¿Imaginas un mundo sin fronteras?
¿Imaginas un planeta donde las personas se pudieran mover con la misma libertad que el dinero?
¿Un mundo en el que no fueras tratado como un presunto criminal solo por intentar entrar en un país?
¿Un mundo donde no hubiera quien se enriqueciera solo por favorecer o entorpecer aquello que cruza?
John Lennon intentó imaginarse (y que todos imagináramos) un mundo así y en el que, además, no hubiera razones por las que matar y morir... Y lo mataron. No es nuestro mundo un lugar muy cómodo que digamos para los soñadores. El mundo real es un poco distinto. En el mundo real formas fila a la intemperie esperando una inspección lenta y solo en apariencia rigurosa, donde la presunción de inocencia suena a concepto trasnochado como arcabuz o carabela. Y si tienes suerte, llegas al otro lado tal cual entraste.
Después de la extorsión en la frontera de entrada a Estados Unidos, nos enfrentábamos a la de salida en el Río Grande, en uno de los puntos más nombrados en las noticias de medio mundo. Si los trámites migratorios fueron sencillos, el control de equipajes fue un sopor amenizado, eso sí, por el semáforo que te indica si tu equipaje requiere inspección extra o no. El semáforo en sí recuerda en casi todo a algunos mecanismos usados en los concursos televisivos. Nada más depositar el equipaje en la cinta pulsas un botón del semáforo y este te responde con una silenciosa luz verde si puedes pasar sin más o con una luz roja donde se lee "inspección", acompañada por un bocinazo que inmediatamente evoca a esos concursos, cuando pierdes todo lo que llevabas jugado. Tuvimos la fortuna de conseguir dos verdes seguidos. Delante de nosotros, alguien no fue tan afortunado. ¿Funcionará aleatoriamente el semáforo o seguirá alguna lógica oculta? El caso es que después del bocinazo casi uno espera que los agentes, en lugar de inspeccionarte te griten a coro un largo y triste "ooooooh" y te comuniquen por megafonía todo lo que has perdido.
Al sur de la frontera casi todo es distinto. Al menos en nuestro viaje. Para empezar, nos acogieron Juan y Sofía con una enorme hospitalidad. Compartieron con nosotros su casa, su tiempo, su comida y su conocimiento de Monterrey. Gracias a ellos visitamos un antiguo alto horno, cosa que jamás se nos habría ocurrido a nosotros solos. Les agradecimos involuntariamente todo lo que habían hecho por nosotros cuando, solo con nuestra presencia, evitamos que les robaran en casa. Paradójicamente, en un país en boca de todos por sus episodios de violencia, los dos intrusos, que no esperaban encontrar a nadie en casa, se volvieron rápidamente nada más verme. Como entiendo que no se sintieron intimidados por mi portentoso físico, creo más bien que se trataba de un par de granujas oportunistas. ¿Hacen falta más pruebas para demostrar que nada es como uno se imagina?
La segunda cosa que es diferente en este lado son los carteles. Y no se trata solo de los matices del castellano hablado aquí cuando en la carretera lees "utilice la extrema derecha" para indicar que circules por el arcén para permitir que te adelanten. Se trata fundamentalmente de que en USA hay carteles de prohibición para todo. Curiosamente, en el país que ha hecho bandera de la libertad frente al mundo, hay muchas cosas prohibidas que a nosotros nos parecen lo más natural del mundo. Pero el afán de señalización de los peligros y las prohibiciones llega a niveles enfermizos cuando en un estanque con un palmo de profundidad te señalizan la prohibición de tirarte de cabeza. Y digo yo que el que se tire de cabeza ahí tiene pocas ganas de seguir ninguna recomendación. Lo mismo podría hacerlo en el medio de la calle. ¿Estará también prohibido pero no vimos la señal?
Pues en México, si te dice un cartel "no escalar" es que realmente es peligroso hacer el cabra por ahí. Pero nosotros veníamos del mundo hipercensurado y Nathalia, a quien conocimos de camino, tampoco sentía que se debían poner puertas al campo. Y así nos aventuramos los tres por las caprichosas formas rocosas que el agua ha construido lentamente al ir depositando sus sales en Hierve el Agua. Primero paseamos, luego trepamos y, finalmente, acabamos escalando hasta encontrarnos en una situación apurada. Y es que, de vez en cuando, aunque solo sea de vez en cuando, los carteles están puestos para algo. Enganchados a las rocas que se deshace en terrones de sal, en una situación en la que la marcha atrás ya no era una opción segura, Eva tiró nuevamente de resolución, abrió camino hacia la cima de la cascada y nos ayudó a ambos a subir. Y yo descubrí que las Crocs son solo casi todoterreno.
Nos ganamos bien el baño en las pozas que vino después. Afortunadamente no estaba prohibido. Quizá, aunque solo quizá, de haberlo estado esta vez nos hubiéramos reprimido. Con Nathalia compartimos unas pocas horas pero tan intensas que se ha incorporado ya como un miembro más de nuestro viaje. Ella continuará buscando y buscándose mientras aprende a construir su propio tipi. No sé si somos propensos a coincidir con argentinas viajeras o es solo una cuestión de cantidad. Pero si es así, un programa de argentinas por el mundo no daría abasto. Quince días después de salir de San Francisco, hoy nos encontramos de nuevo con Mª Pilar. Allí estuvimos alojados en el mismo albergue. Nosotros hemos dejado atrás en México, Monterrey, DF, Oaxaca, San Cristóbal de las Casas, Mérida. Ella ha seguido su propio camino. Y hoy coincidimos de nuevo no solo en la misma ciudad, en Playa del Carmen; no solo en el mismo albergue: ¡En la misma habitación! Ella ya se marcha mañana. Y nosotros empezamos a frotarnos las manos ante lo que nos espera bajo este agua cristalina del Caribe.
No hay comentarios:
Publicar un comentario