Estábamos visitando
el Cañón del Sumidero en México, a punto de adentrarnos con un barco en la parte en que sus paredes se elevan a más de mil metros desde el nivel del río. En esa zona de entrada al cañón se amontona todo tipo de fauna, pero el animal más codiciado por las miradas de los que llenamos la embarcación es el cocodrilo. Para nosotros, poder ver a esos cocodrilos supone resarcirnos del infructuoso paseo en busca de caimanes por los humedales de las afueras de Nueva Orleans. Pero se ve que no somos los únicos que apreciamos ese encuentro porque el barquero recibe varias veces la pregunta clave: "Pero, ¿veremos los cocodrilos?" La respuesta contenía una preciosa contradicción que no hemos podido olvidar: "Es muy difícil que los veamos, pero muy probablemente los veremos".
Pocos días después buscábamos alojamiento en Playa del Carmen, también en México, y acabamos en un "hostel", ocupando la parte baja de una litera de camas dobles en un dormitorio de mujeres. A priori puede sonar a fantasía erótica dormir rodeado de tanta compañía femenina, pero compartir un baño con nueve mujeres no tiene nada de fantástico ni de erótico. Pero, ¿No es contradictorio que, en lugar de mixto, definan un dormitorio colectivo como de solo mujeres y que te ofrezcan dormir en él?
Lógicamente, las contradicciones no solo se dan en México. Pero el recuerdo de aquellas contradicciones afloró de repente cuando escuchamos otra igual de paradójica. Hace alrededor de una semana, un autobús nos llevaba desde Puerto Natales, en Chile, hacia El Calafate, en Argentina. Acabábamos de hacer una parada en un pequeño bar de carretera nada más cruzar la frontera. Aprovechando la ubicación privilegiada en medio del erial patagónico y el hecho de que pagamos con pesos chilenos, nos cobraron un café a un precio por el que se almuerza en el Waldorf Astoria.
El suceso por sí mismo no sirve más que para una leve indignación pero da pie a que entablemos conversación con el conductor del bus intentando averiguar si es normal ese tipo de atropello. Como vamos sentados en la primera fila resulta fácil continuar la charla una vez reanudada la marcha. Tal vez atraído solo por la posibilidad de incorporarse al diálogo, un joven estudiante, también argentino como el conductor se sienta al comienzo del pasillo ocupando justo el centro del grupo.
Ambos parecen sentirse cómodos explicando que lo que acabamos de vivir se debe principalmente al hecho de utilizar pesos chilenos. Se quejan de que los chilenos desprecian su moneda argentina y explican, por tanto, que nos han aplicado un tipo de cambio abusivo como revancha. Vamos, que somos víctimas de un daño colateral de la rivalidad entre ambos países. Al tratar de desarrollar más las causas de esas rencillas, aparece un hecho que se remonta a la Guerra de las Malvinas, según el cual los argentinos -nos cuentan ellos- denuncian que Chile delató la posición exacta de un importante buque militar a los ingleses y desde entonces consideran que los vecinos chilenos les traicionaron en un conflicto armado con enemigo lejano. A mi entender, los únicos que traicionaron a los argentinos en la Guerra de las Malvinas fueron otro puñado de argentinos que llevaron a sus compatriotas a morir de forma absurda cuando el comodín de la reivindicación nacional podía hacer olvidar la trágica situación de aquellos años feos en el sur del mundo. Pero eso no es más que una opinión personal poco cualificada.
Terminada la explicación nos dijeron que eso ya eran hechos pasados, olvidados, realizados por personas que ya no están presentes y, por tanto, solo alimento para una vieja rivalidad y no para una lucha actual. Pero inmediatamente después comenzaron a enumerar todas las razones por las que les caían mal los chilenos. Y tenían un buen repertorio...
Argentinos y chilenos. Chilenos y argentinos. Tan iguales y tan diferentes. Dos caras de una misma moneda de canto afilado. Como atenienses y espartanos, guardianes de una herencia común y enfrentados por diferentes modelos de vida. Es curioso como el sur de La Patagonia conforma un paisaje tan semejante en lo físico y tan distinto en lo social a ambos lados de la frontera. Si recorres los kilómetros despoblados nunca sabrás en qué lado te encuentras. Pero en cuanto llegas a una población se acaban las dudas. En pleno final de temporada, cuando estas pequeñas ciudades comienzan a vaciarse de visitantes, Puerto Natales, a los pies de las maravillosas Torres del Paine, parece un poblado minero y El Calafate, junto al glaciar Perito Moreno, recuerda a un pueblo de Los Alpes suizos. Chile Chico y Los Antiguos están separados únicamente por un río y la frontera y, de nuevo, la misma sensación.
Ahora mismo estamos de nuevo en Chile. La estrechez de este país -en términos puramente geográficos- incentivó nuestra primera visita a Argentina. En unos pocos días volveremos a cruzar la frontera, esta vez con un puñado de pesos argentinos en el bolsillo.