martes, 3 de diciembre de 2013

Todos los nombres... ¡No!

Ayako también dejó su vida en Japón para pasar un año fuera, aunque su apuesta fue para aprender inglés en Singapur, para ella mucho más cerca de casa que Londres y mucho más cercano culturalmente. De hecho, ella nos contó que si a muchos japoneses no les gusta la cocina occidental no es por los productos o por los sabores... ¡Es porque no se apañan con los cubiertos!

De nuestros cuatro meses en Singapur, nuestra época más cómoda fueron, sin duda, los dos meses que pasamos en Bayshore Park, un "condo" (o como diríamos en España, una urbanización) con vistas al mar, piscinas y muchas otras comodidades impropias de nuestro viaje. Bueno, tal vez no impropias, pero sí inusuales. Pero en aquellos momentos no éramos viajeros, éramos aspirantes a trabajadores inmigrantes. Por supuesto, todas estas comodidades no estaban a nuestro alcance de manera tan sencilla, porque alquilar un apartamento de semejantes cualidades excedía nuestro presupuesto en unas cuantas veces. Pero sí era asequible alquilar una habitación en un piso ya habitado. Aunque hacerlo asequible nos costó una negociación bastante intensa y una experiencia de convivencia que no olvidaremos fácilmente.

Nuestros caseros tenían unos hábitos de vida poco comunes. El día que conocimos a Zeba y firmamos el contrato, en una de las torres de Marina Bay, vestía como una ejecutiva y nos contaba que al día siguiente viajaba por trabajo. Ese fue el último día que trabajó si es que algún día de su pasado reciente lo había hecho. Desde entonces, ella y su marido Akash repetían una monótona jornada día tras día que arrancaba sobre las dos de la tarde y acababa cuando se acostaban, normalmente algo regados en alcohol, alrededor de las cinco de la mañana. Durante esas 14 ó 15 horas, la televisión (sin duda, el bien más caro de la casa, tan fina como una tela mágica que proyectara imágenes móviles) no se apagaba ni un minuto. A veces nos entraba la duda porque no oíamos nada pero finalmente aprendimos que siempre que eso ocurría era una escena que transcurría en silencio. Tenían otros rasgos que no olvidaremos nunca, como su obsesión por que limpiáramos todo, nuestra habitación, nuestro baño, los útiles de la cocina compartida... La verdad es que no nos hubiera llamado tanto esa obsesión de no haber sido porque la compaginaban con su absoluta incapacidad para limpiar. Tal vez impedidos por no haber sido enseñados de pequeñitos en el arte del fregado, tal vez por alguna deficiencia psicomotriz perfectamente camuflada y difícil de diagnosticar, el caso es que aquella casa solo lucía reluciente (aunque solo sea por comparación con los otros días) el día que una chica venía a poner orden.

Aun así, fuertes en nuestra habitación con vistas a East Coast y pasando muchas horas en la piscina, disfrutamos de nuestra estancia llegando a desarrollar algo parecido a un instinto hogareño. Ese agua siempre bien atemperada, esos paseos o carreras por East Coast Park, esas comidas en el "food court" de las zonas comunes o esos helados del supermercado que comíamos en el jardín... Pequeños detalles que no olvidaremos. Como a nuestros vecinos mexicanos, Xenia y Fernando, que contribuyeron a que nos sintiéramos aun más como en casa. Nos costó llegar a reunirnos los cuatro, entre los viajes y horarios de oficina de Fernando y mis horarios "lectivos" se nos fue casi un mes en disfrutar del primer encuentro todos juntos. Para entonces Xeixa, su Golden Retreiver, ya estaba con ellos y el primer día que salimos la vimos nadar incansable en la playa. 

Y es que Xenia y Fernando son protagonistas de la otra característica de nuestra estancia en Bayshore Park difícil de olvidar: Las barbacoas. Esos productos porcinos que nos tenían prohibidos en casa, sangría, unos tequilas más lo que cada uno iba aportando llenaron alguna que otra noche de fin de semana, cada vez con otro grupo de allegados, pero eso sí siempre hasta la medianoche como muy tarde, que allí como en todo Singapur, el orden es lo primero.

Unos de esos allegados fueron Carlos y Chuck. A ellos los conocí cuando acudieron a comprar una linterna a Gill Divers uno de los día que yo trabajaba allí. Curiosamente, fue Chuck -y no Carlos- quien detectó inmediatamente que yo era español. Tal vez después de tanto tiempo escuchando a Carlos hablar inglés su oído para detectar el acento español se ha afinado. Ellos también andaban, como nosotros, buscando un trabajo. Aunque su historia reciente era bastante distinta, allí coincidimos como buscadores de empleo en Singapur. Carlos está más abierto y tal vez no sea Changi el aeropuerto en el que acabe trabajando, sino Hong Kong o quién sabe. Pero su futuro laboral está a punto de concretarse y tal vez cuando lleguen a Madrid en Navidad ya tengan destino. En esas largas esperas de búsqueda conseguimos conocernos mejor, que Carlos tuviera alguien con quien hablar español en Singapur y que Eva y Chuck hicieran unas sesiones particulares de intercambio inglés español.

Todos ellos y muchos más (como María y Eduardo, del Binomio) dieron forma a nuestra estancia en Singapur. Pero lo que nos llevó allí no cuajó. Llegamos a establecer rutinas de vida diaria como si ya fuéramos residentes. Pero nos faltó lo básico. Conseguir ese trabajo con el que vivir en un ciudad como Singapur, donde el metro cuadrado es el bien más codiciado y pocos se pueden permitir su propio espacio. No obstante, la vida da y quita. El trabajo que no nos quiso dar a corto plazo puede que nos lo devuelva a largo con las ideas nuevas que nos aportó. O quién sabe si ese proyecto iniciado a medias con Gonzalo (otro de los grandes descubrimientos de españoles por Singapur y que merece más que esta simple mención) acabará cuajando y volvemos triunfantes... Gracias a todos por estos meses. Ahora a seguir viaje.

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