Tegucigalpa no es una ciudad bonita. Ni siquiera desde la habitación del lujoso hotel donde hemos pasado la noche se ve un entorno atractivo. En ningún momento se percibe una vida de calle sana y alegre. Solo hemos hecho aquí una breve escala y el conductor que nos lleva hasta la terminal del Tica Bus nos cuenta que vamos a la zona más peligrosa de la ciudad, lo que él llama la zona más caliente. En general, todos los locales suelen advertirnos sobre la inseguridad de algunas zonas o algunos transportes pero este hombre es especialmente insistente, nos recomienda no abandonar la sala de espera de la terminal más que para abordar el autobús y no caminar por la zona en ningún caso.
La terminal del Tica Bus en Tegucigalpa es bastante decepcionante. El autobús internacional más famoso de Centroamérica se espera aquí en una pequeña habitación con el mostrador de ventas y un banco de unas pocas sillas fijadas a la pared. No estamos de suerte. A pesar de llegar con 45 minutos, todos los asientos están vendidos. El muchacho del mostrador no alcanza a decirnos más que ese es el único servicio del día y que ya hay dos personas en lista de espera. Su compañera parece un poco más proactiva o se compadece más de nosotros y sugiere que tenemos otras alternativas tomando autobuses locales que cubren trayectos más cortos y en varias etapas podemos llegar a la frontera con Nicaragua. Estamos en Semana Santa y la devoción en estos países revitaliza a los transportistas.
El muchacho toma desganado el relevo y nos indica cómo llegar andando hasta esos autobuses. Se le nota reacio a hablar del tema. Las instrucciones suenan muy sencillas: salir a la calle, girar en la primera esquina a la izquierda y continuar unos 500 metros hasta una zona donde se encuentran todas las empresas que hacen el viaje a Choluteca. Todos los que esperan en la pequeña sala abarrotada nos miran. Salimos a la calle y un hombre sale inmediatamente tras nosotros. Habla muy rápido, sobre todo para ser hondureño. Nos repite las instrucciones para llegar mientras nos acompaña hasta la primera esquina. Se le nota muy nervioso, camina deprisa y nos recomienda que hagamos lo mismo todo el trayecto, "caminen deprisa, no se detengan por nada, no tienen hora, no tiene cigarrillos, solo caminen deprisa sin pararse". En cuanto llegamos a la esquina se vuelve con la misma hacia la terminal y os deja enfilados en la calle principal. Nos quedamos con la sensación de que el hombre ha hecho de tripas corazón para acompañarnos esos pocos metros
Seguimos su consejo y caminamos deprisa por esa calle que sin tantas advertencias no nos parece mucho peor que otras que hemos conocido, por ejemplo en La Ceiba. La calle baja en una cuesta suave por lo que no se nos hace demasiado pesado recorrer la distancia. Incluso paramos a preguntarle a un anciano si vamos en la dirección correcta.
Llegamos a una zona donde se acumulan autobuses de línea regular, es decir, una variedad de furgonetas y autobuses escolares reconvertidos en los que no hay manera de identificar su recorrido. Como ocurre en muchas terminales, un puñado de hombres sale a nuestro encuentro a preguntar dónde vamos para ofrecernos su autobús. En Centroamérica no hay concesiones sino una feroz competencia por los pasajeros, en ocasiones entre muchos vehículos. Al tiempo que preguntan, intentan agarrar nuestras mochilas pero subimos directamente a una de las furgonetas con ellas a la espalda.
Acomodamos las dos mochilas grandes ocupando un asiento (lo que luego nos costará pagar un billete más) y nos sentamos. En el asiento de al lado, un joven de unos veinte años se acomoda la pistola bajo el pantalón. Estos asientos no son cómodos ya de por sí, como para llevar complementos. En un intervalo de unos cinco minutos suben a vendernos fundas para móviles, juguetes, gafas de sol, refrescos, chicles y golosinas. Los autobuses centroamericanos son como un pequeño centro comercial, con constantes subidas y bajadas de vendedores, sobre todo de comida y bebida.
Tan pronto como la furgoneta se pone en marcha, la señora sentada delante de nosotros se levanta y anuncia que vamos a rezar por nuestro autobús, para que Dios dé sabiduría al conductor y, sobre todo, para que todos podamos llegar a nuestro destino sanos y salvos, tanto los locales como los turistas. Expresa estos deseos con varias frases sinónimas, se arranca con un Padrenuestro y redondea la faena con otro par de oraciones.
Sus rezos no impiden que nos paren en el primer control policial, a pocos kilómetros de haber salido. No sabemos cómo se resuelve la situación porque solo se ha bajado el conductor, pero sospechamos que se ha llegado a un arreglo. Esta es la última vez que nos detienen, aunque pasamos por cinco controles más.
El resto del trayecto es, por comparación, bastante monótono y solo está aderezado por los gritos de "¡Choluteca, Choluteca!" que lanza, en busca de seguir rellenando asientos, el cobrador del bus cada vez que ve un grupo de gente cerca de la calle.
En el bus también viaja Peter. Aun no sabemos que se llama así, pero nos identificamos fácilmente como compañeros viajeros. En el trayecto no podemos hablar por la distancia entre nuestros asientos. Al llegar a Choluteca, comprobamos que los tres viajamos con destino a la frontera y de ahí a León. Juntos subimos al siguiente autobús, pero tampoco nos sentamos juntos. Esta vez se trata de un transporte escolar reconvertido y está diseñado para cinco personas por fila. Lo que ocurre es que el escolar medio es algo menos voluminoso que su versión adulta. Y como hemos llegado de los últimos al bus, cada uno ocupa un hueco vacante en una fila distinta. En mi caso, me toca compartir con una señora que bien pudo haber ganado un concurso de peso de Honduras y con su esposo, por lo que reconocer el hueco es un ejercicio de imaginación.
Tras casi dos horas de viaje, dos medias peliculas de Van Damme y haber dejado por el camino a la mayoría de los pasajeros, llegamos a la frontera. Peter va bien informado y sabe que las distancias que tenemos que hacer entre los puestos fronterizos son razonables para andarlas. Antes de que pongamos pie en tierra, es más, antes de habernos detenido completamente, han subido al autobús varios hombres que se ofrecen a llevarnos hasta la línea de la frontera. No parecen aceptar bien nuestra negativa y cuando bajamos siguen insistiendo mientras pelean entre ellos por hacerse con nuestras mochilas todavía en el maletero. La pelea, que ha subido de tono, se disuelve al recuperar nosotros las mochilas pero no cesan de rodearnos e insistirnos.
Llegamos al puesto de inmigración hondureño todavía con ellos. No pierden la esperanza de cruzarnos el puente sobre el Guasaule que nos separa de Nicaragua. Nuestro papeleo es rápido y sencillo aunque requiere pagar una nueva tasa de porquesí. Pero Peter no tiene sello de entrada en Honduras. Cuando entró, le explicaron que no era necesario, que los cuatro países centroamericanos tienen un acuerdo común que solo requiere el sello a la entrada global y a la salida global. Lo llevan aparte y lo acompañamos para ofrecerle el servicio de traducción que ya nos va haciendo famosos. Viene a continuación la puesta en escena habitual del chantaje fronterizo. Ahora resulta que es ilegal entrar sin ningún sello y le ofrecen un arreglo por 60 dólares. Peter no lleva dinero en efectivo porque ha gastado practicamente todo buscando deshacerse de todos los lempiras hondureños. Negocio con el oficial de inmigración rebajarle la pena a 30 dólares, haciéndole creer que es todo lo que a mí me queda. Le parece suficiente y los españoles pagan el rescate del alemán. Es uno de tantos gestos de ese sentimiento de solidaridad que se genera entre los viajeros. Entre viajeros, no hay nacionalidades, no hay razas, solo hay un mundo de viajeros y locales. Y los viajeros entre sí se ayudan. Es una pena que no seamos capaces de encontrar excusas para extender esa solidaridad de manera más universal, porque una de las mejores cosas de viajar es ofrecer y disfrutar la solidaridad viajera.
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