Cuando los primeros "descubridores" europeos llegaron a la tierra que se les interpuso en su viaje hacia las Indias, se encontraron con unos pobladores que no conocían las armas de fuego, la rueda -para el transporte- ni al único y verdadero dios de los cristianos. Pasados más de quinientos años de aquel encuentro fortuito, lo que resultó ser un continente aun muy distante de las ansiadas Indias tienen una presencia constante de toda esta herencia, una transferencia cultural que difícilmente pueden compensar el oro, la plata, el azúcar, el café o las vidas transferidas en el sentido opuesto.
Ha transcurrido tanto tiempo desde los primeros contactos que las muestras actuales son mucho más numerosas y variadas. Los antiguos arcabuces han sido renovados con pistolas, escopetas, fusiles... Las carretas han evolucionado a coches, camiones, "vans", motos, "mototaxis", camiones (entendidos como los que transportan mercancías y también aquí llamados así los que transportan pasajeros). Y el dios que aglutinaba en una sola fe tiene ahora más caras, según el colectivo que le mira.
En República Dominicana escuchábamos casi al tiempo que el gallo, a la voz predicadora que amplificada por un megáfono viejo debía hacer las delicias de los menos madrugadores. La misma eclosion de las diferentes iglesias cristianas nos ha acompañado en todo nuestro viaje americano hasta ahora. Aunque esta zona centroamericana en la que ahora estamos tiende más a conservar el catolicismo original. Pero lo más interesante ha sido, sin duda, ver cómo en las comunidades indígenas más tradicionales, la religión cristiana no ha sustituido a sus ancestrales creencias mayas sino que ambas han dado como resultado un sincretismo de gran riqueza visual. Los rituales en la iglesia de San Juan Chamula, el museo de la medicina maya de San Cristóbal de las Casas o las imágenes de Santiago Atitlán dejan un sabor mixto de santos, velas de colores, botellas de refrescos, gallinas, ramas de pino, hierbas, incienso...
Desde que abandonamos los Estados Unidos, también impresionados por el número y la variedad de las iglesias, en las conversaciones con la gente de los pueblos y en cualquier casa o negocio, dios sí es omnipresente. Es en esa charla con una señora que viaja de Mitla a Hierve el Agua que agradece cada dos frases todo lo que ocurre al "creador". Es también en esa cocinera de Oaxaca de Juárez que insiste repetidamente en que la salud es lo más importante de la vida y que esa salud nos la da o nos la quita "el señor". Son esos carteles, a veces muy ingeniosos, en casi todos los pequeños locales, como ese que reza: "Este negocio es de Dios. Nosotros somos solo administradores". Tampoco resulta tranquilizante leer dentro de un autobús "Gracias, Jesús, por morir por nosotros" por más que uno sepa que no se refiere al anterior conductor.
La presencia cotidiana de las armas es algo que llama la atención y, salvo en Martinica, nos ha acompañado en todo el viaje. Ninguna presencia armada es tan abundante como la policial en México. El despliegue es espectacular tanto en número de agentes como en equipamiento, más propio de un videojuego de guerra total que de patrullas callejeras. Pero lo que en México queda en apariencia visual en manos únicamente de los diferentes cuerpos de policía, en otros países se generaliza. Conforme avanzamos hacia el sur por el pasillo centroamericano, más vigilantes uniformados o no andan provistos de armas largas para custodiar prácticamente cualquier negocio, una gasolinera, un banco, un supermercado. Aun más inquietante resulta encontrar por la noche a un hombre apostado en la puerta del hostal en La Ceiba, Honduras, con el tradicional machete de la selva.
Pero donde la evolución ha desarrollado una variedad más rica es probablemente en los vehículos sobre ruedas. En Guatemala conviven el enorme camión norteamericano con los moto taxis estilo tuc-tuc. En México, la imaginación para transformar ciclos añadiendo apéndices o modificando partes alcanza el grado de arte. Lo que aparentemente es un puesto de comidas se convierte en un aparato rodante. La uniformidad del autobús escolar amarillo, cuya presencia llega tan al sur como ahora nos encontramos contrasta con las variedades locales del transporte colectivo en tamaños y colores. Destacan de momento los guatemaltecos con un despliegue de luz y color que supera a ambulancias y coches de feria juntos. Y también las propias normas circulatorias ofrecen un abanico que va desde la permisividad en República Dominicana para viajar en moto cuatro personas sin casco a la prohibición de circular sin casco o dos varones juntos en Honduras. No, no es homofobia, se trata de dificultar los asaltos desde motocicletas.
Una gasolinera con varios autobuses repostando, dos vigilantes armados con escopetas y un carrito de comida con el lema "el éxito de este negocio depende de Dios" puede ser una buena síntesis en una sola imagen.
Por supuesto, estas presencias masivas despiertan también sus rechazos entre muchos de los que entre ellas tienen que vivir a diario. Y, por supuesto que hay excepciones. La isla de Caye Caulker en Belice o la de Utila en Honduras, donde ahora descansamos en espera de bucear mañana, carecen casi completamente de estas tres herencias, al menos en apariencia.
Aquí, aislados del ajetreo continental, vamos a cruzar los dedos para ver si la majestuosa naturaleza de la que estamos rodeados nos premia con la presencia de algún tiburón ballena mientras buceamos en las Islas de la Bahía.
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