega... Y la de Juan, David y el resto del personal de Scubaquatic.

domingo, 13 de enero de 2013

América

Martinica y La Española están bañadas por las mismas aguas cristalinas del Caribe. Están colonizadas por las mismas palmeras omnipresentes y se refrescan bajo los mismos aguaceros. Y, sin embargo, Martinica es Europa y ahora ya hemos llegado indudablemente a América. Martinica es solo -o casi solo- geográficamente americana. Los colores no son los de la Bretaña, está claro. Pero uno no siente haber dado un salto cultural.

Con esa familiaridad fuimos al aeropuerto a despedir a nuestros amigos -gracias una vez más por la visita, chicos- y, de paso, a aprovechar un sitio limpio y cómodo donde pasar la noche. Ellos volaban por la noche y nosotros tan solo unas pocas horas después. Cualquier rincón de la sala nos valía. Pero un aeropuerto pequeño y francés no iba a tener esa gentileza y nos vimos forzados a hacer noche a sus puertas, interrumpidos de vez en cuando por el personal del aeropuerto, que extrañados de vernos ahí nos preguntaban si estaba todo bien. Se agradece el interés, pero mejor habríamos estado dentro agradeciendo la hospitalidad.

Y así salimos de allí y entramos en la República Dominicana. ¡Por fin un sello en el pasaporte! Salsa, merengue y bachata por todos lados. Negocios que rivalizan entre sí con el volumen de la música y que, en ocasiones, pierden todos, derrotados por un coche con las ventanas bajadas. Desde que llegamos, no paramos de sufrir un continuo exceso de celo en la atención al turista. Como en una novela de espionaje, cualquier persona que va tan normal por la calle es un guía, acompañante, taxista o representante camuflado. Es difícil hacer una pregunta porque pocos dan una respuesta desinteresada. Así, algo tan simple como encontrar un autobús en el aeropuerto para llegar al centro de la ciudad adquiere dificultad. Todo el mundo nos decía que no los había y nos redirigía a los taxis. No es fácil intentar no ser un turista en un país en el que tanta gente vive de ellos.

En Santo Domingo nos llevamos la decepción de saber que hace años que Juan Luis Guerra ya no tiene un local con música en vivo. No fue la razón principal pero tras degustar unas exquisitas empanadas típicas locales y echar una cerveza en un colmado con gramola digital, acabó nuestra experiencia en la capital. Marchamos en autobús a Samaná, ciudad que da nombre a la península donde se encuentra. A su escala, Samaná es un lugar muy turístico. El avistamiento de ballenas jorobadas y otras pocas bellezas naturales la convierten en un sitio atractivo pero sin la infraestructura y superpoblación hotelera de la costa este de la isla. Para llegar hasta aquí, el autobús cruza la isla de sur a norte por una carretera que, pese a ser de peaje, solo tiene un carril por sentido. Y cruza con la música a un volumen moderado para el estándar dominicano, alto para nuestra costumbre. Pero se trata de una música en la que, entre artistas locales, suena de pronto Raphael, seguido por Julio Iglesias y Serrat. ¡Qué grande la OTI! 

De momento en Samaná hemos confirmado la posición privilegiada que ocupa la empanada en la gastronomía dominicana y no hemos conseguido liberarnos del sambenito de turistas. Y eso que ya a algunos les vamos dejando claro que no somos un negocio para ellos, siempre más de guagua que de taxi, de pica-pollo que de restaurante y que si quieren regatear (o, como dicen ellos, pelear los precios) tendrán regateo.

Curiosamente, lo que aquí es más fácil es conectarse a internet, con WiFi en casi todas partes del centro de esta pequeña ciudad construida con disperso urbanismo americano. Ahora, en breve, saldremos a socializar después de la cena y compartiremos esto.



martes, 8 de enero de 2013

No sin tus amigos

Casi dos meses después de salir, seguimos en la Unión Europea. En una remota región, pero en la Unión Europea al fin y al cabo. Estamos tumbados a la sombra en una playa de arena dorada, agua turquesa y tupida vegetación. Técnicamente es una playa atlántica porque estamos al este de la isla. Apuramos nuestro penúltimo día de vacaciones en este pequeño paraíso francés. Mañana por la noche despediremos a Bea, Elena y Raúl que decidieron acompañarnos en nuestras Navidades en viaje. Y unas pocas horas después volaremos a Santo Domingo.

Se acaban las vacaciones para ellos, que mañana volverán un poco más cerca del corazón de esa Europa. Y se acaban las vacaciones para nosotros, que a partir de entonces volveremos a prescindir de algunas comodidades. Nos despediremos también de Ale y Gra, que sí mantienen de momento sus planes de moverse a Dominica. A pesar de todas las buenas cosas que hemos oído de esa otra pequeña isla antillana; a pesar de que allí quede la última población viva de indios Caribes; a pesar de poder empezar a entendernos en inglés en lugar de sobrevivir en francés... A pesar de todo, los precios y el tiempo necesarios para avanzar de isla en isla están fuera de nuestro alcance. No se gana a la Oca sin dar un saltito de vez en cuando. Y aunque entendemos que nos perdemos los matices, nuestra dosis de isla de piratas y plantadores de caña ya está cubierta. En La Española, bien comunicados con el resto del Caribe, esperaremos hasta que prospere alguna de las solicitudes de trabajo en el buceo que hemos enviado a Bahamas, Turks & Caicos...

Junto con los tres incondicionales, que se dejaron caer por Martinica sin otro criterio que acompañarnos, hemos disfrutado de playas de arena blanca, de arena negra y de arena dorada; de oleaje inquietante y de calmadas aguas cristalinas. Hemos subido hasta el cráter de un volcán y descendido a un arrecife de esponjas, plagado de fauna marina tropical. Hemos conducido por sinuosas carreteras encerradas entre exuberantes paredes vegetales. Hemos presenciado puestas de sol junto a acantilados verticales cubiertos de verde. Juntos hemos imaginado barcos de piratas fondeados en pequeñas ensenadas tramando alguna emboscada o bebiendo ron y repartiéndose botines y bravuconadas. Hemos andado hasta cascadas encerradas en la selva y nadado en el agua transparente y cálida de la playa junto a nuestra casa. Nos hemos dorado al sol y mojado por bruscos chaparrones tropicales. Hemos disfrutado juntos de las manifestaciones más espectaculares del arco iris. Hemos conducido y nos hemos dejado llevar. Hemos cocinado productos locales frescos y curado la nostalgia con exquisiteces españolas. Y además, hemos celebrado juntos una nochevieja, otra vez superados en número por los italianos, porque a nuestros compañeros de casa, Ale y Graziano, y a Rosi y Aldo se sumaron sus dos clientes. Eso sí, como muestran los documentos gráficos que tenemos grabados, solo nos superan en número.

También hemos compartido los tragos nocturnos de rones locales en la terraza de nuestra casa donde también se alojan nuestros dos compañeros de travesía atlántica. Esa terraza al borde del mar, en la bahía de Les Anses d'Arlet, desde donde se contemplan unos atardeceres espectaculares. Palmeras, veleros fondeados sobre aguas turquesas, la playa y el pequeño pueblecito en el que destacan la iglesia y el puesto de los pescadores. ¿Se puede pedir algo más en la misma escena?

Mañana volveremos a cargar la mochila y entregaremos el coche y la casa, comodidades incompatibles entre sí salvo gracias a la economía de escala que supone ser familia numerosa. Se acaba la ingravidez de estas dos semanas. Cambiamos las pequeñas Antillas por las grandes, más tierra y menos mar. Dejaremos de nadar todas las mañanas hasta un grupo de pequeñas rocas enfrente de nuestra casa y dejaremos de ver estrellas de mar, peces león, lenguados, langostas, peces erizo, peces loro, torpedos, morenas... Difícilmente tendremos esa variedad tan al alcance de la mano.

Chicos, muchas gracias por la visita y buen viaje de vuelta. ¡Nos vemos por el mundo! 

Por cierto, releo algunos de los párrafos escritos en el barco y descubro imperdonables faltas ortográficas por las que pido perdón. Ni la falta de medios de edición ni la agitación del "escritorio" sirven de justificación. Espero que lo disculpéis.