martes, 26 de noviembre de 2013

Con nombre propio

El mundo dejó de girar a nuestro alrededor por unos meses. Un tiempo en el que pasamos de ser viajeros a ser aspirantes a emigrantes. No se nos dio como esperábamos y volvimos al camino. O lo que es lo mismo, oficialmente, volvemos a estar de vuelta por el mundo.

Cuatro meses en Singapur nos dieron para llegar a conocerlo y disfrutarlo, a sentir sus calles como nuestras, incluso a establecer rutinas. Algunas rutinas fueron tan placenteras como darnos un baño en la piscina todos los días. Y es que Singapur se parece a Suiza en muchas cosas pero, desde luego, no en el clima. Por más que nuestras últimas semanas allí coincidieron con la época de lluvias y los truenos son más violentos que la mayoría de bombardeos en el cine bélico, el hecho de que el agua de la piscina permanezca estable en 29º y la temperatura exterior acompañe suponen un lujo. Por supuesto que comentamos entre nosotros y con otros oriundos de las latitudes medias si uno llega a cansarse de esa monotonía climática. A mí algo me hacía intuir que iba a tardar mucho tiempo antes de echar de menos el invierno con sus botas, abrigos y demás parafernalia.

Pero nuestra estancia en Singapur estuvo marcada, sobre todo, por los nombres propios. Sin ellos, probablemente ni hubiéramos tomado la decisión de intentar quedarnos a vivir allí. Sin ninguna duda, el primero en nombrar debe ser Javier. Por él hicimos nuestra primera visita allí y, en gran parte, él nos ilusionó con la idea de quedarnos. El gesto de intentar ayudarme para que me contrataran en su empresa se queda pequeño con el de ofrecerme su propia ropa para hacer la entrevista. Así se las ponían a Felipe II. Aunque también reinaba aquel Felipe cuando "los elementos" derrotaron a su Invencible. Consultor tal vez no solo de profesión sino también de vocación, Javier nos escribía correos con información de cada uno de los trámites por los que podríamos tener que transitar. Y si alguno no lo recordaba de su propia experiencia, consultaba otras fuentes. Y tampoco descuidó la parte de introducirnos en un pequeño núcleo de españoles expatriados que nos reunimos un par de veces para cenar en "El Chinorri".

El mismo día en que conocimos a Javier, tan solo unos minutos antes, mientras paseábamos por Chinatown antes de que entrevistarme con él, nuestro aspecto mediterráneo llamó la atención de Muhammet quien, con la rapidez del cazador emboscado, nos saludó con un "¡Hola!". Su nostalgia de nuestro mar común y su soltura con el castellano tras años de trabajar en Turquía con turistas de habla hispana le tientan a probar suerte con cada paseante sospechoso de ibérico. Unas veces acierta a la primera, como con nosotros. Otras veces, algunas más, no tiene la misma suerte. Hay gente que no se da por aludida y se pierden como mínimo un rato de conversación muy agradable tal vez acompañado de un café o de un té y unas excelentes pastas turcas. Quién sabe cuándo no responden porque no hablan castellano o porque no quieren distraerse de su camino. 

Tuvimos que declinar su invitación a café porque la entrevista apremiaba pero nos presentamos a la mañana siguiente y esa vez fue él quien no había llegado aun. No importa. Dos días después volvíamos a estar en Singapur, ya para quedarnos, y volvimos a su sastrería de South Bridge Road para cobrarnos la invitación. Conocer a Muhammet fue otro aliciente más para intentar echar raíces allí. Apenas tras unos pocos días de conocernos nos había dado todas las herramientas a su alcance para que nuestra vida allí fuera más fácil y nuestra aventura fructífera. Nos presentó a cuantos podían hacer algo en nuestro favor, nos explicó todo lo que necesitábamos para buscarnos la vida. Hospitalario hasta fuera de su país, conocerle ha sido una de las mejores cosas de nuestro paso por Singapur. A él y a las dos mujeres de su vida: Mastura, su esposa y gestora de la agenda social y Thalia, su hija e inspiración. 

Conforme voy escribiendo me doy cuenta de que son tantos los nombres que han marcado nuestra estancia que tendré que partir el texto en más de una publicación. Mis cuatro meses en Asia Dive Academy, primero formándome y luego formando yo, darían para una lista ya bastante larga, pero me limitaré a mis seis compañeros de promoción y a los tres instructores que más presencia e influencia tuvieron en ese mes. Yong Xiang y Monica se repartieron la tarea de formarnos hasta que se acercó la fecha del examen. Entonces, a falta de 10 días, Richard Mei, con su aspecto de guerrero oriental retirado, les tomó el relevo y tuvimos que acostumbrarnos a su inescrutable acento chino, a sus dejes autoritarios y a sus pequeñas manías, lógicas por otra parte en cualquier guerrero oriental retirado. 

A todo ello nos adaptamos porque el personaje, aparte de peculiar, se esforzó al máximo para que llegáramos al examen con la mejor preparación posible según sus criterios. Pocos días antes de dejar Singapur volví a verle, afinando la preparación de los nuevos candidatos a instructores, en esa planta cuarta donde unos meses antes Raha, Prat y yo habíamos convivido y estudiado. Y no solo eso, donde entre los tres habíamos ayudado a Johno (uno de los instructores senior de la plantilla) a construir las cápsulas donde luego viviríamos. Porque las cápsulas llegaron como los muebles de Ikea, embaladas eficientemente y para que te lo montes tú mismo. Eso sí, salvando las distancias obvias en cuanto a calidad e instrucciones entre el mobiliario sueco y el chino.

¡Cuántas horas de estudio y de piscina compartidas! Muchas también con Aly, Steven, Cedrid y Thomas, nuestros compañeros locales, pero sin duda muchas más entre nosotros tres, que estudiábamos, construíamos y vivíamos juntos en el dormitorio común con el resto del personal y donde en unas pocas semanas pasamos de las literas a nuestras cápsulas ensambladas a mano. También compartimos cervezas, pero pocas, que los precios de Singapur no permiten demasiadas alegrías. Y macerados en esas cervezas, compartimos nuestros pasados, nuestros sueños, nuestras ambiciones... Raha, un espíritu libre encerrado en un país donde borraron esa palabra, y que con enormes dificultades migratorias (nuestros pequeños incidentes son para reírse al lado de sus trabas) consiguió permiso para su estancia en Singapur. Prat, viajado y con esa experiencia que da haberse criado en un país con cientos de millones de personas...

También Eva compartió muchas horas de clase con Ayako, entre otros compañeros de clase. Pero coincidir en un curso intensivo de inglés de nivel elemental te hace un poco más difícil compartir sueños, al menos en plural. Aya se enfrentaba a un idioma demasiado diferente al suyo y la comunicación con ella, que nunca fue fluida, se apoyaba sin embargo y su riqueza gestual, digna de mimo, y el traductor de Google siempre a mano en su móvil.





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