domingo, 19 de mayo de 2013

Se hace camino al andar

En nuestras interminables horas de bus hemos contemplado, casi siempre desde el piso superior, toda clase de parajes naturales y de agrupamientos urbanos. Los contrastes ya comenzaron en la propia terminal de bus que se asienta entre los imponentes edificios neoclásicos y la Villa 31. Entre lecturas, hemos visto las rocas de la Quebrada de Humauaca, con tantos colores como la paleta de un pintor, las interminables praderas del altiplano, el inmenso, casi marítimo lago Titicaca... Hemos cruzado Bolivia, con sus pueblos y sus ciudades llenas de casas de ladrillo, con su inconfundible rojo anaranjado inundándolo todo. Hemos visto todo tipo de ganado: vacas, ovejas, vicuñas, caballos, asnos, cerdos... Viajando en bus, hemos cruzado ríos y lagos a bordo de barcazas, en ocasiones viendo desde nuestra barca como el bus avanzaba despacio divergiendo de nuestra ruta para luego reencontrarnos.

Sin embargo, en muchas ocasiones lo más interesante transcurre dentro del propio vehículo. Circulando por el norte argentino junto al borde de la frontera paraguaya contemplamos atónitos como, tras detenerse en una parada improvisada, el bus se llena de gente cargada con bolsas, paquetes, maletas y mochilas. Son tantos que no hay asiento para todos. El pasillo queda lleno de bultos de principio a fin. El espectáculo es tan evidente que en el control de gendarmería nos hacen una inspección detallada. Hay unos cuantos bultos de los que nadie se hace responsable por lo que los gendarmes nos obligan a todos a bajar sacar nuestros equipajes y los inspeccionan de uno en uno. Disimulados en todos esos bultos comienzan a surgir centenares de cartones de tabaco y algún otro artículo prohibido. El incidente se salda con dos horas de retraso que nos hacen perder la conexión (lo que daría para otra historia completa), el alijo incautado y todos de nuevo subidos al bus.

Unos días atrás, una señora viaja a nuestro lado en un bus.
 La señora lleva música en el móvil a todo volumen. Durante unos instantes dudo entre Schubert y Mozart, pero pronto me doy cuenta de que son cumbias. Un joven que viajaba sentado unas filas más atrás se acerca a la señora y le pide que baje el volumen de su teléfono. La señora no entiende, se indigna, modera el volumen del teléfono y comenta con otra señora que viaja con ella: "¡Qué delicado! Y lo dice él, que también va oyendo música" -porque al chico se le ven los auriculares-.

Cuando los viajes son muy largos, en algunos buses tenemos servicio de comida. Cualquiera que haya comido en un avión sabe a lo que me refiero. Sin embargo, llegando a Bolivia y Perú el servicio a bordo vuelve a estar a cargo de los vendedores ocasionales que suben y bajan vendiendo sus productos: empanadas, refrescos, gelatinas, galletas... Pero en un caso, al poco de entrar en Perú nos sorprende el catering de más nivel. Una señora acaba de subir cargando la habitual manta inca de vivos colores, pero en lugar de buscar un asiento, deja su ato sobre la repisa del hueco de la escalera. Desata la manta y las dos capas de papel de estraza que protegen el contenido. De una bolsa auxiliar extrae un cuchillo de 30 cm de hoja y comienza a cortar porciones de cordero asado que complementa con salsa y panes. A veces los huesos del animal se resisten y la señora tiene que asestar fuertes golpes de cuchillo levantando la mano a la altura de su cabeza. 

La aventura comienza, a veces, con la propia compra de los boletos para estos buses, cuya venta es  una muestra de febril actividad comercial. Varios puñados de agencias venden boletos para la misma línea, a veces compitiendo entre ellas, pero a veces simplemente fingiendo ser vendedores distintos. Y es que, tal vez, deberíamos usar más el tren, que la única vez que lo tomamos fue en Buenos Aires y nos salió gratis. Cansados de buscar dónde comprar un boleto preguntamos a un estudiante que nos aclaró: "No se paga. Aquí no paga nadie. Yo nunca he pagado. De todos modos no hay nadie de seguridad".

domingo, 12 de mayo de 2013

Mi Buenos Aires querido

1. Historias paralelas

Mariano volvió a Argentina poco después de que nos viéramos por última vez en Valencia, cuando nosotros nos despedíamos para emprender el viaje. La situación económica en España ha invertido el flujo de salidas y llegadas y Mariano regresó a Buenos Aires, tal vez solo por una temporada. Por el momento, Mariano se aloja en la zona norte, a buena distancia de la capital.

Cami acabó sus vacaciones en el Caribe poco después de que nos separáramos en Puerto Rico tras haber compartido grandes días en Samaná, la travesía en el Freedom Boat y otras peripecias con las "autoridades estadounidenses". Su vida diaria en Buenos Aires es mucho más agitada que aquellos días, con jornadas repletas de horas de trabajo y universidad. Pero Cami lleva tiempo siguiendo nuestro viaje y mantiene su invitación para quedarnos en su casa con su familia en la zona norte, a buena distancia de la capital.

Hace tiempo que no vemos a Marcos, una de esas personas que tiene la misma antigüedad en nuestras vidas que nuestra propia vida en común. Sin embargo, las tecnologías, y sobre todo Facebook, hacen que no nos sintamos tan lejos. Y eso que a su pequeña Greta no la hemos podido ver más que en las fotos que, de vez en cuando, nos llegan por ese medio. Cuando Marcos ve por nuestras publicaciones que estamos en su país, a punto de llegar a Buenos Aires, nos pone en contacto con sus padres para que nos inviten a comer un asado en su casa de la zona norte, a buena distancia de la capital.

Conocimos a Sebastián el día que visitamos Colonia de Sacramento. Nosotros teníamos bastante tiempo libre y él también porque el negocio Bike & Coffee, que acababa de abrir ahí una nueva sede, aun no era muy visitado. Sebastián recorrió casi toda España y trabajó una temporada de invierno en Andorra, en un hotel lujoso donde conoció a bastantes españoles famosos y adinerados. Después de compartir unas horas muy agradables con él, regresamos juntos a Buenos Aires en el Buquebús, citados para salir a tomar algo juntos el jueves por la noche. Nos separamos en el terminal porque él tenía que entregar unas bicicletas antes de regresar a su casa en la zona norte, a buena distancia de la capital.

El restaurante del Club de Veleros Barlovento reanudó su servicio un viernes, después de una ajetreada semana de trabajo y de cambios. Colaborar para que Mariano pudiera realizar esa labor con éxito era la razón por la que extendíamos más días nuestra estancia en Buenos Aires. Ese viernes, tras un mediodía tranquilo, regresábamos caminando del club a casa, sin saber que a mitad de camino teníamos que atravesar una villa (algo así como el equivalente argentino de la favela brasileña), una de las villas de la zona norte, a buena distancia de la capital.

Sebastián es vecino de Cami. Los padres de Marcos conocen a los padres de Mariano, sus hijos pequeños han ido juntos a la escuela. Invitamos a comer en el Barlovento a Cami y su familia en parte poder tenerlos un rato cerca de nosotros mientras trabajamos y en parte por agradecerles su hospitalidad y su cariño. La malla de la zona norte se termina de tejer. Parece como fabricada por una araña que nos atrapa dejándonos escasas oportunidades para visitar la capital. 


2. Asuntos de familia - Con ocho basta

No ha sido fácil dejar Buenos Aires. Por un lado nos hemos ido con la pena por no haber disfrutado más de la ciudad. Un día de turismo intensivo acompañados por Lili, que bien podía dedicarse a ser guía turística dada su increíble capacidad de llevarnos por todas las zonas que queríamos visitar, no deja de ser un solo día. Sin ella no habríamos podido degustar La Boca, San Telmo, Puerto Madrero, Palermo y el Microcentro en una sola jornada pero eso nos dejó muchas ganas de paladear mucho más a fondo. A esa jornada intensa hay que sumarle las otras noches en que Cami nos ha sacado a cada rato que ha tenido libre sin temor a que nos confundieran con sus padres.

Pero la mayor pena ha sido dejar atrás a nuestras familias adoptivas que nos han dado todo durante estos diez días. ¡Cómo olvidar los whiskys de happy hour con Jorge y Lili! Dos noches en su casa y muchas horas compartidas en el restaurante del Barlovento transformaron nuestra relación de invitados por Mariano en un afecto, que en nuestra cena de despedida ocupaba más espacio que la increíble parrilla que compartimos.

Pero eso no era más que el primer episodio del programa "adopta a una pareja española". Cuando Cami nos buscó el primer domingo para mudarnos a su casa no sabíamos que allí tendría lugar el segundo y más largo capítulo. En las primeras horas allí, cuando nos pusimos al día después de separarnos en Puerto Rico, su madre, Andy, y su hermano, Mati ya nos demostraron que los amigos de Cami no tenían un sitio donde pasar unos días sino un verdadero hogar. Por cierto, ahora que caigo, estoy haciendo uso libre de las terminaciones caprichosas en íes griegas y latinas sin un criterio muy claro.

Aunque los detalles concretos sean lo de menos, buscar ese excelente jamón para darnos de cenar como en casa o dejarnos el coche para llegar a ver a Les Luthiers son dos momentos concretos que difícilmente olvidaremos cuando recordemos nuestro viaje. Más cerca de Cami por nuestra amistad tras todo lo compartido en Samaná y el Freedom Boat y más cerca de Andy por edad todas las horas pasadas en su casa han sido si estuviéramos con nuestras propias familias.

Solo nos queda la espinita de que Paco, el rotweiller de Jorge y Lili no haya pasado tantas horas con nosotros como para querernos tanto como nos han querido Olivia y Roxy en casa de Andy. Ambas nos han dado su cariño canino y felino desde antes de levantarnos hasta la hora de dormir. Olivia, omnipresente, juguetona y con arrebatos de hiperactividad frente a cualquier calzado blando. Roxy, con serenidad, parsimonia y discreción.

Y aunque no haya tenido tanta importancia por la duración ni la intensidad, tampoco podemos dejarnos a Bernardo y Ema, los padres de Marcos, con quienes pasamos unas horas conociéndonos, comiéndonos un asado exquisito y charlando toda la sobremesa de viajes, de historia, de la vida...


3. Arrastrar la dura cadena...

No sé si fue el hecho de llevar varios meses sin trabajar, la posibilidad de contribuir a arrancar un proyecto en sus inicios o, sencillamente, la perspectiva de ayudar a un amigo en esos agitados momentos. El caso es que llegamos a Buenos Aires con una la ilusión extra por trabajar con Mariano que se sumaba a la de volver a ver a gente querida. A ver si va a ser cierta la frase de aquella canción, tan brillantemente versionada por Raphael, "el trabajo nace con la persona, va grabado sobre su piel..."

Han sido siete días de trabajo en los que hemos hecho un poco de todo: cocinar, fregar, comandar, cobrar, mover muebles, configurar ordenadores, comprar, enseñar... Cada uno a la altura de sus posibilidades, de su experiencia, bastante diferente en este negocio, hay que decir. 

La hostelería -o gastronomía como suelen llamar aquí- es una actividad bastante estresante, y aun más en los inicios. Y a ese charco nos lanzamos de cabeza, Eva atrincherada con el equipo dentro de la cocina y yo hecho fuerte también pero desde detrás de la barra. Horas de loco vaivén de camareras, comandas, platos, bebidas, quejas, cuentas... Horas que nos permitieron las preferencias gastronómicas del lugar, cuyo lugar de honor ocupa la milanesa. La preeminencia de este plato es tal que supera incluso a los platos de parrilla, asados, vacíos, entrañas, bifes, bondiolas, chinchulines, chorizos, mollejas, morcillas... No deja de ser una muestra más de la influencia italiana en la vida bonaerense, pero ejemplo de contradicción donde ls haya es que se sirva la milanesa a la napolitana. ¿O debería interpretarlo como cocina de fusión?


4. A vueltas con el dinero

Es lunes por la mañana y vamos en el coche con Cami y María. Ellas tienen clase en la universidad desde muy temprano y, de camino, nos dejan en el Buquebús, un ferry que cruza el Río de la Plata y une Buenos Aires con Colonia de Sacramento en Uruguay. Llegamos justos para tomar el de las
8:45 de la mañana. Somos incapaces de distinguir a argentinos de uruguayos. Solo contamos con la pista de que los uruguayos son aun más aficionados al mate y es frecuente verlos pasear con su termo bajo el brazo.

Nuestra visita a Colonia es por dinero. Así, tal cual. Vamos en busca de dinero. La política de cabriolas monetarias en este país, donde el tipo de cambio oficial y el tipo de cambio paralelo divergen por minutos, hace que mucha gente se dedique a negocios relacionados con estas diferencias de cambio. Y para nosotros los pesos a cambio oficial son caros pero no tenemos forma de conseguir efectivo en ninguna otra moneda para cambiarlos en el mercado negro. No hay forma de conseguirlo, salvo a unos pocos kilómetros, al otro lado del río, en el país vecino. Nos han sugerido que este es el mejor sitio al que podemos hacernos un envío de dinero en dólares y volver con ellos a cambiarlos en Buenos Aires. Como además, el centro de la ciudad está declarado Patrimonio de la Humanidad, esta excursión parece el plan perfecto para pasar el día. 

Nada más desembarcar, nos damos cuenta de que nuestra idea no es tan original. Todos los cajeros automáticos de la ciudad tienen cola para retirar dinero. No terminamos de entender bien la historia hasta que conocemos a Sebastián, que dirige el nuevo Bike & Coffee de la ciudad, y nos explica el movimiento. Las colas se forman porque muchos de los que retiran dinero no lo hacen solo con su propia tarjeta sino con la de varios familiares y amigos también. En los cajeros de Colonia se pueden retirar dólares -a cambio oficial, como toda transacción con tarjeta- y volver con el dinero a cambiarlo a Buenos Aires al cambio "blue", estos días algo así como un 40% más alto. La ciudad es muy pequeña pero no hay cajero que no sea víctima de esta fiebre del dinero efectivo. 

Sebastián sabe mucho de estos movimientos. Sabe desde chico que aquí las amenazas relacionadas con la política monetaria suponen siempre, a su vez, una oportunidad de negocio. A veces puede ser en un sentido y otras veces en el contrario. Pero siempre hay negocio. No deja de ser metafórico que en esta ciudad que ejerce como de Islas Caimán para gente modesta, él abra este nuevo negocio de estilosas bicicletas de diseño.

Nosotros somos nuevos aquí y, terminada nuestra misión, nos comemos un espectacular chivito y recorremos la ciudad hasta el atardecer con toda tranquilidad. El viajero frecuente termina sus transacciones y regresa a mediodía. Una suerte para nosotros que podemos caminar despacio por esta ciudad que tiene zonas en las que parece que el tiempo se ha congelado y en la que, efectivamente, abundan los paseantes termos bajo el brazo.

Ya de noche estamos de regreso. Tan solo una hora a bordo en la que Sebas, que también viaja con nosotros, nos cuenta mil cosas de Buenos Aires, de Argentina y de Uruguay. A pesar de la cantidad de dinero que entra en esos barcos, afortunadamente nadie parece haber montado su negocio a base de robar a los pasajeros en ninguna de las dos ciudades. Cami y María vuelven de la Universidad después de un larguísimo día y nos llevan de vuelta a casa. Por unos pocos minutos no nos están esperando en el coche con el motor en marcha. Parece el guión de un golpe perfecto.