Una de las expectativas de llegar a Perú era volver a probar la Inca Kola, ese refresco dulzón con sabor a cola, pero de color amarillo brillante. Ya en Bolivia empezamos a ver las botellas, pero esperamos hasta entrar en su país original para tomarla. Agarré la botella con la ilusión de estar ante un producto diferente, "Inca Kola. El sabor del Perú. Desde 1935". La giré un poco y leí con ese tipo de letra inconfundible "The Coca-Cola Company". ¡Cómo podía ser! Para un refresco original y que triunfa, que parece seña de identidad de un país, ha caído en manos de la gran multinacional.
Creo que ese fue el golpe de gracia definitivo a una sensación que veníamos sintiendo desde hacía tiempo. Cada vez cualquier rincón del mundo se parece más a cualquier otro. Supongo que eso es la esencia de lo que se llama globalización. Que todas las capitales del mundo se vayan pareciendo todas entre sí. Que paseemos por los mercadillos de artesanías andinas y nada nos sorprenda por resultarnos ya familiar.
El símbolo de la uniformidad creciente son, curiosamente, los uniformes. No uniformes por profesiones o regiones sino las camisetas de los equipos de fútbol más famosos del mundo. La presencia de las camisetas de fútbol en la indumentaria diaria de Centroamérica y Sudamérica supera incluso a la de sus vecinos anglosajones del norte con su otra versión del deporte de pelota. Camisetas de equipos locales, pero sobre todo de equipos europeos, que llenan de colorido las enormes masas humanas de las grandes ciudades y salpican los paisajes rurales. Camisetas que, en general, van desde las imitaciones razonables hasta otras tan burdas que reconocería un extraterrestre sin televisión de pago.
Son tantas las camisetas falsas que se fabrican y se venden que uno se pregunta si se tratará de pequeños negocios que viven a expensas del boom creado por las grandes firmas de ropa deportiva o si hay alguien más detrás y la multiplicidad es solo una ilusión.
Peculiaridades geográifcas al margen, al final, detrás de ese mundo que se globaliza a todo ritmo, lo que quedan, como en la frase de aquella escena mítica de Pulp Fiction, son pequeñas diferencias. Como el hecho de que en Bogotá usen guantes desechables de plástico para comer si el plato exige usar las manos. Como esa inagotable variedad de colores y aromas en los refrescos por toda América, todos con ración extra de azúcar. Detalles como la creciente presencia de la cumbia conforme la latitud disminuye.
Por eso es tan reconfortante encontrar de vez en cuando una pequeña joya, algo realmente único y sorprendente. Algo que uno nunca podría encontrar en un mercadillo de otro lugar. Aparte de algunas variedades de frutas y locales, usadas solo para el consumo local y todavía no introducidas al circuito internacional de los importadores, distribuidores y fiscalizadores, de vez en cuando uno se topa con alguna singularidad cultural que todavía requiere la compra de productos únicos. Esta sensación de estar ante algo irrepetible es la que produce pasear por el mercado de las brujas de La Paz y contemplar los fetos de llamas colgando de muchos de los tenderetes, listos para ser adquiridos y usados en los rituales con antigua tradición quechua.
Afortunadamente, siempre nos quedará la selva. Bueno, ¿nos quedará siempre? Al menos mientras nos quede, seguirá existiendo un ecosistema en el que el champú se consigue aplastando unas hojas, el agua pura corre dentro de los troncos del bambú, las hierbas para las infusiones se recogen al caminar, las lianas hacen innecesarias las cuerdas y los troncos y palos caídos de árboles víctimas de la brutal competencia vegetal se esparcen por todos lados. Nada que sea necesario para la vida falta en la selva para los ojos abiertos de los habitantes autóctonos que lo identifican entre la superabundancia verde que los rodea. Allí se crían esos gusanos tan codiciados por los que los han probado. No sé si esos a los que se refiere la FAO cuando nos augura o nos recomienda empezar a consumir anélidos, insectos, arácnidos y otro tipo de delicatessen.
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