martes, 8 de enero de 2013

No sin tus amigos

Casi dos meses después de salir, seguimos en la Unión Europea. En una remota región, pero en la Unión Europea al fin y al cabo. Estamos tumbados a la sombra en una playa de arena dorada, agua turquesa y tupida vegetación. Técnicamente es una playa atlántica porque estamos al este de la isla. Apuramos nuestro penúltimo día de vacaciones en este pequeño paraíso francés. Mañana por la noche despediremos a Bea, Elena y Raúl que decidieron acompañarnos en nuestras Navidades en viaje. Y unas pocas horas después volaremos a Santo Domingo.

Se acaban las vacaciones para ellos, que mañana volverán un poco más cerca del corazón de esa Europa. Y se acaban las vacaciones para nosotros, que a partir de entonces volveremos a prescindir de algunas comodidades. Nos despediremos también de Ale y Gra, que sí mantienen de momento sus planes de moverse a Dominica. A pesar de todas las buenas cosas que hemos oído de esa otra pequeña isla antillana; a pesar de que allí quede la última población viva de indios Caribes; a pesar de poder empezar a entendernos en inglés en lugar de sobrevivir en francés... A pesar de todo, los precios y el tiempo necesarios para avanzar de isla en isla están fuera de nuestro alcance. No se gana a la Oca sin dar un saltito de vez en cuando. Y aunque entendemos que nos perdemos los matices, nuestra dosis de isla de piratas y plantadores de caña ya está cubierta. En La Española, bien comunicados con el resto del Caribe, esperaremos hasta que prospere alguna de las solicitudes de trabajo en el buceo que hemos enviado a Bahamas, Turks & Caicos...

Junto con los tres incondicionales, que se dejaron caer por Martinica sin otro criterio que acompañarnos, hemos disfrutado de playas de arena blanca, de arena negra y de arena dorada; de oleaje inquietante y de calmadas aguas cristalinas. Hemos subido hasta el cráter de un volcán y descendido a un arrecife de esponjas, plagado de fauna marina tropical. Hemos conducido por sinuosas carreteras encerradas entre exuberantes paredes vegetales. Hemos presenciado puestas de sol junto a acantilados verticales cubiertos de verde. Juntos hemos imaginado barcos de piratas fondeados en pequeñas ensenadas tramando alguna emboscada o bebiendo ron y repartiéndose botines y bravuconadas. Hemos andado hasta cascadas encerradas en la selva y nadado en el agua transparente y cálida de la playa junto a nuestra casa. Nos hemos dorado al sol y mojado por bruscos chaparrones tropicales. Hemos disfrutado juntos de las manifestaciones más espectaculares del arco iris. Hemos conducido y nos hemos dejado llevar. Hemos cocinado productos locales frescos y curado la nostalgia con exquisiteces españolas. Y además, hemos celebrado juntos una nochevieja, otra vez superados en número por los italianos, porque a nuestros compañeros de casa, Ale y Graziano, y a Rosi y Aldo se sumaron sus dos clientes. Eso sí, como muestran los documentos gráficos que tenemos grabados, solo nos superan en número.

También hemos compartido los tragos nocturnos de rones locales en la terraza de nuestra casa donde también se alojan nuestros dos compañeros de travesía atlántica. Esa terraza al borde del mar, en la bahía de Les Anses d'Arlet, desde donde se contemplan unos atardeceres espectaculares. Palmeras, veleros fondeados sobre aguas turquesas, la playa y el pequeño pueblecito en el que destacan la iglesia y el puesto de los pescadores. ¿Se puede pedir algo más en la misma escena?

Mañana volveremos a cargar la mochila y entregaremos el coche y la casa, comodidades incompatibles entre sí salvo gracias a la economía de escala que supone ser familia numerosa. Se acaba la ingravidez de estas dos semanas. Cambiamos las pequeñas Antillas por las grandes, más tierra y menos mar. Dejaremos de nadar todas las mañanas hasta un grupo de pequeñas rocas enfrente de nuestra casa y dejaremos de ver estrellas de mar, peces león, lenguados, langostas, peces erizo, peces loro, torpedos, morenas... Difícilmente tendremos esa variedad tan al alcance de la mano.

Chicos, muchas gracias por la visita y buen viaje de vuelta. ¡Nos vemos por el mundo! 

Por cierto, releo algunos de los párrafos escritos en el barco y descubro imperdonables faltas ortográficas por las que pido perdón. Ni la falta de medios de edición ni la agitación del "escritorio" sirven de justificación. Espero que lo disculpéis.

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