Martinica y La Española están bañadas por las mismas aguas cristalinas del Caribe. Están colonizadas por las mismas palmeras omnipresentes y se refrescan bajo los mismos aguaceros. Y, sin embargo, Martinica es Europa y ahora ya hemos llegado indudablemente a América. Martinica es solo -o casi solo- geográficamente americana. Los colores no son los de la Bretaña, está claro. Pero uno no siente haber dado un salto cultural.
Con esa familiaridad fuimos al aeropuerto a despedir a nuestros amigos -gracias una vez más por la visita, chicos- y, de paso, a aprovechar un sitio limpio y cómodo donde pasar la noche. Ellos volaban por la noche y nosotros tan solo unas pocas horas después. Cualquier rincón de la sala nos valía. Pero un aeropuerto pequeño y francés no iba a tener esa gentileza y nos vimos forzados a hacer noche a sus puertas, interrumpidos de vez en cuando por el personal del aeropuerto, que extrañados de vernos ahí nos preguntaban si estaba todo bien. Se agradece el interés, pero mejor habríamos estado dentro agradeciendo la hospitalidad.
Y así salimos de allí y entramos en la República Dominicana. ¡Por fin un sello en el pasaporte! Salsa, merengue y bachata por todos lados. Negocios que rivalizan entre sí con el volumen de la música y que, en ocasiones, pierden todos, derrotados por un coche con las ventanas bajadas. Desde que llegamos, no paramos de sufrir un continuo exceso de celo en la atención al turista. Como en una novela de espionaje, cualquier persona que va tan normal por la calle es un guía, acompañante, taxista o representante camuflado. Es difícil hacer una pregunta porque pocos dan una respuesta desinteresada. Así, algo tan simple como encontrar un autobús en el aeropuerto para llegar al centro de la ciudad adquiere dificultad. Todo el mundo nos decía que no los había y nos redirigía a los taxis. No es fácil intentar no ser un turista en un país en el que tanta gente vive de ellos.
En Santo Domingo nos llevamos la decepción de saber que hace años que Juan Luis Guerra ya no tiene un local con música en vivo. No fue la razón principal pero tras degustar unas exquisitas empanadas típicas locales y echar una cerveza en un colmado con gramola digital, acabó nuestra experiencia en la capital. Marchamos en autobús a Samaná, ciudad que da nombre a la península donde se encuentra. A su escala, Samaná es un lugar muy turístico. El avistamiento de ballenas jorobadas y otras pocas bellezas naturales la convierten en un sitio atractivo pero sin la infraestructura y superpoblación hotelera de la costa este de la isla. Para llegar hasta aquí, el autobús cruza la isla de sur a norte por una carretera que, pese a ser de peaje, solo tiene un carril por sentido. Y cruza con la música a un volumen moderado para el estándar dominicano, alto para nuestra costumbre. Pero se trata de una música en la que, entre artistas locales, suena de pronto Raphael, seguido por Julio Iglesias y Serrat. ¡Qué grande la OTI!
De momento en Samaná hemos confirmado la posición privilegiada que ocupa la empanada en la gastronomía dominicana y no hemos conseguido liberarnos del sambenito de turistas. Y eso que ya a algunos les vamos dejando claro que no somos un negocio para ellos, siempre más de guagua que de taxi, de pica-pollo que de restaurante y que si quieren regatear (o, como dicen ellos, pelear los precios) tendrán regateo.
Curiosamente, lo que aquí es más fácil es conectarse a internet, con WiFi en casi todas partes del centro de esta pequeña ciudad construida con disperso urbanismo americano. Ahora, en breve, saldremos a socializar después de la cena y compartiremos esto.
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