sábado, 19 de enero de 2013

Celeste y caqui

Si uno va por la mañana a comprarse un desayuno al supermercado y se encuentra a unos colegiales, con su uniforme celeste y caqui, comprándose el bocata antes de entrar a clase, ¿qué compra? Pues, naturalmente, el mismo bocata que ellos. Por cierto, no es tan distinto del de sus remotos compañeros españoles, queso y embutido de dudosa procedencia. 

Comer en Samaná es bastante más barato que en Europa, sobre todo si comes como la gente local y con la gente local. Quien prefiere comer en los sitios más turísticos paga el correspondiente peaje. Y aun así, tampoco es un exceso. Para mí, que siempre he utilizado el precio de la caña de cerveza como comparador de precios inmune a la inflación y al tipo de cambio, esa referencia no deja dudas: entre dos y tres veces más barato.

Incluso las exquisitas empanadas argentinas de José Luis están por debajo del euro. Eso sí, en su caso lo que está deconstruida no es la comida sino el propio restaurante, en el que nos reunimos inmigrantes, viajeros, turistas e incluso la alta sociedad local. Allí compartimos historias los recién llegados con los viejos del lugar, como cuál es el récord de transporte en moto o en guagua. Aquí una moto sirve para transportar un pasajero, dos pasajeros, tres pasajeros, la bombona de butano, varillas de construcción, un cerdo, un burro (pequeño, es cierto)... Y lo mejor de todo, una historia que nos contó Francis. En Santo Domingo hace unos años llevaron a un cadáver a la morgue entre el conductor y un tercero, vivo lógicamente.

Las guaguas sorprenden menos en la variedad de contenidos porque, al fin y al cabo, en un autobús tiene menos mérito transportar cuatro docenas de huevos que en una moto. En la guagua los récords son solo cuantitativos. En nuestra visita a las terrenas conseguimos la nada despreciable cifra de 19 almas en una furgoneta. No sería algo muy especial si no fuera porque todas las almas iban acompañadas de sus respectivos cuerpos. Incluso, según las creencias de cada cual, se podrían computar 20 personas, aunque yo soy bastante conservador adjudicando eso títulos.

En el extremo opuesto de la comodidad, tuvimos el golpe de fortuna de compartir coche con Paul solo unos instantes antes de que comenzara a diluviar. Nos subió para deshacer en media hora el camino que a la ida nos llevó tres horas andando. Paul es un médico norteamericano que, tras quince años viviendo en Salt Lake City, ha decidido cambiar de aires. Hasta aquí, todo normal. Bueno, si es que es normal llegar a aguantar los quince años. Antes de esa estabilidad había viajado como médico en misiones militares y de ayuda humanitaria en medio mundo, medido en países, que continentes sí ha pisado todos, algunos en su propia avioneta. Aparte de salvarnos del aguacero, Paul nos aconsejó mientras tomábamos unas cervezas de agradecimiento, descartar -por precios y comunicaciones- las Bahamas como destino de buceo y optar por hacerlo en el continente, Honduras, Belize... Y, hasta ahora, parece que le haremos caso. Porque nuestros planes son así de abiertos. Tanto que interrumpimos nuestra marcha hacia el oeste y, en lugar de atravesar por tierra hasta Haití, embarcamos con Ike y Toni hacia Puerto Rico y las Islas Vírgenes. 

Estamos esperando el permiso del puerto para salir esta misma noche. Pero los trámites aquí no son siempre sencillos y previsiblemente tendremos que hacer noche de nuevo en Samaná. Aunque es cierto que esa misma complicación de trámites y procedimientos es la que nos ha embarcado en esta nueva aventura. Nuestro cambio de planes comenzó ayer, cuando acompañamos a Martin a recuperar, en la aduana del aeropuerto, un repuesto para su barco que había solicitado a su país. La noche anterior habíamos escuchado como, tras un día entero en la aduana con pagos varios a los tipejos facilitadores, se había tenido que volver sin su pieza y sin saber muy bien qué fallaba. La combinación era perfecta: un gringo que no entiende español en medio de los chacales que instintivamente asocian piel blanca con dinero fresco.

Yendo nosotros dos con él, Martin ganaba dos cosas: traducción y compañía, que siempre arropa en estos casos. Entendiendo la situación en que se encontraba nuestro vecino de hotel nos ofrecimos a acompañarle al aeropuerto de Santo Domingo para deshacer el entuerto. Se encontraron, de repente, aquellos liantes con dos dificultades. No estábamos dispuestos a dejar que le sacaran más dinero y podíamos comunicarnos con los funcionarios directamente sin su "ayuda". Eva asumió con firmeza el liderazgo de la operación. Martin permaneció en un discreto segundo plano y a mí me quedó el papel restante, entre el protagonista y el figurante.

La sala de entrada de la oficina de aduanas estaba poblada por unos treinta profesionales del lío, unos pocos funcionarios identificados por sus credenciales, dos o tres clientes y nosotros. Un barullo de intermediarios trata de copar el acceso a cada ventanilla, a cada mostrador para que uno no pueda hacer los trámites por sí mismo. Toman tus papeles, desaparecen con ellos, reivindican que han desbloqueado un obstáculo en el proceso y vuelven al mismo lugar. De eso viven y por eso le habían sacado ya más de tres mil pesos a Martin. Una cortina de humo para envolver un proceso y hacerlo parecer aun más complicado de lo que artificialmente ya es.

Seguidos en todo momento por los zánganos y sus compinches acreditados pasamos de despacho en despacho, de ventanilla en ventanilla, de mostrador en mostrador y, por fin, al almacén. Pero nosotros siempre con los papeles a buen recaudo, en manos de Eva que los defendía de los nada disimulados esfuerzos por arrebatárselos, bien mediante pobres excusas, bien alargando la mano sin más. Esa discreta guerra por la custodia de los papeles dejó escenas divertidas gracias a la notable diferencia de estatura entre Eva y el pequeño agente doble.

Acabado todo y ya con nuestro repuesto en el coche, el funcionario y tres de los pillos nos rodeaban para reclamarnos un nuevo pago por sus supuestos trabajos, impidiéndonos salir con el coche. Lo que habían hecho hasta entonces era claramente inmoral. Pero cuando nos rodearon y nos enfrentaron con gritos amenazadores cruzaron una frontera más. El escándalo atrajo a un oficial de seguridad, que apareció reconocible por su placa colgada al cuello y su pistola, solo medio disimulada dentro del pantalón. Lo que debería haber puesto fin a la situación y habernos tranquilizado se convirtió en el momento más preocupante de la aventura cuando la ambigua actitud del oficial delató que no solo conoce los trapicheos que allí tienen lugar sino que los tolera y quién sabe si no le procuran alguna alegría extra. 

Incapaz de cerrar por sí mismo el episodio, recurrió a un superior que sí tomó clara posición a nuestro favor en cuanto escuchó la historia. ¿Se hizo el indignado para terminar por la vía rápida con aquella escena que empezaba a resultar demasiado notoria o estaba claramente en contra de que se produzcan aquellos hechos? A nosotros nos dio un poco igual. Esos tramposos que viven de abusar de quien no puede valerse solo o se deja intimidar se quedaron sin su mordida y nosotros volvimos con el eterno agradecimiento de Martin que insistió en que nuestro futuro pasaba por acompañarlos hasta las Islas Vírgenes, donde nos ayudará en lo que pueda con sus contactos para que disfrutemos de los fondos marinos de coral y barcos hundidos que pueblan ese paradisiaco archipiélago.

Y así deshacemos camino andado y nos embarcamos con Ike y Toni hacia Puerto Rico y de ahí a las Vírgenes. ¡Y no solos! Camila y María, dos jóvenes argentinas, también vecinas del Hotel Docia embarcan con nosotros hasta Puerto Rico, aunque ellas volverán a la República Dominicana para volar a casa y poner fin a sus vacaciones tropicales. Aunque la mala suerte de Martin con la mecánica nos mantiene retenidos en la bahía de Samaná, ahora con un nuevo fallo en la transmisión. En cuanto solucione el problema, zarparemos los dos barcos en contra de aquellos alisios que tan perezosos se mostraron para traernos hacia acá y que parecen haber recobrado energía justo ahora.

2 comentarios:

  1. Me gusta el blog, bien escrito e interesate. Y el viaje ¡fenomenal! lo que veis, la oportunidad de conocer a gentes muy distintas, las situaciones que van surgiendo ...

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  2. Esto va tomando cuerpo!!! Ciertamente la escritura va encontrando su sitio y lo que para vosotros ya es "el día a día" para nosotros es una aventura.
    Aquí seguiremos leyendo vuestra no-rutina con los dientes cada vez más largos.
    Besos y abrazos múltiples

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