jueves, 21 de febrero de 2013

6.124 millas

Conducimos hacia el sur por la carretera del Pacifico que recorre la costa californiana. Es media tarde y no se ve una nube en el cielo. La carretera corre casi siempre muy cerca de la costa pero, de vez en cuando, serpentea para llamar la atención del océano y así sobrellevar la rutina diaria que viven juntos. A la izquierda, el terreno se eleva a veces suave, a veces en paredes escarpadas. Llevamos varias horas conduciendo desde San Francisco con intención de acabar el día tan al sur como podamos.

Para señalizar un cabo, donde más rocas emergen del agua en un juego de sombras y reflejos, se alza un faro. Resalta una construcción tan blanca y geométrica en ese paisaje de formas caprichosas. Poco antes de que nos acerquemos al cabo vuelan en círculos algo más de cien águilas. Son un presagio de la abundancia de vida. Tan solo un par de kilómetros después, nada más dejar atrás el faro, vemos un grupo numeroso de coches detenidos y bastante gente mirando hacia la playa tras una pequeña valla metálica. A pesar de la curiosidad, decidimos no parar porque queremos seguir avanzando. Pensamos que se trata de un mirador como los muchos que ya hemos pasado solo que tal vez este tenga unas vistas aun más espectaculares.

Cuando el coche sobrepasa a los últimos espectadores nos damos cuenta de lo que está sucediendo y paramos inmediatamente para dar la vuelta y aparcar con la multitud. Son mamíferos marinos.con la velocidad no se les distingue con precisión pero sobre la arena hemos visto claramente lo enormes que son.

Son elefantes marinos. Todos los años por estas fechas se los ve en estas playas. Su presencia es tan  impactante que casi nadie hace ningún caso a las ardillas que corretean entre las hierbas justo al otro lado de la valla. Animal acostumbrado a concentrar tanto protagonismo pocas veces se ha debido sentir tan ignorado.

No teníamos ni idea de que podíamos encontrar a los elefantes en esta zona. Pero no solo hemos tenido la suerte de poder contemplarlos tumbados en la playa, constantemente echando con las aletas arena sobre sus lomos, descansando al sol de un invierno que aquí es más benigno que allá de donde han venido. Justo en el mes de febrero, estos mamíferos gigantes se aparean, con un cortejo bastante ruidoso y mediando el enfrentamiento constante entre los machos que confirma que el tamaño sí que importa. Los machos de mayor tamaño se abalanzan sobre los otros con una sorprendente velocidad para sus carencias motrices fuera del agua. A pesar de esa constante vigilancia, hay continuos intentos de consumar que avanzan más o menos según la hembra en cuestión acceda o comience a gritar atrayendo la atención de uno de los grandes veteranos. 

Hemos tenido la fortuna de contemplar durante un buen rato un espectáculo increíble e inesperado. Nuestro recorrido por USA está a punto de acabar y difícilmente podemos superar esto ni con las sequoias milenarias de Yosemite. Nos quedan muchos cientos de millas de conducir casi sin descanso para llegar a San Antonio, Texas, y entregar el coche. 

Dos días después de ese encuentro, llegamos por fin a San Antonio. Hemos atravesado el desierto de Arizona, Nuevo México y Texas. Nos hemos cruzado con coches que tiran de caravanas, con autocaravanas que tiran de coches, con camiones imposibles de adelantar, con trenes kilométricos que arrastran (y empujan) interminables filas de contenedores apilados, con quads y boogies lanzándose por las dunas, con grupos de moteros sobre míticas Harley Davidson y con un autoestopista al que hemos recogido y llevado hasta Tucson, Arizona.

El autoestopista, al que llamaré James para evitar el uso de esta palabra tan larga, nos ha contado muchas cosas sobre Arizona y Nuevo México. Conoce bien la zona porque se ha criado aquí aunque haya viajado bastante durante su pasado militar. Sí, él también. O en este país casi todo el mundo ha pasado por el ejército o nosotros tendemos a dar siempre con ellos. Su historia sonaba tan increíble que solo puede ser cierta. Ha dado para que, nada más dejarle en un pequeño supermercado cerca del centro de Tucson, echemos a volar la imaginación y apostemos por cuál es la razón real por la que ese hombre estaba a la salida de un área de servicio pidiendo que alguien le llevara y sin un centavo en el bolsillo.

La historia oficial dice muy poco de cómo funciona este país. Arrollado por un conductor borracho, James perdió su coche, la integridad de dos de sus costillas y la tarjeta de crédito. Cuando le sacaron del coche, recuperaron su mochila pero no la tarjeta que supuestamente dejaba siempre a mano. Permaneció ocho días en el hospital hasta que, pese a seguir convaleciente y no tener ningún medio para volver a casa, el hospital decidió que su estado ya no justificaba una hospitalización. Puesto en la puerta del hospital, James no tiene dinero ni comida ni un medio para llegar a casa. Camina 4 millas hasta la autopista y confía en que alguien le acerque hasta Tucson donde al día siguiente un amigo puede llegar y devolverlo a casa. James se tendrá que hacer cargo de sus gastos médicos que además no incluyen transportarlo hasta su domicilio. Nadie más que él asumirá esas facturas del hospital porque el seguro de su coche es a terceros y el conductor que le envistió no tiene los papeles en regla.

A nosotros James nos ha llevado a una reserva india, nos ha enseñado muchas cosas sobre esta zona del oeste, incluida la vida en estas reservas, y nos ha dado para comentar entre nosotros muchos kilómetros después de dejarlo. Incluso nos ha dado una tarjeta para que repostemos más barato. En definitiva, nos ha hecho más llevadera esta travesía por el desierto.

Ya en Texas, tenemos el plan de disfrutar de lo que todos los americanos nos han dicho que es la única cosa de este estado que merece la pena: la barbacoa. A la ida no encontramos el momento entre horarios de coche y recortes de gastos y este es el momento. Llegados a San Antonio por la tarde, tenemos dos intentos, una cena y la siguiente comida para encontrar un buen local. Después ya entregamos el coche y esa misma noche cruzamos en autobús la frontera del Río Grande. Lo primero que hacemos al llegar al motel es pedirle una recomendación al recepcionista. Estamos de suerte, parece haber un buen sitio en los alrededores. Sin embargo, cedemos al cansancio y nos quedamos en la habitación. El sitio suena bien, está cerca y parece que el cuerpo pide más la barbacoa a mediodía. Llega ese mediodía tras hacer una rápida visita al fuerte de El Álamo y recoger los billetes de autobús. Tenemos tiempo hasta entregar el coche antes de las 4. De camino paramos en un primer sitio que nos llama la atención por el nombre pero un lugareño nos aclara que es una cadena de comida rápida estilo barbacoa. Seguimos camino y encontramos un sitio que tiene el aspecto ideal pero acaba de cerrar por traslado. El tiempos se va acabando y decidimos ir a tiro hecho adonde nos recomendaron. Lo encontramos fácilmente como un edificio separado en una zona de un 'mall'. Aparcamos en la puerta. Somos los únicos... ¡No abre hasta las tres!

Estas anécdotas de nuestra particular ruta americana resumen el espíritu del viaje. Se hace camino al andar y el azar se cruza con nosotros caprichosamente. Ahora seguiremos con el mismo espíritu pero sin coche, volviendo a sentir el peso de las mochilas: México, Guatemala, Belice, Costa Rica...

sábado, 16 de febrero de 2013

Vivo en la carretera

Cada vez que pienso en escribir algo estos días me acuerdo de Antonio Machado y sus Campos de Castilla. Está claro que no cabe la comparación, ¡dios me libre! Es simplemente que me viene constantemente a la cabeza ese libro que leí gracias a Martín Felipe Yriart cuando trataba de inculcarnos el concepto del periodismo personal. Lo que ocurre es que no solo la escritura es abismalmente distinta. Es que el ritmo de esta etapa nuestra es frenético. No me imagino a Machado recorriendo 6.000 kilómetros en dos semanas.

No. Nuestra imagen se parece más a la de ese tema de Miguel Ríos. Vivimos en la carretera. En un país de carreteras, esta es una forma de vida casi natural. Hoy, tras pasar la noche en un albergue internacional de San Francisco, es el primer día en que no estamos montados en nuestro coche por la mañana. Hoy nos hemos levantado temprano, hemos abandonado el dormitorio colectivo dejando aun a varios durmientes y hemos desayunado en el café junto a otros tantos viajeros (y a un español expatriado que desayuna aquí a menudo, probablemente esperando curar su nostalgia conociendo a gente que viene de donde él salió hace ya muchos años). Y después nos hemos puesto a andar sin más.

Esto que suena así de normal es una excepción en nuestro viaje. Hasta ahora siempre hemos dormido en moteles y en el coche. Es curioso que en España la mención de la palabra motel venga acompañada de unas connotaciones que poco inspiran estos alojamientos. En realidad no es más que la contracción de 'Motorist Hotel' haciendo referencia al vehículo en el que siempre aparecen motorizados sus clientes. En las carreteras de USA hay infinidad de estos alojamientos tan dentro de nuestro imaginario cinematográfico empezando con Psycho... Como nuestra preferencia son los de bajo coste dejamos siempre fuera de la selección las grandes cadenas, con la misma configuración exterior en algunos casos, pero con un acabado que ya en la distancia se descubre más acogedor. Nosotros optamos por el pequeño negocio que, curiosamente, está mayoritariamente en manos indias (de la auténtica, la Oriental). Pasando solo unos pocos días en un país tan enorme esto parece una generalización precipitada y tal vez lo sea. Pero trás diez noches y después de atravesar 9 estados solo hemos vivido una excepción. Y no se puede decir que fuera un motel de bajo coste como tal sino que nos hizo una buena oferta para compensar la baja temporada.

El ritual motelero comienza por la selección. Criterios importantes son, sobre todo, que parezca barato desde fuera, segundo que tenga WiFi y tercero nevera y microondas, que dan mucho juego para desayunos y cenas. Pero nadie debe fiarse de las apariencias. Algunos que parecen baratos y deberían serlo se demarcan con precios prohibitivos. Que anuncien la disponibilidad de WiFi no significa que tú lo vayas a poder utilizar. En ocasiones la señal que llega a la habitación es débil como si llegara de una galaxia muy lejana. Y de las habituales características de un microondas, el ruido, el plato giratorio y el calor no siempre se consigue disponer a la vez. ¿Alguna idea de cuál puede fallar? También hemos detectado esa falta de sincronismo entre ruido y calor en algunos aparatos de calefacción.

Salvando las distintas combinaciones de presencia o no de WiFi, nevera y microondas, la configuración de la habitación es siempre muy predecible, con su espacio generoso, sus camas grandes... Con la luz apagada, podríamos manejarnos perfectamente en cualquier otra. Pero la decoración habitualmente austera deja de vez en cuando algunas perlas dignas de mencionar. Era el caso, por ejemplo, de esa combinación de colores rojo, fucsia y morado repartiéndose techo y paredes del motel de Nueva Orleans.

Ha sido también una lección motelera que no es fácil entenderse con todo el mundo. Y no me refiero a una cuestión idiomática. No conseguimos que un encargado nos diera una manta extra hasta que no le hicimos entender que tendríamos que mantener entonces encendida la calefacción toda la noche. Ahí dimos con la tecla que le hizo entender la situación. Pero más delicado todavía fue cuando nos modificaron sobre la marcha el precio de la habitación de Nueva Orleans una vez que descubrieron que se les llenaban las habitaciones por la celebración de la Super Bowl. Los acuerdos son los acuerdos... No para todo el mundo. Otros detalles más delicados no merecen tampoco más atención.

Pero vivir en la carretera son más cosas que dormir. Es la facilidad con la que, desde la carretera, se puede hacer cualquier cosa. Sin bajarte del coche puedes comprar comida, medicinas, sacar dinero e incluso ¡Pedir un préstamo! Quién dijo crisis de crédito. Y siempre presente allá donde vayamos se encuentra un McDonald's. ¡Cuánto ha hecho,esta cadena por nosotros! Siempre le estaremos agradecidos. Mc es como ese vecino generoso que te da sal, mayonesa, te deja usar su baño y te da internet gratis sin necesidad siquiera de salir del coche. Aunque no sea estrictamente necesario, aclaro que de todas las cosas mencionadas en la lista lo único que hacemos sin bajar es lo de conectarnos. 

Sin embargo, la actividad fundamental de la carretera es conducir. Devorar kilómetros por interminables rectas o disfrutar por sinuosas carreteras de montaña. Kilómetros (o debería decir millas) que en ocasiones parecen no pasar nunca. Kilómetros que cuando se recorren a mucha más velocidad de la permitida pueden provocar que un coche con deslumbrantes luces rojas y azules comience a perseguirte dando a entender claramente que debes parar, recreando en tu imaginación esas escenas de manos quietas sobre el volante, nunca abrir la guantera, ni un solo movimiento brusco... Pero qué va. Un agente serio pero amable y educadísimo te explica, tras pedirte la documentación y preguntar de dónde eres, qué infracción has cometido, qué diferencia hay entre los kilómetros del otro lado del Atlántico y las millas de aquí, cómo son las señales de velocidad y qué significan e incluso qué límites encontrarás en lo que te queda de camino.

El aplomo y la simpatía del copiloto contribuyen sin duda tanto como la dulce sonrisa de la muda conductora a que el agente te deje marchar sin nada más que lo que un locutor de fútbol llamaría una amonestación verbal. Hay cierta justicia en el mundo y lo que un agente te quita en la frontera, otro te lo perdona en la carretera. Y, por cierto, que lo de la guantera también es otro mito. O tal vez Thelma no les pareció muy peligrosa y "Luis" aun menos.

Mañana temprano volveremos al coche que se debe sentir extrañamente descansado en el aparcamiento del albergue de San Francisco e incitaremos la última etapa del viaje americano que debe acabar en San Antonio, Texas, dentro de cuatro días. Y cuando pasamos en esta ciudad que tanto hemos disfrutado nuestra última noche, lanzo estas preguntas: ¿San Francisco o Nueva York? ¿El Golden Gate o el puente de Brooklyn? ¿Bullitt o Manhattan? ¿La fuga de Alcatraz o Taxi Driver? Yo no soy capaz de responder... Salvo si sacamos la carta de El Padrino, especialmente en su segunda entrega.

viernes, 8 de febrero de 2013

Carnaval, carnaval

Nueva Orleans no huele. A pesar de su comida picante, de las multitudes festejando en Bourbon St, a pesar de los barcos que remontan el río y de su industria. Será porque esta preciosa ciudad se baña todos los días en la orilla del Mississippi. Y todos los días se pone guapa a pesar de haber estado de juerga toda la noche. Tan solo cuando entras en una tienda de artículos de vudú o en un restaurante de la típica comida "cajun" se perciben los olores individuales. 

En cambio, Nueva Orleans suena a música. La que improvisan las bandas de jazz que llenan los bares del French Quarter o del Marigny. La de los bulliciosos locales de la Bourbon St. La que un tipo sentado en la acera extrae de cuatro instrumentos simultáneamente. La de las charangas callejeras que todo lo que tocan lo convierten en Dixie. La música de los desfiles, donde una banda al pasar barre los sonidos de la anterior, para después ser barrida por los gigantes altavoces de la machacona música de baile que agita a las bailarinas. Y como toda ciudad de este país suena a himno nacional con pretexto de gran evento deportivo. 

Nueva Orleans sabe a picante. Parece que también sabe a marisco, pero picante. Como el cuarto de libra de gambas que engulló Eva cocidas al estilo local por una familia pescadora, que también nos regaló un cangrejo que vivo asustaría a un león. Sabe al cocodrilo que, tras haber fracasado en probarlo el año pasado, aquí se sirve en todas partes. Sabe al plato omnipresente, el Po'Boy que llena las cartas de todos los restaurantes a pesar de no ser más que un bocata, pero con un nombre elegante y con una larga tradición. Acompañando al Po'boy, que triunfa sobre todo en las variantes de gambas, cangrejo y pollo, tampoco faltan en las cartas el bourbon y el daiquiri, tradición y modernidad. El daiquiri parece estar ganando terreno últimamente. Y el bourbon se defiende como puede, incluso recurriendo a una camarera callejera que sirve chupitos en unos vasos que guarda en un cinturón a modo de cartuchera. Nosotros, imparciales, optamos por la cerveza sin querer tomar partido en una carrera sin sentido. 

Es carnaval, bueno casi. Se acerca el Mardi Gras, que delata la gran tradición francesa de esta ciudad que suma las tradiciones africanas, el estilo americano, herencias españolas y lo que aporta cada visitante de todos los rincones del mundo. 

Nueva Orleans es una ciudad de colores. Colores que tiñen las casas del Musician's Village y los lienzos de la zona de los pintores. Colores de los neones de sus múltiples locales. Pero, por encima de todo, en estas fechas, Nueva Orleans es una ciudad tricolor. La ciudad y todos sus alrededores se disfrazan de morado, verde y amarillo, los colores del carnaval. Las ropas tienden a concentrarse en estos tonos  Y las guirnaldas, coronas, cintas, espumillones y, reinando sobre todos, los collares de cuentas presentes por todas partes, acentúan ese colorido. Nada más llegar nos moríamos por conseguir unos collares como los que todo el mundo lucía. Comenzamos por recoger algunos que encontramos tirados en las calles o colgados de los árboles. No nos atrevimos a coger los que adornaban las verjas de muchas casas del Garden District por no privarles de la felicidad que esas cuentas les debían procurar. No solo estaban los tres colores. El rojo, el fucsia y el plata son los secundarios del reparto cromático de estas fiestas. Reparamos algunos que encontramos rotos y los añadimos a la colección. Lo que no podíamos saber en ese momento es que en los desfiles los reparten como los caramelos en una cabalgata de Reyes o que si estás dispuesto (bueno, triunfan más las dispuestas) a enseñar tu pecho te puedes hacer con los collares más codiciados. Finalmente aun estamos por deshacernos de las decenas de collares que llegamos a acumular. Con ellos daremos alegría a otras ciudades con carnavales menos vistosos. 

Este año, justo el mismo fin de semana en que caíamos en Nueva Orleans, otro color se colaba entre los tres protagonistas y reclamaba su parte de atención. Era el rojo de los San Francisco 49ers que disputaban la final de la Super Bowl a los Baltimore Ravens. Los de Baltimore parecían jugar en casa, con sus camisetas moradas y blancas. Y, aprovechando la euforia futbolística de uno de los mayores eventos deportivos del país, muchos locales lucían las camisetas negras de los Saints, el equipo de la ciudad. Entre los tres equipos se repartían las ventas de todo tipo de productos que contribuían a perpetuar esta riqueza de colores. 

Nos fuimos sin una sensación táctil bien definida de Nueva Orleans. Tal vez si hubiéramos puesto las manos sobre una tuba, sobre un banjo, sobre un contrabajo, una trompeta, un trombón, un saxo... Pero no, los únicos instrumentos que tocamos son los del coche que nos trajo hasta aquí y que nos llevó lejos, a muchos grados de allí, de latitud, de longitud y de temperatura. Escribimos esto varios grados bajo cero en las montañas del norte de Nuevo México a punto de visitar el pueblo de Taos. 


lunes, 4 de febrero de 2013

Itinerarios

El destino quiso que llegáramos a Nueva Orleans justo el fin de semana en que se jugaba la Super Bowl, el mayor espectáculo deportivo de este país. Igualmente, el destino ha querido que lleguemos tarde a recibir comentarios sobre gente que podemos encontrar a nuestro paso. Así que esta entrada está dedicada a avanzar un poco nuestros próximos pasos para que nos podáis decir si sabéis de alguien a quien podamos visitar en nuestro camino y que nos pueda ayudar... Consejos sobre la zona, cualquier cosa es bienvenida. 

Nuestro plan ahora es ir hacia el oeste, cruzando Texas y Arizona y llegar hasta California. Haremos en algun momento alto en Las Vegas y el cañón para acabar volviendo a San Antonio TX, donde entregaremos el coche y cruzaremos la frontera hasta Monterrey (casi seguramente en bus). Una vez en México no tenemos ningun plan concreto salvo seguir avanzando hacia el sur...

Y durante el camino intentaremos compartir aquí el espíritu carnavalesco de Nueva Orleans que nos ha invadido estos días. 

viernes, 1 de febrero de 2013

On the road again

Se acabaron las islas. Las hemos dejado atrás y ya estamos en América continental. Hemos cambiado el barco por un coche y el azul del mar por el gris del asfalto. Estamos en una etapa completamente nueva. Desde que aterrizamos en Fort Lauderdale (Florida) hace cuatro días, hemos recorrido unas 1100 millas, algo así como un tercio de lo que navegamos por el Atlántico. Y es que estamos en el país de las carreteras. Ellos las llaman de mil formas distintas, pero cada una de ellas, incluso las secundarias son mejores que casi cualquier autopista española. El firme es tan uniforme que uno cree estar sobre un circuito. Dudábamos hoy de que aquí conocieran el concepto de bache cuando, por fin, esta tarde tras más de mil millas recorridas, ha aparecido un parche en la carretera. 

¡Y nosotros que íbamos camino de las Islas Vírgenes! También hemos cambiado la ropa de baño por los pantalones largos y el eterno calor tropical por los cuatro grados con los que amanecíamos esta mañana. Contado así no parece tener ningún sentido. Pero camino de nuestro tercer mes de viaje corríamos el riesgo de quedar anclados en el Caribe y no solo en el sentido metafórico. Así que aprovechando la gentileza de los señores del departamento de Inmigración que nos dejan estar aquí una buena temporada decidimos dar el salto a tierra firme.

Ese salto significa muchas cosas. En primer lugar moverse de manera diferente, más rápida, más cara. Si este es el país de las carreteras es porque aquí no eres nadie sin un coche. Los paisajes pasan veloces. El depósito también. Ya hemos cogido práctica convirtiendo galones en litros, millas en kilómetros... Y practicando el deporte de buscar el mejor precio de la gasolina regular (que no es que no sea ni buena ni mala sino que así es como llaman a la gasolina "normal").

Turnándonos con nuestro Toyota granate salimos de Miami hace dos días. Antes habíamos desmitificado Miami Beach y los cayos. Son dos sitios en los que se puede disfrutar mucho si se te caen los dólares de los bolsillos o si te gusta ver cómo se les caen a otros. Si no es así, esto es simplemente una mezcla entre Benidorm y Montecarlo pero tamaño XXL. De hecho, si alguien quiere playas bonitas de verdad en Florida debe ir más arriba, a Panhandle. Es cierto que tan al norte el clima ya no es tan benigno en invierno. También es cierto que no hay patinadoras buenorras... Pero en Miami Beach tampoco las vimos. ¿Las habrá?

Ese es uno de los problemas de la Norteamérica mitificada por el cine. Nuestro imaginario está lleno de imágenes de cine y televisión sobre la vida americana. Si nos concentramos un poco podemos hasta adivinar qué es lo que hay en la nevera de ese señor de Alabama que acaba de despertarse con ganas de tomar algo. Así nos resulta tan familiar ir pasando casas sureñas, con sus bancos en los porches. O cruzarnos con los siempre amarillos autobuses escolares o los coches del Sheriff...

Estados Unidos y los mitos, todo un tema para estar escribiendo días y días. Uno de esos mitos nos llevó a preguntar en un establecimiento de coches usados. ¡Siempre habíamos visto que era tan fácil hacerlo! ¡Y los alquileres son tan caros! Pero resulta que no, que no es tan fácil comprarse un coche por primera vez. Porque necesitas una matrícula, cosa que nosotros siempre habíamos pensado que venía con el coche y resulta que aquí no. Tu matrícula es tuya y se va contigo a la tumba (ahora que caigo, voy a preguntar si la gente se hace enterrar con sus matrículas).

En busca de otra experiencia mítica entramos en el Bubba's, un bar de carretera del norte de Florida que desde fuera daba la talla. Un golpe de humo de tabaco, ya casi olvidado, nos dio la bienvenida a un local que rivaliza en glamour con la taberna de Moe. La camarera no rivaliza con Moe, le gana por K.O. Eso sí, parecía capaz de preparar cualquier combinado con un repertorio de bebidas que haría sonrojar a los actuales dueños de Chicote. Para nuestra breve parada antropológica nos bastó con una cerveza. Unas diez personas permanecían sentadas alrededor de la barra, como hipnotizadas por los efluvios alcohólicos o por la decoración rockobarroca del local. Eran las cinco de la tarde y esa foto fija duró el cuarto de hora que permanecimos allí y seguro que así siguió hasta ir creciendo en sabor hacia la noche.

Mañana entraremos en Nueva Orleans a la caza de más mitos. Qué mejor sitio...