sábado, 16 de febrero de 2013

Vivo en la carretera

Cada vez que pienso en escribir algo estos días me acuerdo de Antonio Machado y sus Campos de Castilla. Está claro que no cabe la comparación, ¡dios me libre! Es simplemente que me viene constantemente a la cabeza ese libro que leí gracias a Martín Felipe Yriart cuando trataba de inculcarnos el concepto del periodismo personal. Lo que ocurre es que no solo la escritura es abismalmente distinta. Es que el ritmo de esta etapa nuestra es frenético. No me imagino a Machado recorriendo 6.000 kilómetros en dos semanas.

No. Nuestra imagen se parece más a la de ese tema de Miguel Ríos. Vivimos en la carretera. En un país de carreteras, esta es una forma de vida casi natural. Hoy, tras pasar la noche en un albergue internacional de San Francisco, es el primer día en que no estamos montados en nuestro coche por la mañana. Hoy nos hemos levantado temprano, hemos abandonado el dormitorio colectivo dejando aun a varios durmientes y hemos desayunado en el café junto a otros tantos viajeros (y a un español expatriado que desayuna aquí a menudo, probablemente esperando curar su nostalgia conociendo a gente que viene de donde él salió hace ya muchos años). Y después nos hemos puesto a andar sin más.

Esto que suena así de normal es una excepción en nuestro viaje. Hasta ahora siempre hemos dormido en moteles y en el coche. Es curioso que en España la mención de la palabra motel venga acompañada de unas connotaciones que poco inspiran estos alojamientos. En realidad no es más que la contracción de 'Motorist Hotel' haciendo referencia al vehículo en el que siempre aparecen motorizados sus clientes. En las carreteras de USA hay infinidad de estos alojamientos tan dentro de nuestro imaginario cinematográfico empezando con Psycho... Como nuestra preferencia son los de bajo coste dejamos siempre fuera de la selección las grandes cadenas, con la misma configuración exterior en algunos casos, pero con un acabado que ya en la distancia se descubre más acogedor. Nosotros optamos por el pequeño negocio que, curiosamente, está mayoritariamente en manos indias (de la auténtica, la Oriental). Pasando solo unos pocos días en un país tan enorme esto parece una generalización precipitada y tal vez lo sea. Pero trás diez noches y después de atravesar 9 estados solo hemos vivido una excepción. Y no se puede decir que fuera un motel de bajo coste como tal sino que nos hizo una buena oferta para compensar la baja temporada.

El ritual motelero comienza por la selección. Criterios importantes son, sobre todo, que parezca barato desde fuera, segundo que tenga WiFi y tercero nevera y microondas, que dan mucho juego para desayunos y cenas. Pero nadie debe fiarse de las apariencias. Algunos que parecen baratos y deberían serlo se demarcan con precios prohibitivos. Que anuncien la disponibilidad de WiFi no significa que tú lo vayas a poder utilizar. En ocasiones la señal que llega a la habitación es débil como si llegara de una galaxia muy lejana. Y de las habituales características de un microondas, el ruido, el plato giratorio y el calor no siempre se consigue disponer a la vez. ¿Alguna idea de cuál puede fallar? También hemos detectado esa falta de sincronismo entre ruido y calor en algunos aparatos de calefacción.

Salvando las distintas combinaciones de presencia o no de WiFi, nevera y microondas, la configuración de la habitación es siempre muy predecible, con su espacio generoso, sus camas grandes... Con la luz apagada, podríamos manejarnos perfectamente en cualquier otra. Pero la decoración habitualmente austera deja de vez en cuando algunas perlas dignas de mencionar. Era el caso, por ejemplo, de esa combinación de colores rojo, fucsia y morado repartiéndose techo y paredes del motel de Nueva Orleans.

Ha sido también una lección motelera que no es fácil entenderse con todo el mundo. Y no me refiero a una cuestión idiomática. No conseguimos que un encargado nos diera una manta extra hasta que no le hicimos entender que tendríamos que mantener entonces encendida la calefacción toda la noche. Ahí dimos con la tecla que le hizo entender la situación. Pero más delicado todavía fue cuando nos modificaron sobre la marcha el precio de la habitación de Nueva Orleans una vez que descubrieron que se les llenaban las habitaciones por la celebración de la Super Bowl. Los acuerdos son los acuerdos... No para todo el mundo. Otros detalles más delicados no merecen tampoco más atención.

Pero vivir en la carretera son más cosas que dormir. Es la facilidad con la que, desde la carretera, se puede hacer cualquier cosa. Sin bajarte del coche puedes comprar comida, medicinas, sacar dinero e incluso ¡Pedir un préstamo! Quién dijo crisis de crédito. Y siempre presente allá donde vayamos se encuentra un McDonald's. ¡Cuánto ha hecho,esta cadena por nosotros! Siempre le estaremos agradecidos. Mc es como ese vecino generoso que te da sal, mayonesa, te deja usar su baño y te da internet gratis sin necesidad siquiera de salir del coche. Aunque no sea estrictamente necesario, aclaro que de todas las cosas mencionadas en la lista lo único que hacemos sin bajar es lo de conectarnos. 

Sin embargo, la actividad fundamental de la carretera es conducir. Devorar kilómetros por interminables rectas o disfrutar por sinuosas carreteras de montaña. Kilómetros (o debería decir millas) que en ocasiones parecen no pasar nunca. Kilómetros que cuando se recorren a mucha más velocidad de la permitida pueden provocar que un coche con deslumbrantes luces rojas y azules comience a perseguirte dando a entender claramente que debes parar, recreando en tu imaginación esas escenas de manos quietas sobre el volante, nunca abrir la guantera, ni un solo movimiento brusco... Pero qué va. Un agente serio pero amable y educadísimo te explica, tras pedirte la documentación y preguntar de dónde eres, qué infracción has cometido, qué diferencia hay entre los kilómetros del otro lado del Atlántico y las millas de aquí, cómo son las señales de velocidad y qué significan e incluso qué límites encontrarás en lo que te queda de camino.

El aplomo y la simpatía del copiloto contribuyen sin duda tanto como la dulce sonrisa de la muda conductora a que el agente te deje marchar sin nada más que lo que un locutor de fútbol llamaría una amonestación verbal. Hay cierta justicia en el mundo y lo que un agente te quita en la frontera, otro te lo perdona en la carretera. Y, por cierto, que lo de la guantera también es otro mito. O tal vez Thelma no les pareció muy peligrosa y "Luis" aun menos.

Mañana temprano volveremos al coche que se debe sentir extrañamente descansado en el aparcamiento del albergue de San Francisco e incitaremos la última etapa del viaje americano que debe acabar en San Antonio, Texas, dentro de cuatro días. Y cuando pasamos en esta ciudad que tanto hemos disfrutado nuestra última noche, lanzo estas preguntas: ¿San Francisco o Nueva York? ¿El Golden Gate o el puente de Brooklyn? ¿Bullitt o Manhattan? ¿La fuga de Alcatraz o Taxi Driver? Yo no soy capaz de responder... Salvo si sacamos la carta de El Padrino, especialmente en su segunda entrega.

1 comentario:

  1. Nosotros hemos hecho 3 viajes de carretera y motel por los EE.UU y gasta el último no descubrimos el maravilloso mundo de los cupones descuento.
    En los típicos buzones de periódicos y demás informacion turística, de los que suelo coger toda clase de tripticos, revistas y demás pues cogí también una revista con cupones a la que al principio no le hicimos mucho caso, pero que una vez llegados a un motel en Orlando preguntamos si los cogían, y claro que sí, con mucho gusto.
    Te recortaban el papelito y pasamos de pasar 140$ una noche en en un Best Western a pagar 49$ en otro Best Western.
    De manera que a partir de ese día, ya sabíamos en que motel íbamos a dormir y cuánto íbamos a pagar. Con un libro de cupones y el GPS la tarea de buscar sitio para dormir se redujo muy notablemente, r no decir el presupuesto necesario, ya que, si no recuerdo mal, los precios con cupón estaban entre 29 y 49$.
    Así que si os quedan muchos días/millas en USA intentar agenciaros el susodicho libro de cupones.


    Ainhoa-Iñaki

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