El tiempo se entristeció tan pronto como supo que nos preparábamos a dejar México. El sol, que la tarde anterior nos había mostrado en todo su esplendor el mar de los siete colores en Bacalar, decidió no dejarse ver a la mañana siguiente. Y aunque no renunciamos a un madrugador baño en las claras aguas de la laguna, los siete colores quedaron en siete matices más difusos. Ha sido el único día que el sol no nos ha acompañado mientras cruzábamos este maravilloso país.
Entramos a través de un desierto, pocos días después estábamos en una de las ciudades más pobladas del mundo, atravesamos montañas y selvas para llegar a las playas de arena blanca y salimos por el mar. No sobrevolamos el país, pero lo compensamos sumergiéndonos en las entrañas de la península del Yucatán, ese sistema de ríos subterráneos testigos de lo que un día fue su piel. Pocas experiencias subacuáticas son más bellas que el buceo en un cenote profundo.
Ya al saltar al agua y sentir en la boca el frescor del agua en lugar del típico gusto salado se comienza de una forma especial. En el Pit, el agua llega hasta los siete metros de profundidad y ahí comienza una zona en la que el agua dulce va mezclándose con la salada del fondo, creando una capa de escasa visibilidad por la turbiedad de la mezcla. Al seguir descendiendo, la luz que entra por la parte superior va disminuyendo poco a poco. Al mirar hacia arriba se ve al contraluz el orificio de entrada, cada vez más pequeño, cada vez más oscuro. A los 35 metros de profundidad, una nube de sulfuro de hidrógeno forma una capa que atravesamos con la misma sensación que se debe sentir en una nube del cielo. Por momentos no se ve nada más que gas blanco ocultándolo todo. Estamos flotando en una nube.
Por encima de la nube de nuevo, volvemos a recibir la escasa luz de la entrada. Los haces de los cuatro focos van iluminando a su paso estalactitas, estalagmitas y columnas donde el tiempo ha hecho que ambas se encuentren. El agua es cristalina como recién purificada y al apagar los focos se disfruta de unos juegos de luz espectaculares entre los rayos que se filtran sobre nosotros, el fondo insondable y las entradas a las pequeñas grutas. Solo nos asomamos unos metros en la entrada del mayor sistema de cuevas de este cenote, lo suficiente para reconocer algún fósil, mudo vigilante petrificado de otros tiempos.
No solo buceamos en México en los cenotes. También probamos el fondo de Cozumel y de Playa del Carmen pero, a falta de encontrar los tiburones toro, que parecían haberse mudado hacía tan solo unas semanas, ninguna de las experiencias submarinas estuvo al mismo nivel. El arrecife de la isla está en muy buen estado de salud pero escasamente habitado por peces y los fondos de Playa merecen una visita pero no un recorrido exhaustivo.
Playa del Carmen nos dio algo más que paisajes sumergidos. Nos presentó a Wendy y Tim con quien tuvimos la fortuna de compartir día de chapuzones y noche de tragos en cenotes. Conocimos también a Briar, la hija de Wendy y a Edu, canadiense y madrileño por el mundo. Aparte de ese gran día juntos, Wendy, Tim y Briar nos adoptaron como parte de su familia para pasar el domingo en Tulum, celebrando con antelación el cumpleaños de una y preparando la despedida por la vuelta a casa de los otros. Fue un gran día en familia con playa paradisiaca, comida exquisita y helados caseros, pero con el fin amargo de la despedida. Espero que Micia no se enfade por no haberla enumerado junto con los miembros humanos de la familia.
Se acaba el paso por este país al grito de "¡Viva México, cabrones!" pronunciado por el último mexicano con el que tratamos, el oficial de inmigración, que ennoblece a su profesión. También aquí hemos recorrido kilómetros, pero de una forma distinta. Muchos de esos kilómetros en los autobuses nocturnos con cine en sesión continua y barra libre de aire acondicionado. Otros en colectivos más grandes o más pequeños, como aquel que nos condujo de Chiapa de Corzo a San Cristóbal de las Casas, con su velocímetro fijo en 80, para no desesperar a los impacientes ni asustar a los temerosos. Y, al fin y al cabo, los giros de aguja que no tenía el indicador de velocidad, los daba el del combustible.
Pero, sin ninguna duda, el viaje estrella, la sensación del momento en los transportes, el premio al desplazamiento más excéntrico, ha sido para el ferry hasta San Pedro, La Isla Bonita, en Belize. Todo en ese viaje es especial. Desde los momentos previos al embarque, cuando los militares mandan a un perro a olfatear todos los equipajes dispuestos en fila sobre el muelle. Pasando por la subida a bordo por orden de una lista caprichosa que deja a algunos fuera de los asientos para tener que sentarse en la cubierta (lo que da que pensar en una posible sobrecarga de pasajeros). Hasta el momento más hilarante cuando, tras algunos embates de las olas, se producen unos chillidos aislados de pánico y el tripulante, al grito de "¡Relájense y permanezcan en sus asientos!", avanza gateando por entre las filas de asientos, liberando chalecos salvavidas cuchillo en mano y lanzándolos a quien considera. Y todo por un par de olitas al salir del remanso de la bahía de Chetumal, que no quiero pensar cómo habrían respondido en una travesía por el Atlántico.
Ahora, tumbados en unas hamacas en Caye Caulker, Belice, acariciando la arena con la mano, adoptamos el espíritu local de vida tranquila y volvemos a cargar pilas para salir mañana rumbo a Guatemala.
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