Nueva Orleans no huele. A pesar de su comida picante, de las multitudes festejando en Bourbon St, a pesar de los barcos que remontan el río y de su industria. Será porque esta preciosa ciudad se baña todos los días en la orilla del Mississippi. Y todos los días se pone guapa a pesar de haber estado de juerga toda la noche. Tan solo cuando entras en una tienda de artículos de vudú o en un restaurante de la típica comida "cajun" se perciben los olores individuales.
En cambio, Nueva Orleans suena a música. La que improvisan las bandas de jazz que llenan los bares del French Quarter o del Marigny. La de los bulliciosos locales de la Bourbon St. La que un tipo sentado en la acera extrae de cuatro instrumentos simultáneamente. La de las charangas callejeras que todo lo que tocan lo convierten en Dixie. La música de los desfiles, donde una banda al pasar barre los sonidos de la anterior, para después ser barrida por los gigantes altavoces de la machacona música de baile que agita a las bailarinas. Y como toda ciudad de este país suena a himno nacional con pretexto de gran evento deportivo.
Nueva Orleans sabe a picante. Parece que también sabe a marisco, pero picante. Como el cuarto de libra de gambas que engulló Eva cocidas al estilo local por una familia pescadora, que también nos regaló un cangrejo que vivo asustaría a un león. Sabe al cocodrilo que, tras haber fracasado en probarlo el año pasado, aquí se sirve en todas partes. Sabe al plato omnipresente, el Po'Boy que llena las cartas de todos los restaurantes a pesar de no ser más que un bocata, pero con un nombre elegante y con una larga tradición. Acompañando al Po'boy, que triunfa sobre todo en las variantes de gambas, cangrejo y pollo, tampoco faltan en las cartas el bourbon y el daiquiri, tradición y modernidad. El daiquiri parece estar ganando terreno últimamente. Y el bourbon se defiende como puede, incluso recurriendo a una camarera callejera que sirve chupitos en unos vasos que guarda en un cinturón a modo de cartuchera. Nosotros, imparciales, optamos por la cerveza sin querer tomar partido en una carrera sin sentido.
Es carnaval, bueno casi. Se acerca el Mardi Gras, que delata la gran tradición francesa de esta ciudad que suma las tradiciones africanas, el estilo americano, herencias españolas y lo que aporta cada visitante de todos los rincones del mundo.
Nueva Orleans es una ciudad de colores. Colores que tiñen las casas del Musician's Village y los lienzos de la zona de los pintores. Colores de los neones de sus múltiples locales. Pero, por encima de todo, en estas fechas, Nueva Orleans es una ciudad tricolor. La ciudad y todos sus alrededores se disfrazan de morado, verde y amarillo, los colores del carnaval. Las ropas tienden a concentrarse en estos tonos Y las guirnaldas, coronas, cintas, espumillones y, reinando sobre todos, los collares de cuentas presentes por todas partes, acentúan ese colorido. Nada más llegar nos moríamos por conseguir unos collares como los que todo el mundo lucía. Comenzamos por recoger algunos que encontramos tirados en las calles o colgados de los árboles. No nos atrevimos a coger los que adornaban las verjas de muchas casas del Garden District por no privarles de la felicidad que esas cuentas les debían procurar. No solo estaban los tres colores. El rojo, el fucsia y el plata son los secundarios del reparto cromático de estas fiestas. Reparamos algunos que encontramos rotos y los añadimos a la colección. Lo que no podíamos saber en ese momento es que en los desfiles los reparten como los caramelos en una cabalgata de Reyes o que si estás dispuesto (bueno, triunfan más las dispuestas) a enseñar tu pecho te puedes hacer con los collares más codiciados. Finalmente aun estamos por deshacernos de las decenas de collares que llegamos a acumular. Con ellos daremos alegría a otras ciudades con carnavales menos vistosos.
Este año, justo el mismo fin de semana en que caíamos en Nueva Orleans, otro color se colaba entre los tres protagonistas y reclamaba su parte de atención. Era el rojo de los San Francisco 49ers que disputaban la final de la Super Bowl a los Baltimore Ravens. Los de Baltimore parecían jugar en casa, con sus camisetas moradas y blancas. Y, aprovechando la euforia futbolística de uno de los mayores eventos deportivos del país, muchos locales lucían las camisetas negras de los Saints, el equipo de la ciudad. Entre los tres equipos se repartían las ventas de todo tipo de productos que contribuían a perpetuar esta riqueza de colores.
Nos fuimos sin una sensación táctil bien definida de Nueva Orleans. Tal vez si hubiéramos puesto las manos sobre una tuba, sobre un banjo, sobre un contrabajo, una trompeta, un trombón, un saxo... Pero no, los únicos instrumentos que tocamos son los del coche que nos trajo hasta aquí y que nos llevó lejos, a muchos grados de allí, de latitud, de longitud y de temperatura. Escribimos esto varios grados bajo cero en las montañas del norte de Nuevo México a punto de visitar el pueblo de Taos.
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