Las vacaciones son ese periodo que nos permite descansar del trabajo (o de los estudios, pero hacía ya tanto de eso que he estado a punto de olvidarlo). Según el trabajo de cada cual algunos necesitan descansar de una intensa actividad física, de una estresante actividad mental o, simplemente, de un profundo aburrimiento existencial. Por eso, existen tantos tipos de vacaciones como combinaciones de tipos de personas y trabajos. Desde yacer entre arena y sol hasta entregarse al trabajo voluntario en una comunidad rural de un país subdesarrollado caben mil opciones: husmear cada rincón de los museos; patear calles de ciudades superpobladas; comprar todo lo superfluo y algo de lo necesario; practicar deportes de todo tipo, incluida toda la gama de actividades con nombre inglés acabado en 'ing'; probar los límites de almacenamiento de la cámara digital...
Pero, en esencia, igual que el negocio es la negación del ocio, las vacaciones solo existen porque existe el trabajo. Por más que alguno haya soñado alguna vez con vivir de vacaciones eternamente, es una pura contradicción. Un elemento necesario de las vacaciones es su duración limitada, el hecho de que al final siempre esté esperando la vuelta a la rutina. Ese carácter perecedero configura las vacaciones en todas sus etapas, desde la planificación, hasta las últimas horas previas a la reincorporación.
Nosotros, que llegamos a establecer algo parecido a esa rutina laboral en Singapur, y con los billetes ya comprados para la vuelta nos dimos un mes de vacaciones. Un mes para disfrutar del final del viaje antes de regresar a Singapur para hacer las maletas (léase mochilas) y volver a casa. Y reanudar el viaje de esa manera no se parece nada a iniciarlo. Porque, efectivamente, ahora tras los meses de rutinas y con la fecha de caducidad estamos de vacaciones. Y en vacaciones todo se vive más deprisa porque el tiempo corre a una velocidad distinta.
De hecho, hoy, después de volver de un largo recorrido en kayak por las islas desiertas de los alrededores de Koh Yao Noi, repasamos lo que hemos hecho en estas últimas semanas y la lista es bastante larga. Hemos acelerado. Y también hemos dejado de privarnos de algunas cosas porque ya no hace falta ser tan prudente con el presupuesto. El éxito que supone haber llegado hasta aquí sin agotarlo nos permite alguna que otra alegría como hacer una comparativa de las diferentes tradiciones nacionales en lo que respecta al masaje. Y yo diría que, a pesar del sufrimiento inicial, hasta ahora gana el tailandés que me dio una señora bajita pero recia que, como parte del protocolo, rezó antes de ponerme la mano encima. Cuando de haber sabido de su fuerza habría sido yo el que rezara.
Volviendo a la lista, me doy cuenta de que los animales han marcado en buena medida nuestro recorrido que empezó en las islas Gili, en busca de grandes animales marinos. Desgraciadamente, nos quedamos con un par de pequeños tiburones y, eso sí, bastantes tortugas. Pero descubrimos un sitio interesante, unas islas con una combinación de actividad nocturna, tranquilidad en playas casi desiertas y varios puntos de buceo, un poco venidos a menos eso sí, que los efectos de la sobreexplotación pesquera no son patrimonio exclusivo de ningún país.
Tras un par de días en Lombok, donde la presencia de la fauna se limitó a los compañeros habituales en estas latitudes -gekos, lagartos, ranas y, por supuesto, insectos de todo pelaje- volamos a Sumatra para adentrarnos en la selva de Bukit Lawang en busca de los orangutanes. ¡Qué especial es la sensación de estar enfrente de un animal como ese! Un animal que tiene una mirada absolutamente humana. Mucho más que los parientes macacos, para los que solo somos animalillos a los que se les puede robar algo.
Y para finalizar la interacción con los grandes mamíferos tuvimos una sesión básica de aprendizaje de manejo de elefantes, seguida de paseo por la selva y baño conjunto que nos dejó una sensación agridulce. ¿De verdad son esos animales recuperados de situaciones de trabajos forzosos y se encuentran ahora en mejores condiciones? ¿No seriamos nosotros también algo cómplices de que se les siga explotando? Esas dudas (y el constante roce con la áspera piel del elefante) nos mortificaban mientras disfrutábamos de la experiencia de subir sobre la piel de un animal de tal tamaño, mientras le hacíamos andar al grito de "¡Pai, pai!"
Pero no menos común ha sido el afán "do it yourself" en nuestros desplazamientos y sus secuelas. Si a lo de caminar largas distancias mochila la espalda ya estábamos acostumbrados, a los tres días de recorrer los templos de Angkor en bicicleta sufrieron su periodo de adaptación nuestros culos. Y lo mismo fue de nuestras manos tras el "entrenamiento" de ayer y los 14Km de hoy en kayak. Eso sí, cada vez nos quedan por probar menos formas de desplazarnos. Formas de compensar con su lentitud la prisa vacacional con la que os movemos.
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