Conducimos hacia el sur por la carretera del Pacifico que recorre la costa californiana. Es media tarde y no se ve una nube en el cielo. La carretera corre casi siempre muy cerca de la costa pero, de vez en cuando, serpentea para llamar la atención del océano y así sobrellevar la rutina diaria que viven juntos. A la izquierda, el terreno se eleva a veces suave, a veces en paredes escarpadas. Llevamos varias horas conduciendo desde San Francisco con intención de acabar el día tan al sur como podamos.
Para señalizar un cabo, donde más rocas emergen del agua en un juego de sombras y reflejos, se alza un faro. Resalta una construcción tan blanca y geométrica en ese paisaje de formas caprichosas. Poco antes de que nos acerquemos al cabo vuelan en círculos algo más de cien águilas. Son un presagio de la abundancia de vida. Tan solo un par de kilómetros después, nada más dejar atrás el faro, vemos un grupo numeroso de coches detenidos y bastante gente mirando hacia la playa tras una pequeña valla metálica. A pesar de la curiosidad, decidimos no parar porque queremos seguir avanzando. Pensamos que se trata de un mirador como los muchos que ya hemos pasado solo que tal vez este tenga unas vistas aun más espectaculares.
Cuando el coche sobrepasa a los últimos espectadores nos damos cuenta de lo que está sucediendo y paramos inmediatamente para dar la vuelta y aparcar con la multitud. Son mamíferos marinos.con la velocidad no se les distingue con precisión pero sobre la arena hemos visto claramente lo enormes que son.
Son elefantes marinos. Todos los años por estas fechas se los ve en estas playas. Su presencia es tan impactante que casi nadie hace ningún caso a las ardillas que corretean entre las hierbas justo al otro lado de la valla. Animal acostumbrado a concentrar tanto protagonismo pocas veces se ha debido sentir tan ignorado.
No teníamos ni idea de que podíamos encontrar a los elefantes en esta zona. Pero no solo hemos tenido la suerte de poder contemplarlos tumbados en la playa, constantemente echando con las aletas arena sobre sus lomos, descansando al sol de un invierno que aquí es más benigno que allá de donde han venido. Justo en el mes de febrero, estos mamíferos gigantes se aparean, con un cortejo bastante ruidoso y mediando el enfrentamiento constante entre los machos que confirma que el tamaño sí que importa. Los machos de mayor tamaño se abalanzan sobre los otros con una sorprendente velocidad para sus carencias motrices fuera del agua. A pesar de esa constante vigilancia, hay continuos intentos de consumar que avanzan más o menos según la hembra en cuestión acceda o comience a gritar atrayendo la atención de uno de los grandes veteranos.
Hemos tenido la fortuna de contemplar durante un buen rato un espectáculo increíble e inesperado. Nuestro recorrido por USA está a punto de acabar y difícilmente podemos superar esto ni con las sequoias milenarias de Yosemite. Nos quedan muchos cientos de millas de conducir casi sin descanso para llegar a San Antonio, Texas, y entregar el coche.
Dos días después de ese encuentro, llegamos por fin a San Antonio. Hemos atravesado el desierto de Arizona, Nuevo México y Texas. Nos hemos cruzado con coches que tiran de caravanas, con autocaravanas que tiran de coches, con camiones imposibles de adelantar, con trenes kilométricos que arrastran (y empujan) interminables filas de contenedores apilados, con quads y boogies lanzándose por las dunas, con grupos de moteros sobre míticas Harley Davidson y con un autoestopista al que hemos recogido y llevado hasta Tucson, Arizona.
El autoestopista, al que llamaré James para evitar el uso de esta palabra tan larga, nos ha contado muchas cosas sobre Arizona y Nuevo México. Conoce bien la zona porque se ha criado aquí aunque haya viajado bastante durante su pasado militar. Sí, él también. O en este país casi todo el mundo ha pasado por el ejército o nosotros tendemos a dar siempre con ellos. Su historia sonaba tan increíble que solo puede ser cierta. Ha dado para que, nada más dejarle en un pequeño supermercado cerca del centro de Tucson, echemos a volar la imaginación y apostemos por cuál es la razón real por la que ese hombre estaba a la salida de un área de servicio pidiendo que alguien le llevara y sin un centavo en el bolsillo.
La historia oficial dice muy poco de cómo funciona este país. Arrollado por un conductor borracho, James perdió su coche, la integridad de dos de sus costillas y la tarjeta de crédito. Cuando le sacaron del coche, recuperaron su mochila pero no la tarjeta que supuestamente dejaba siempre a mano. Permaneció ocho días en el hospital hasta que, pese a seguir convaleciente y no tener ningún medio para volver a casa, el hospital decidió que su estado ya no justificaba una hospitalización. Puesto en la puerta del hospital, James no tiene dinero ni comida ni un medio para llegar a casa. Camina 4 millas hasta la autopista y confía en que alguien le acerque hasta Tucson donde al día siguiente un amigo puede llegar y devolverlo a casa. James se tendrá que hacer cargo de sus gastos médicos que además no incluyen transportarlo hasta su domicilio. Nadie más que él asumirá esas facturas del hospital porque el seguro de su coche es a terceros y el conductor que le envistió no tiene los papeles en regla.
A nosotros James nos ha llevado a una reserva india, nos ha enseñado muchas cosas sobre esta zona del oeste, incluida la vida en estas reservas, y nos ha dado para comentar entre nosotros muchos kilómetros después de dejarlo. Incluso nos ha dado una tarjeta para que repostemos más barato. En definitiva, nos ha hecho más llevadera esta travesía por el desierto.
Ya en Texas, tenemos el plan de disfrutar de lo que todos los americanos nos han dicho que es la única cosa de este estado que merece la pena: la barbacoa. A la ida no encontramos el momento entre horarios de coche y recortes de gastos y este es el momento. Llegados a San Antonio por la tarde, tenemos dos intentos, una cena y la siguiente comida para encontrar un buen local. Después ya entregamos el coche y esa misma noche cruzamos en autobús la frontera del Río Grande. Lo primero que hacemos al llegar al motel es pedirle una recomendación al recepcionista. Estamos de suerte, parece haber un buen sitio en los alrededores. Sin embargo, cedemos al cansancio y nos quedamos en la habitación. El sitio suena bien, está cerca y parece que el cuerpo pide más la barbacoa a mediodía. Llega ese mediodía tras hacer una rápida visita al fuerte de El Álamo y recoger los billetes de autobús. Tenemos tiempo hasta entregar el coche antes de las 4. De camino paramos en un primer sitio que nos llama la atención por el nombre pero un lugareño nos aclara que es una cadena de comida rápida estilo barbacoa. Seguimos camino y encontramos un sitio que tiene el aspecto ideal pero acaba de cerrar por traslado. El tiempos se va acabando y decidimos ir a tiro hecho adonde nos recomendaron. Lo encontramos fácilmente como un edificio separado en una zona de un 'mall'. Aparcamos en la puerta. Somos los únicos... ¡No abre hasta las tres!
Estas anécdotas de nuestra particular ruta americana resumen el espíritu del viaje. Se hace camino al andar y el azar se cruza con nosotros caprichosamente. Ahora seguiremos con el mismo espíritu pero sin coche, volviendo a sentir el peso de las mochilas: México, Guatemala, Belice, Costa Rica...
Muy buena la crónica americana. La verdad es que es un road blog en toda la regla. Dale manito para ir a México ! Viva México c...¡
ResponderEliminar