domingo, 15 de diciembre de 2013

Vacaciones

Las vacaciones son ese periodo que nos permite descansar del trabajo (o de los estudios, pero hacía ya tanto de eso que he estado a punto de olvidarlo). Según el trabajo de cada cual algunos necesitan descansar de una intensa actividad física, de una estresante actividad mental o, simplemente, de un profundo aburrimiento existencial. Por eso, existen tantos tipos de vacaciones como combinaciones de tipos de personas y trabajos. Desde yacer entre arena y sol hasta entregarse al trabajo voluntario en una comunidad rural de un país subdesarrollado caben mil opciones: husmear cada rincón de los museos; patear calles de ciudades superpobladas; comprar todo lo superfluo y algo de lo necesario; practicar deportes de todo tipo, incluida toda la gama de actividades con nombre inglés acabado en 'ing'; probar los límites de almacenamiento de la cámara digital...

Pero, en esencia, igual que el negocio es la negación del ocio, las vacaciones solo existen porque existe el trabajo. Por más que alguno haya soñado alguna vez con vivir de vacaciones eternamente, es una pura contradicción. Un elemento necesario de las vacaciones es su duración limitada, el hecho de que al final siempre esté esperando la vuelta a la rutina. Ese carácter perecedero configura las vacaciones en todas sus etapas, desde la planificación, hasta las últimas horas previas a la reincorporación.

Nosotros, que llegamos a establecer algo parecido a esa rutina laboral en Singapur, y con los billetes ya comprados para la vuelta nos dimos un mes de vacaciones. Un mes para disfrutar del final del viaje antes de regresar a Singapur para hacer las maletas (léase mochilas) y volver a casa. Y reanudar el viaje de esa manera no se parece nada a iniciarlo. Porque, efectivamente, ahora tras los meses de rutinas y con la fecha de caducidad estamos de vacaciones. Y en vacaciones todo se vive más deprisa porque el tiempo corre a una velocidad distinta. 

De hecho, hoy, después de volver de un largo recorrido en kayak por las islas desiertas de los alrededores de Koh Yao Noi, repasamos lo que hemos hecho en estas últimas semanas y la lista es bastante larga. Hemos acelerado. Y también hemos dejado de privarnos de algunas cosas porque ya no hace falta ser tan prudente con el presupuesto. El éxito que supone haber llegado hasta aquí sin agotarlo nos permite alguna que otra alegría como hacer una comparativa de las diferentes tradiciones nacionales en lo que respecta al masaje. Y yo diría que, a pesar del sufrimiento inicial, hasta ahora gana el tailandés que me dio una señora bajita pero recia que, como parte del protocolo, rezó antes de ponerme la mano encima. Cuando de haber sabido de su fuerza habría sido yo el que rezara.

Volviendo a la lista, me doy cuenta de que los animales han marcado en buena medida nuestro recorrido que empezó en las islas Gili, en busca de grandes animales marinos. Desgraciadamente, nos quedamos con un par de pequeños tiburones y, eso sí, bastantes tortugas. Pero descubrimos un sitio interesante, unas islas con una combinación de actividad nocturna, tranquilidad en playas casi desiertas y varios puntos de buceo, un poco venidos a menos eso sí, que los efectos de la sobreexplotación pesquera no son patrimonio exclusivo de ningún país.

Tras un par de días en Lombok, donde la presencia de la fauna se limitó a los compañeros habituales en estas latitudes -gekos, lagartos, ranas y, por supuesto, insectos de todo pelaje- volamos a Sumatra para adentrarnos en la selva de Bukit Lawang en busca de los orangutanes. ¡Qué especial es la sensación de estar enfrente de un animal como ese! Un animal que tiene una mirada absolutamente humana. Mucho más que los parientes macacos, para los que solo somos animalillos a los que se les puede robar algo.

Y para finalizar la interacción con los grandes mamíferos tuvimos una sesión básica de aprendizaje de manejo de elefantes, seguida de paseo por la selva y baño conjunto que nos dejó una sensación agridulce. ¿De verdad son esos animales recuperados de situaciones de trabajos forzosos y se encuentran ahora en mejores condiciones? ¿No seriamos nosotros también algo cómplices de que se les siga explotando? Esas dudas (y el constante roce con la áspera piel del elefante) nos mortificaban mientras disfrutábamos de la experiencia de subir sobre la piel de un animal de tal tamaño, mientras le hacíamos andar al grito de "¡Pai, pai!"

Pero no menos común ha sido el afán "do it yourself" en nuestros desplazamientos y sus secuelas. Si a lo de caminar largas distancias mochila la espalda ya estábamos acostumbrados, a los tres días de recorrer los templos de Angkor en bicicleta sufrieron su periodo de adaptación nuestros culos. Y lo mismo fue de nuestras manos tras el "entrenamiento" de ayer y los 14Km de hoy en kayak. Eso sí, cada vez nos quedan por probar menos formas de desplazarnos. Formas de compensar con su lentitud la prisa vacacional con la que os movemos.

martes, 3 de diciembre de 2013

Todos los nombres... ¡No!

Ayako también dejó su vida en Japón para pasar un año fuera, aunque su apuesta fue para aprender inglés en Singapur, para ella mucho más cerca de casa que Londres y mucho más cercano culturalmente. De hecho, ella nos contó que si a muchos japoneses no les gusta la cocina occidental no es por los productos o por los sabores... ¡Es porque no se apañan con los cubiertos!

De nuestros cuatro meses en Singapur, nuestra época más cómoda fueron, sin duda, los dos meses que pasamos en Bayshore Park, un "condo" (o como diríamos en España, una urbanización) con vistas al mar, piscinas y muchas otras comodidades impropias de nuestro viaje. Bueno, tal vez no impropias, pero sí inusuales. Pero en aquellos momentos no éramos viajeros, éramos aspirantes a trabajadores inmigrantes. Por supuesto, todas estas comodidades no estaban a nuestro alcance de manera tan sencilla, porque alquilar un apartamento de semejantes cualidades excedía nuestro presupuesto en unas cuantas veces. Pero sí era asequible alquilar una habitación en un piso ya habitado. Aunque hacerlo asequible nos costó una negociación bastante intensa y una experiencia de convivencia que no olvidaremos fácilmente.

Nuestros caseros tenían unos hábitos de vida poco comunes. El día que conocimos a Zeba y firmamos el contrato, en una de las torres de Marina Bay, vestía como una ejecutiva y nos contaba que al día siguiente viajaba por trabajo. Ese fue el último día que trabajó si es que algún día de su pasado reciente lo había hecho. Desde entonces, ella y su marido Akash repetían una monótona jornada día tras día que arrancaba sobre las dos de la tarde y acababa cuando se acostaban, normalmente algo regados en alcohol, alrededor de las cinco de la mañana. Durante esas 14 ó 15 horas, la televisión (sin duda, el bien más caro de la casa, tan fina como una tela mágica que proyectara imágenes móviles) no se apagaba ni un minuto. A veces nos entraba la duda porque no oíamos nada pero finalmente aprendimos que siempre que eso ocurría era una escena que transcurría en silencio. Tenían otros rasgos que no olvidaremos nunca, como su obsesión por que limpiáramos todo, nuestra habitación, nuestro baño, los útiles de la cocina compartida... La verdad es que no nos hubiera llamado tanto esa obsesión de no haber sido porque la compaginaban con su absoluta incapacidad para limpiar. Tal vez impedidos por no haber sido enseñados de pequeñitos en el arte del fregado, tal vez por alguna deficiencia psicomotriz perfectamente camuflada y difícil de diagnosticar, el caso es que aquella casa solo lucía reluciente (aunque solo sea por comparación con los otros días) el día que una chica venía a poner orden.

Aun así, fuertes en nuestra habitación con vistas a East Coast y pasando muchas horas en la piscina, disfrutamos de nuestra estancia llegando a desarrollar algo parecido a un instinto hogareño. Ese agua siempre bien atemperada, esos paseos o carreras por East Coast Park, esas comidas en el "food court" de las zonas comunes o esos helados del supermercado que comíamos en el jardín... Pequeños detalles que no olvidaremos. Como a nuestros vecinos mexicanos, Xenia y Fernando, que contribuyeron a que nos sintiéramos aun más como en casa. Nos costó llegar a reunirnos los cuatro, entre los viajes y horarios de oficina de Fernando y mis horarios "lectivos" se nos fue casi un mes en disfrutar del primer encuentro todos juntos. Para entonces Xeixa, su Golden Retreiver, ya estaba con ellos y el primer día que salimos la vimos nadar incansable en la playa. 

Y es que Xenia y Fernando son protagonistas de la otra característica de nuestra estancia en Bayshore Park difícil de olvidar: Las barbacoas. Esos productos porcinos que nos tenían prohibidos en casa, sangría, unos tequilas más lo que cada uno iba aportando llenaron alguna que otra noche de fin de semana, cada vez con otro grupo de allegados, pero eso sí siempre hasta la medianoche como muy tarde, que allí como en todo Singapur, el orden es lo primero.

Unos de esos allegados fueron Carlos y Chuck. A ellos los conocí cuando acudieron a comprar una linterna a Gill Divers uno de los día que yo trabajaba allí. Curiosamente, fue Chuck -y no Carlos- quien detectó inmediatamente que yo era español. Tal vez después de tanto tiempo escuchando a Carlos hablar inglés su oído para detectar el acento español se ha afinado. Ellos también andaban, como nosotros, buscando un trabajo. Aunque su historia reciente era bastante distinta, allí coincidimos como buscadores de empleo en Singapur. Carlos está más abierto y tal vez no sea Changi el aeropuerto en el que acabe trabajando, sino Hong Kong o quién sabe. Pero su futuro laboral está a punto de concretarse y tal vez cuando lleguen a Madrid en Navidad ya tengan destino. En esas largas esperas de búsqueda conseguimos conocernos mejor, que Carlos tuviera alguien con quien hablar español en Singapur y que Eva y Chuck hicieran unas sesiones particulares de intercambio inglés español.

Todos ellos y muchos más (como María y Eduardo, del Binomio) dieron forma a nuestra estancia en Singapur. Pero lo que nos llevó allí no cuajó. Llegamos a establecer rutinas de vida diaria como si ya fuéramos residentes. Pero nos faltó lo básico. Conseguir ese trabajo con el que vivir en un ciudad como Singapur, donde el metro cuadrado es el bien más codiciado y pocos se pueden permitir su propio espacio. No obstante, la vida da y quita. El trabajo que no nos quiso dar a corto plazo puede que nos lo devuelva a largo con las ideas nuevas que nos aportó. O quién sabe si ese proyecto iniciado a medias con Gonzalo (otro de los grandes descubrimientos de españoles por Singapur y que merece más que esta simple mención) acabará cuajando y volvemos triunfantes... Gracias a todos por estos meses. Ahora a seguir viaje.