domingo, 15 de diciembre de 2013

Vacaciones

Las vacaciones son ese periodo que nos permite descansar del trabajo (o de los estudios, pero hacía ya tanto de eso que he estado a punto de olvidarlo). Según el trabajo de cada cual algunos necesitan descansar de una intensa actividad física, de una estresante actividad mental o, simplemente, de un profundo aburrimiento existencial. Por eso, existen tantos tipos de vacaciones como combinaciones de tipos de personas y trabajos. Desde yacer entre arena y sol hasta entregarse al trabajo voluntario en una comunidad rural de un país subdesarrollado caben mil opciones: husmear cada rincón de los museos; patear calles de ciudades superpobladas; comprar todo lo superfluo y algo de lo necesario; practicar deportes de todo tipo, incluida toda la gama de actividades con nombre inglés acabado en 'ing'; probar los límites de almacenamiento de la cámara digital...

Pero, en esencia, igual que el negocio es la negación del ocio, las vacaciones solo existen porque existe el trabajo. Por más que alguno haya soñado alguna vez con vivir de vacaciones eternamente, es una pura contradicción. Un elemento necesario de las vacaciones es su duración limitada, el hecho de que al final siempre esté esperando la vuelta a la rutina. Ese carácter perecedero configura las vacaciones en todas sus etapas, desde la planificación, hasta las últimas horas previas a la reincorporación.

Nosotros, que llegamos a establecer algo parecido a esa rutina laboral en Singapur, y con los billetes ya comprados para la vuelta nos dimos un mes de vacaciones. Un mes para disfrutar del final del viaje antes de regresar a Singapur para hacer las maletas (léase mochilas) y volver a casa. Y reanudar el viaje de esa manera no se parece nada a iniciarlo. Porque, efectivamente, ahora tras los meses de rutinas y con la fecha de caducidad estamos de vacaciones. Y en vacaciones todo se vive más deprisa porque el tiempo corre a una velocidad distinta. 

De hecho, hoy, después de volver de un largo recorrido en kayak por las islas desiertas de los alrededores de Koh Yao Noi, repasamos lo que hemos hecho en estas últimas semanas y la lista es bastante larga. Hemos acelerado. Y también hemos dejado de privarnos de algunas cosas porque ya no hace falta ser tan prudente con el presupuesto. El éxito que supone haber llegado hasta aquí sin agotarlo nos permite alguna que otra alegría como hacer una comparativa de las diferentes tradiciones nacionales en lo que respecta al masaje. Y yo diría que, a pesar del sufrimiento inicial, hasta ahora gana el tailandés que me dio una señora bajita pero recia que, como parte del protocolo, rezó antes de ponerme la mano encima. Cuando de haber sabido de su fuerza habría sido yo el que rezara.

Volviendo a la lista, me doy cuenta de que los animales han marcado en buena medida nuestro recorrido que empezó en las islas Gili, en busca de grandes animales marinos. Desgraciadamente, nos quedamos con un par de pequeños tiburones y, eso sí, bastantes tortugas. Pero descubrimos un sitio interesante, unas islas con una combinación de actividad nocturna, tranquilidad en playas casi desiertas y varios puntos de buceo, un poco venidos a menos eso sí, que los efectos de la sobreexplotación pesquera no son patrimonio exclusivo de ningún país.

Tras un par de días en Lombok, donde la presencia de la fauna se limitó a los compañeros habituales en estas latitudes -gekos, lagartos, ranas y, por supuesto, insectos de todo pelaje- volamos a Sumatra para adentrarnos en la selva de Bukit Lawang en busca de los orangutanes. ¡Qué especial es la sensación de estar enfrente de un animal como ese! Un animal que tiene una mirada absolutamente humana. Mucho más que los parientes macacos, para los que solo somos animalillos a los que se les puede robar algo.

Y para finalizar la interacción con los grandes mamíferos tuvimos una sesión básica de aprendizaje de manejo de elefantes, seguida de paseo por la selva y baño conjunto que nos dejó una sensación agridulce. ¿De verdad son esos animales recuperados de situaciones de trabajos forzosos y se encuentran ahora en mejores condiciones? ¿No seriamos nosotros también algo cómplices de que se les siga explotando? Esas dudas (y el constante roce con la áspera piel del elefante) nos mortificaban mientras disfrutábamos de la experiencia de subir sobre la piel de un animal de tal tamaño, mientras le hacíamos andar al grito de "¡Pai, pai!"

Pero no menos común ha sido el afán "do it yourself" en nuestros desplazamientos y sus secuelas. Si a lo de caminar largas distancias mochila la espalda ya estábamos acostumbrados, a los tres días de recorrer los templos de Angkor en bicicleta sufrieron su periodo de adaptación nuestros culos. Y lo mismo fue de nuestras manos tras el "entrenamiento" de ayer y los 14Km de hoy en kayak. Eso sí, cada vez nos quedan por probar menos formas de desplazarnos. Formas de compensar con su lentitud la prisa vacacional con la que os movemos.

martes, 3 de diciembre de 2013

Todos los nombres... ¡No!

Ayako también dejó su vida en Japón para pasar un año fuera, aunque su apuesta fue para aprender inglés en Singapur, para ella mucho más cerca de casa que Londres y mucho más cercano culturalmente. De hecho, ella nos contó que si a muchos japoneses no les gusta la cocina occidental no es por los productos o por los sabores... ¡Es porque no se apañan con los cubiertos!

De nuestros cuatro meses en Singapur, nuestra época más cómoda fueron, sin duda, los dos meses que pasamos en Bayshore Park, un "condo" (o como diríamos en España, una urbanización) con vistas al mar, piscinas y muchas otras comodidades impropias de nuestro viaje. Bueno, tal vez no impropias, pero sí inusuales. Pero en aquellos momentos no éramos viajeros, éramos aspirantes a trabajadores inmigrantes. Por supuesto, todas estas comodidades no estaban a nuestro alcance de manera tan sencilla, porque alquilar un apartamento de semejantes cualidades excedía nuestro presupuesto en unas cuantas veces. Pero sí era asequible alquilar una habitación en un piso ya habitado. Aunque hacerlo asequible nos costó una negociación bastante intensa y una experiencia de convivencia que no olvidaremos fácilmente.

Nuestros caseros tenían unos hábitos de vida poco comunes. El día que conocimos a Zeba y firmamos el contrato, en una de las torres de Marina Bay, vestía como una ejecutiva y nos contaba que al día siguiente viajaba por trabajo. Ese fue el último día que trabajó si es que algún día de su pasado reciente lo había hecho. Desde entonces, ella y su marido Akash repetían una monótona jornada día tras día que arrancaba sobre las dos de la tarde y acababa cuando se acostaban, normalmente algo regados en alcohol, alrededor de las cinco de la mañana. Durante esas 14 ó 15 horas, la televisión (sin duda, el bien más caro de la casa, tan fina como una tela mágica que proyectara imágenes móviles) no se apagaba ni un minuto. A veces nos entraba la duda porque no oíamos nada pero finalmente aprendimos que siempre que eso ocurría era una escena que transcurría en silencio. Tenían otros rasgos que no olvidaremos nunca, como su obsesión por que limpiáramos todo, nuestra habitación, nuestro baño, los útiles de la cocina compartida... La verdad es que no nos hubiera llamado tanto esa obsesión de no haber sido porque la compaginaban con su absoluta incapacidad para limpiar. Tal vez impedidos por no haber sido enseñados de pequeñitos en el arte del fregado, tal vez por alguna deficiencia psicomotriz perfectamente camuflada y difícil de diagnosticar, el caso es que aquella casa solo lucía reluciente (aunque solo sea por comparación con los otros días) el día que una chica venía a poner orden.

Aun así, fuertes en nuestra habitación con vistas a East Coast y pasando muchas horas en la piscina, disfrutamos de nuestra estancia llegando a desarrollar algo parecido a un instinto hogareño. Ese agua siempre bien atemperada, esos paseos o carreras por East Coast Park, esas comidas en el "food court" de las zonas comunes o esos helados del supermercado que comíamos en el jardín... Pequeños detalles que no olvidaremos. Como a nuestros vecinos mexicanos, Xenia y Fernando, que contribuyeron a que nos sintiéramos aun más como en casa. Nos costó llegar a reunirnos los cuatro, entre los viajes y horarios de oficina de Fernando y mis horarios "lectivos" se nos fue casi un mes en disfrutar del primer encuentro todos juntos. Para entonces Xeixa, su Golden Retreiver, ya estaba con ellos y el primer día que salimos la vimos nadar incansable en la playa. 

Y es que Xenia y Fernando son protagonistas de la otra característica de nuestra estancia en Bayshore Park difícil de olvidar: Las barbacoas. Esos productos porcinos que nos tenían prohibidos en casa, sangría, unos tequilas más lo que cada uno iba aportando llenaron alguna que otra noche de fin de semana, cada vez con otro grupo de allegados, pero eso sí siempre hasta la medianoche como muy tarde, que allí como en todo Singapur, el orden es lo primero.

Unos de esos allegados fueron Carlos y Chuck. A ellos los conocí cuando acudieron a comprar una linterna a Gill Divers uno de los día que yo trabajaba allí. Curiosamente, fue Chuck -y no Carlos- quien detectó inmediatamente que yo era español. Tal vez después de tanto tiempo escuchando a Carlos hablar inglés su oído para detectar el acento español se ha afinado. Ellos también andaban, como nosotros, buscando un trabajo. Aunque su historia reciente era bastante distinta, allí coincidimos como buscadores de empleo en Singapur. Carlos está más abierto y tal vez no sea Changi el aeropuerto en el que acabe trabajando, sino Hong Kong o quién sabe. Pero su futuro laboral está a punto de concretarse y tal vez cuando lleguen a Madrid en Navidad ya tengan destino. En esas largas esperas de búsqueda conseguimos conocernos mejor, que Carlos tuviera alguien con quien hablar español en Singapur y que Eva y Chuck hicieran unas sesiones particulares de intercambio inglés español.

Todos ellos y muchos más (como María y Eduardo, del Binomio) dieron forma a nuestra estancia en Singapur. Pero lo que nos llevó allí no cuajó. Llegamos a establecer rutinas de vida diaria como si ya fuéramos residentes. Pero nos faltó lo básico. Conseguir ese trabajo con el que vivir en un ciudad como Singapur, donde el metro cuadrado es el bien más codiciado y pocos se pueden permitir su propio espacio. No obstante, la vida da y quita. El trabajo que no nos quiso dar a corto plazo puede que nos lo devuelva a largo con las ideas nuevas que nos aportó. O quién sabe si ese proyecto iniciado a medias con Gonzalo (otro de los grandes descubrimientos de españoles por Singapur y que merece más que esta simple mención) acabará cuajando y volvemos triunfantes... Gracias a todos por estos meses. Ahora a seguir viaje.

martes, 26 de noviembre de 2013

Con nombre propio

El mundo dejó de girar a nuestro alrededor por unos meses. Un tiempo en el que pasamos de ser viajeros a ser aspirantes a emigrantes. No se nos dio como esperábamos y volvimos al camino. O lo que es lo mismo, oficialmente, volvemos a estar de vuelta por el mundo.

Cuatro meses en Singapur nos dieron para llegar a conocerlo y disfrutarlo, a sentir sus calles como nuestras, incluso a establecer rutinas. Algunas rutinas fueron tan placenteras como darnos un baño en la piscina todos los días. Y es que Singapur se parece a Suiza en muchas cosas pero, desde luego, no en el clima. Por más que nuestras últimas semanas allí coincidieron con la época de lluvias y los truenos son más violentos que la mayoría de bombardeos en el cine bélico, el hecho de que el agua de la piscina permanezca estable en 29º y la temperatura exterior acompañe suponen un lujo. Por supuesto que comentamos entre nosotros y con otros oriundos de las latitudes medias si uno llega a cansarse de esa monotonía climática. A mí algo me hacía intuir que iba a tardar mucho tiempo antes de echar de menos el invierno con sus botas, abrigos y demás parafernalia.

Pero nuestra estancia en Singapur estuvo marcada, sobre todo, por los nombres propios. Sin ellos, probablemente ni hubiéramos tomado la decisión de intentar quedarnos a vivir allí. Sin ninguna duda, el primero en nombrar debe ser Javier. Por él hicimos nuestra primera visita allí y, en gran parte, él nos ilusionó con la idea de quedarnos. El gesto de intentar ayudarme para que me contrataran en su empresa se queda pequeño con el de ofrecerme su propia ropa para hacer la entrevista. Así se las ponían a Felipe II. Aunque también reinaba aquel Felipe cuando "los elementos" derrotaron a su Invencible. Consultor tal vez no solo de profesión sino también de vocación, Javier nos escribía correos con información de cada uno de los trámites por los que podríamos tener que transitar. Y si alguno no lo recordaba de su propia experiencia, consultaba otras fuentes. Y tampoco descuidó la parte de introducirnos en un pequeño núcleo de españoles expatriados que nos reunimos un par de veces para cenar en "El Chinorri".

El mismo día en que conocimos a Javier, tan solo unos minutos antes, mientras paseábamos por Chinatown antes de que entrevistarme con él, nuestro aspecto mediterráneo llamó la atención de Muhammet quien, con la rapidez del cazador emboscado, nos saludó con un "¡Hola!". Su nostalgia de nuestro mar común y su soltura con el castellano tras años de trabajar en Turquía con turistas de habla hispana le tientan a probar suerte con cada paseante sospechoso de ibérico. Unas veces acierta a la primera, como con nosotros. Otras veces, algunas más, no tiene la misma suerte. Hay gente que no se da por aludida y se pierden como mínimo un rato de conversación muy agradable tal vez acompañado de un café o de un té y unas excelentes pastas turcas. Quién sabe cuándo no responden porque no hablan castellano o porque no quieren distraerse de su camino. 

Tuvimos que declinar su invitación a café porque la entrevista apremiaba pero nos presentamos a la mañana siguiente y esa vez fue él quien no había llegado aun. No importa. Dos días después volvíamos a estar en Singapur, ya para quedarnos, y volvimos a su sastrería de South Bridge Road para cobrarnos la invitación. Conocer a Muhammet fue otro aliciente más para intentar echar raíces allí. Apenas tras unos pocos días de conocernos nos había dado todas las herramientas a su alcance para que nuestra vida allí fuera más fácil y nuestra aventura fructífera. Nos presentó a cuantos podían hacer algo en nuestro favor, nos explicó todo lo que necesitábamos para buscarnos la vida. Hospitalario hasta fuera de su país, conocerle ha sido una de las mejores cosas de nuestro paso por Singapur. A él y a las dos mujeres de su vida: Mastura, su esposa y gestora de la agenda social y Thalia, su hija e inspiración. 

Conforme voy escribiendo me doy cuenta de que son tantos los nombres que han marcado nuestra estancia que tendré que partir el texto en más de una publicación. Mis cuatro meses en Asia Dive Academy, primero formándome y luego formando yo, darían para una lista ya bastante larga, pero me limitaré a mis seis compañeros de promoción y a los tres instructores que más presencia e influencia tuvieron en ese mes. Yong Xiang y Monica se repartieron la tarea de formarnos hasta que se acercó la fecha del examen. Entonces, a falta de 10 días, Richard Mei, con su aspecto de guerrero oriental retirado, les tomó el relevo y tuvimos que acostumbrarnos a su inescrutable acento chino, a sus dejes autoritarios y a sus pequeñas manías, lógicas por otra parte en cualquier guerrero oriental retirado. 

A todo ello nos adaptamos porque el personaje, aparte de peculiar, se esforzó al máximo para que llegáramos al examen con la mejor preparación posible según sus criterios. Pocos días antes de dejar Singapur volví a verle, afinando la preparación de los nuevos candidatos a instructores, en esa planta cuarta donde unos meses antes Raha, Prat y yo habíamos convivido y estudiado. Y no solo eso, donde entre los tres habíamos ayudado a Johno (uno de los instructores senior de la plantilla) a construir las cápsulas donde luego viviríamos. Porque las cápsulas llegaron como los muebles de Ikea, embaladas eficientemente y para que te lo montes tú mismo. Eso sí, salvando las distancias obvias en cuanto a calidad e instrucciones entre el mobiliario sueco y el chino.

¡Cuántas horas de estudio y de piscina compartidas! Muchas también con Aly, Steven, Cedrid y Thomas, nuestros compañeros locales, pero sin duda muchas más entre nosotros tres, que estudiábamos, construíamos y vivíamos juntos en el dormitorio común con el resto del personal y donde en unas pocas semanas pasamos de las literas a nuestras cápsulas ensambladas a mano. También compartimos cervezas, pero pocas, que los precios de Singapur no permiten demasiadas alegrías. Y macerados en esas cervezas, compartimos nuestros pasados, nuestros sueños, nuestras ambiciones... Raha, un espíritu libre encerrado en un país donde borraron esa palabra, y que con enormes dificultades migratorias (nuestros pequeños incidentes son para reírse al lado de sus trabas) consiguió permiso para su estancia en Singapur. Prat, viajado y con esa experiencia que da haberse criado en un país con cientos de millones de personas...

También Eva compartió muchas horas de clase con Ayako, entre otros compañeros de clase. Pero coincidir en un curso intensivo de inglés de nivel elemental te hace un poco más difícil compartir sueños, al menos en plural. Aya se enfrentaba a un idioma demasiado diferente al suyo y la comunicación con ella, que nunca fue fluida, se apoyaba sin embargo y su riqueza gestual, digna de mimo, y el traductor de Google siempre a mano en su móvil.





martes, 30 de julio de 2013

Cambio de tercio


Un cambio de tercio... O dos o tres y cuantos sea menester, como se diría en algunos lares.


Por la alta demanda de nueva publicación, me he auto impuesto ser la sustituta temporal del titular, por hayarse este gastando lo que tenemos en la cabeza que pesa como un coco, tiene forma de nuez y consistencia del foie cocido. Eso sí, siguiendo bajo supervisión del autor.


Y es que esto no es lo que se suponía que iba a ser y ya nada es lo que era. Y Helen Rowland decía que "las locuras que más se lamentan en la vida de un hombre son las que no se cometieron cuando se tuvo la oportunidad". A nosotros no nos van a quedar y lamentarse no sirve de nada......

Siguiendo con las citas, y para tranquilizar a las familias, no os preocupéis porque intentaremos cumplir con Clarence S. Darrow, que dice "la primera parte de nuestra vida nos la estropean nuestros padres; la segunda nuestros hijos".

Y todo el cambio lo provocó James, el supuesto jefe del centro de buceo de Subic, Filipinas, pieza clave para decidir nuestro nuevo destino al empezar nuestra segunda parte del viaje, que iba a ser inicialmente por cuatro meses prorrogables. Irlandés de unos cuarenta años del que no me atrevería a decir nada más excepto que fue un mentiroso compulsivo. Aunque él lo llamaba haber sido algo ambiguo en sus explicaciones.


Menos mal que siempre hay gente que te recoge con los brazos abiertos una y otra vez (como Alain y Bárbara) y que no nos faltó el cariño de una familia a la que sorprendimos en sus vacaciones y nos abrieron los brazos (Ignacio, Rori & cia).


Gracias a todos por estar ahí en el momento necesario. Incluso a Muhammet por levantar la cabeza de máquina de coser en el momento oportuno y lanzarnos un "hola" en castellano en el barrio chino de Singapur. Ese sencillo gesto tuvo más importancia de la que parece en  nuestro nuevo enfoque y él ha pasado ya a formar parte de nuestra vida en esta nueva etapa. Aquí, en Singapur.

domingo, 7 de julio de 2013

A por agua

Después de la escala de tres semanas en España, en las que recargamos nuestros depósitos de afecto y de embutidos ibéricos, comenzaba nuestra segunda etapa. En la segunda etapa casi todo era distinto. En lugar de hacia Occidente viajábamos hacia el sol naciente; en lugar de embarcarnos en la aventura marítima, volábamos cruzando dos continentes en unas pocas horas; en lugar de arrancar en lo desconocido, teníamos amigos que nos esperaban en Kuala Lumpur. Pero el plan de viaje de la segunda etapa también era distinto, con una estancia larga en Filipinas en el horizonte.

Llegar a Kuala Lumpur fue un doble reencuentro. Primero con una ciudad que la primera vez que la pisé me transmitió una sensación de multiculturalidad reflejada a primera vista en algo tan sencillo como el vestir. Las cabezas cubiertas con pañuelos alternan con las piernas al aire y los vaqueros detalle ajustado. Las mezclas de moda de influencia china, occidental y musulmana colorean las calles del centro de KL. Y segundo por el reencuentro con Bárbara y Alain después de unos años en los que con suerte habíamos coincidido en alguna fugaz visita navideña. Tengo que decir que noté más cambiada a la ciudad desde mi primera visita del 2002. Como mínimo, los mercados del barrio chino son menos chinos y más ordenados. También es verdad que pasar unos días acompañados de residentes ayuda a comprender mucho más la ciudad y a descubrir, por ejemplo, que se puede tomar una copa en un helipuerto cuando caída la tarde nadie despega ni aterriza en la azotea.

Del oasis de KL volamos al caos de Manila. Dicen que la ciudad tiene unos 20 millones de habitantes pero es imposible hacer un censo porque casi todo el mundo está en movimiento. Bueno, para ser más exactos, más que en movimiento en un medio de transporte que moverse se mueve más bien despacio intentando abrirse paso entre miles de competidores. Los atascos de Manila son bastante célebres en la zona y solo parecen quedar atrás por los de Jakarta. Manila es también la ciudad de los centros comerciales, desde los modestos de Alabang hasta los lujosos de Makati, si uno pasa aquí solo unas pocas horas, se lleva la sensación de que la población de Manila vive en los centros comerciales y desplazándose entre ellos.

Pero Manila tiene muchas más cosas. Una de las que nosotros apreciamos pronto es la enorme oferta de hoteles por horas para parejas. Bueno, admito que lo del número de ocupantes es solo una suposición mía. Para nosotros fue una ventaja poder alojarnos una noche a precio de doce horas en lugar de día completo. Pero sobre todo nos ofreció una tarde de lo más divertida contemplando la mecánica del lugar desde la recepción del Hotel SoGo ("so clean so good", ahí queda eso...) de Alabang. 

Estábamos sentados en los sillones de la entrada porque nuestra habitación/zulo de estética cutrerótica no tenía cobertura y esperábamos comunicarnos con James para cerrar los planes del día siguiente. Las parejas de filipinos de casi todas las edades llegaban en un goteo constante. A simple vista parecían en la mayoría de los casos más parejas estables que esporádicas. Al llegar recibían un número y esperaban su turno para registrarse sentados en una sala con sillones de pareja resguardados por biombos a modo de reservados con la proyección de una película al fondo. Llegado el turno, desde el mostrador anunciaban el siguiente número y la correspondiente pareja accedía a registrarse y recibía la llave de sus deseos. Intentando ofrecer una imagen de intimidad y lujo, en las zonas comunes, un vídeo promocional mostraba a una pareja joven que accedía directamente desde el garaje donde dejaba su scooter hasta su habitación y mostraba imágenes del catálogo de habitaciones más exóticas: la James Bond, la del Imperio Romano, ¡la de las armas!...

Esta intensa actividad sexual amateur no deja atrás a la profesional, con la interminable hilera de clubes de la zona turística de Malate donde habíamos pasado nuestra primera noche y aun más con la zona de la bahía de Subic que recibe periódicamente la visita de los barcos de la armada norteamericana y de sus jóvenes y hormonalmente ricos marineros. Habríamos podido contar más detalles de esta interesante zona de la bahía de Subic donde planeábamos residir unos meses pero James, nuestro hombre en Manila, no resultó exactamente lo que esperábamos y decidimos seguir camino y búsqueda. Cuando la mitad de las cosas que alguien te dice suenan sospechosas y alguna confirmas que es mentira, puedes llegar fácilmente a la conclusión de que no es de fiar. Como el mismo James dijo tantas veces en los días que nos estuvimos conociendo buceando juntos en los fondos de Anilao, "no hard feelings". Pero cada uno por su camino. Finalmente abandonamos la bahía sin siquiera bajar a conocer los barcos hundidos que el agua esconde.

Y así estamos ahora. En Manila, con una mochila llena con 10 Kg de trastos para bucear y sin plan definido, esperando a que nos llegue la inspiración mirando por la ventana los lujosos rascacielos de Makati.

jueves, 6 de junio de 2013

Pequeñas diferencias


Una de las expectativas de llegar a Perú era volver a probar la Inca Kola, ese refresco dulzón con sabor a cola, pero de color amarillo brillante. Ya en Bolivia empezamos a ver las botellas, pero esperamos hasta entrar en su país original para tomarla. Agarré la botella con la ilusión de estar ante un producto diferente, "Inca Kola. El sabor del Perú. Desde 1935". La giré un poco y leí con ese tipo de letra inconfundible "The Coca-Cola Company". ¡Cómo podía ser! Para un refresco original y que triunfa, que parece seña de identidad de un país, ha caído en manos de la gran multinacional.

Creo que ese fue el golpe de gracia definitivo a una sensación que veníamos sintiendo desde hacía tiempo. Cada vez cualquier rincón del mundo se parece más a cualquier otro. Supongo que eso es la esencia de lo que se llama globalización. Que todas las capitales del mundo se vayan pareciendo todas entre sí. Que paseemos por los mercadillos de artesanías andinas y nada nos sorprenda por resultarnos ya familiar.

El símbolo de la uniformidad creciente son, curiosamente, los uniformes. No uniformes por profesiones o regiones sino las camisetas de los equipos de fútbol más famosos del mundo. La presencia de las camisetas de fútbol en la indumentaria diaria de Centroamérica y Sudamérica supera incluso a la de sus vecinos anglosajones del norte con su otra versión del deporte de pelota. Camisetas de equipos locales, pero sobre todo de equipos europeos, que llenan de colorido las enormes masas humanas de las grandes ciudades y salpican los paisajes rurales. Camisetas que, en general, van desde las imitaciones razonables hasta otras tan burdas que reconocería un extraterrestre sin televisión de pago.

Son tantas las camisetas falsas que se fabrican y se venden que uno se pregunta si se tratará de pequeños negocios que viven a expensas del boom creado por las grandes firmas de ropa deportiva o si hay alguien más detrás y la multiplicidad es solo una ilusión.

Peculiaridades geográifcas al margen, al final, detrás de ese mundo que se globaliza a todo ritmo, lo que quedan, como en la frase de aquella escena mítica de Pulp Fiction, son pequeñas diferencias. Como el hecho de que en Bogotá usen guantes desechables de plástico para comer si el plato exige usar las manos. Como esa inagotable variedad de colores y aromas en los refrescos por toda América, todos con ración extra de azúcar. Detalles como la creciente presencia de la cumbia conforme la latitud disminuye. 

Por eso es tan reconfortante encontrar de vez en cuando una pequeña joya, algo realmente único y sorprendente. Algo que uno nunca podría encontrar en un mercadillo de otro lugar. Aparte de algunas variedades de frutas y locales, usadas solo para el consumo local y todavía no introducidas al circuito internacional de los importadores, distribuidores y fiscalizadores, de vez en cuando uno se topa con alguna singularidad cultural que todavía requiere la compra de productos únicos. Esta sensación de estar ante algo irrepetible es la que produce pasear por el mercado de las brujas de La Paz y contemplar los fetos de llamas colgando de muchos de los tenderetes, listos para ser adquiridos y usados en los rituales con antigua tradición quechua.

Afortunadamente, siempre nos quedará la selva. Bueno, ¿nos quedará siempre? Al menos mientras nos quede, seguirá existiendo un ecosistema en el que el champú se consigue aplastando unas hojas, el agua pura corre dentro de los troncos del bambú, las hierbas para las infusiones se recogen al caminar, las lianas hacen innecesarias las cuerdas y los troncos y palos caídos de árboles víctimas de la brutal competencia vegetal se esparcen por todos lados. Nada que sea necesario para la vida falta en la selva para los ojos abiertos de los habitantes autóctonos que lo identifican entre la superabundancia verde que los rodea. Allí se crían esos gusanos tan codiciados por los que los han probado. No sé si esos a los que se refiere la FAO cuando nos augura o nos recomienda empezar a consumir anélidos, insectos, arácnidos y otro tipo de delicatessen.

domingo, 19 de mayo de 2013

Se hace camino al andar

En nuestras interminables horas de bus hemos contemplado, casi siempre desde el piso superior, toda clase de parajes naturales y de agrupamientos urbanos. Los contrastes ya comenzaron en la propia terminal de bus que se asienta entre los imponentes edificios neoclásicos y la Villa 31. Entre lecturas, hemos visto las rocas de la Quebrada de Humauaca, con tantos colores como la paleta de un pintor, las interminables praderas del altiplano, el inmenso, casi marítimo lago Titicaca... Hemos cruzado Bolivia, con sus pueblos y sus ciudades llenas de casas de ladrillo, con su inconfundible rojo anaranjado inundándolo todo. Hemos visto todo tipo de ganado: vacas, ovejas, vicuñas, caballos, asnos, cerdos... Viajando en bus, hemos cruzado ríos y lagos a bordo de barcazas, en ocasiones viendo desde nuestra barca como el bus avanzaba despacio divergiendo de nuestra ruta para luego reencontrarnos.

Sin embargo, en muchas ocasiones lo más interesante transcurre dentro del propio vehículo. Circulando por el norte argentino junto al borde de la frontera paraguaya contemplamos atónitos como, tras detenerse en una parada improvisada, el bus se llena de gente cargada con bolsas, paquetes, maletas y mochilas. Son tantos que no hay asiento para todos. El pasillo queda lleno de bultos de principio a fin. El espectáculo es tan evidente que en el control de gendarmería nos hacen una inspección detallada. Hay unos cuantos bultos de los que nadie se hace responsable por lo que los gendarmes nos obligan a todos a bajar sacar nuestros equipajes y los inspeccionan de uno en uno. Disimulados en todos esos bultos comienzan a surgir centenares de cartones de tabaco y algún otro artículo prohibido. El incidente se salda con dos horas de retraso que nos hacen perder la conexión (lo que daría para otra historia completa), el alijo incautado y todos de nuevo subidos al bus.

Unos días atrás, una señora viaja a nuestro lado en un bus.
 La señora lleva música en el móvil a todo volumen. Durante unos instantes dudo entre Schubert y Mozart, pero pronto me doy cuenta de que son cumbias. Un joven que viajaba sentado unas filas más atrás se acerca a la señora y le pide que baje el volumen de su teléfono. La señora no entiende, se indigna, modera el volumen del teléfono y comenta con otra señora que viaja con ella: "¡Qué delicado! Y lo dice él, que también va oyendo música" -porque al chico se le ven los auriculares-.

Cuando los viajes son muy largos, en algunos buses tenemos servicio de comida. Cualquiera que haya comido en un avión sabe a lo que me refiero. Sin embargo, llegando a Bolivia y Perú el servicio a bordo vuelve a estar a cargo de los vendedores ocasionales que suben y bajan vendiendo sus productos: empanadas, refrescos, gelatinas, galletas... Pero en un caso, al poco de entrar en Perú nos sorprende el catering de más nivel. Una señora acaba de subir cargando la habitual manta inca de vivos colores, pero en lugar de buscar un asiento, deja su ato sobre la repisa del hueco de la escalera. Desata la manta y las dos capas de papel de estraza que protegen el contenido. De una bolsa auxiliar extrae un cuchillo de 30 cm de hoja y comienza a cortar porciones de cordero asado que complementa con salsa y panes. A veces los huesos del animal se resisten y la señora tiene que asestar fuertes golpes de cuchillo levantando la mano a la altura de su cabeza. 

La aventura comienza, a veces, con la propia compra de los boletos para estos buses, cuya venta es  una muestra de febril actividad comercial. Varios puñados de agencias venden boletos para la misma línea, a veces compitiendo entre ellas, pero a veces simplemente fingiendo ser vendedores distintos. Y es que, tal vez, deberíamos usar más el tren, que la única vez que lo tomamos fue en Buenos Aires y nos salió gratis. Cansados de buscar dónde comprar un boleto preguntamos a un estudiante que nos aclaró: "No se paga. Aquí no paga nadie. Yo nunca he pagado. De todos modos no hay nadie de seguridad".

domingo, 12 de mayo de 2013

Mi Buenos Aires querido

1. Historias paralelas

Mariano volvió a Argentina poco después de que nos viéramos por última vez en Valencia, cuando nosotros nos despedíamos para emprender el viaje. La situación económica en España ha invertido el flujo de salidas y llegadas y Mariano regresó a Buenos Aires, tal vez solo por una temporada. Por el momento, Mariano se aloja en la zona norte, a buena distancia de la capital.

Cami acabó sus vacaciones en el Caribe poco después de que nos separáramos en Puerto Rico tras haber compartido grandes días en Samaná, la travesía en el Freedom Boat y otras peripecias con las "autoridades estadounidenses". Su vida diaria en Buenos Aires es mucho más agitada que aquellos días, con jornadas repletas de horas de trabajo y universidad. Pero Cami lleva tiempo siguiendo nuestro viaje y mantiene su invitación para quedarnos en su casa con su familia en la zona norte, a buena distancia de la capital.

Hace tiempo que no vemos a Marcos, una de esas personas que tiene la misma antigüedad en nuestras vidas que nuestra propia vida en común. Sin embargo, las tecnologías, y sobre todo Facebook, hacen que no nos sintamos tan lejos. Y eso que a su pequeña Greta no la hemos podido ver más que en las fotos que, de vez en cuando, nos llegan por ese medio. Cuando Marcos ve por nuestras publicaciones que estamos en su país, a punto de llegar a Buenos Aires, nos pone en contacto con sus padres para que nos inviten a comer un asado en su casa de la zona norte, a buena distancia de la capital.

Conocimos a Sebastián el día que visitamos Colonia de Sacramento. Nosotros teníamos bastante tiempo libre y él también porque el negocio Bike & Coffee, que acababa de abrir ahí una nueva sede, aun no era muy visitado. Sebastián recorrió casi toda España y trabajó una temporada de invierno en Andorra, en un hotel lujoso donde conoció a bastantes españoles famosos y adinerados. Después de compartir unas horas muy agradables con él, regresamos juntos a Buenos Aires en el Buquebús, citados para salir a tomar algo juntos el jueves por la noche. Nos separamos en el terminal porque él tenía que entregar unas bicicletas antes de regresar a su casa en la zona norte, a buena distancia de la capital.

El restaurante del Club de Veleros Barlovento reanudó su servicio un viernes, después de una ajetreada semana de trabajo y de cambios. Colaborar para que Mariano pudiera realizar esa labor con éxito era la razón por la que extendíamos más días nuestra estancia en Buenos Aires. Ese viernes, tras un mediodía tranquilo, regresábamos caminando del club a casa, sin saber que a mitad de camino teníamos que atravesar una villa (algo así como el equivalente argentino de la favela brasileña), una de las villas de la zona norte, a buena distancia de la capital.

Sebastián es vecino de Cami. Los padres de Marcos conocen a los padres de Mariano, sus hijos pequeños han ido juntos a la escuela. Invitamos a comer en el Barlovento a Cami y su familia en parte poder tenerlos un rato cerca de nosotros mientras trabajamos y en parte por agradecerles su hospitalidad y su cariño. La malla de la zona norte se termina de tejer. Parece como fabricada por una araña que nos atrapa dejándonos escasas oportunidades para visitar la capital. 


2. Asuntos de familia - Con ocho basta

No ha sido fácil dejar Buenos Aires. Por un lado nos hemos ido con la pena por no haber disfrutado más de la ciudad. Un día de turismo intensivo acompañados por Lili, que bien podía dedicarse a ser guía turística dada su increíble capacidad de llevarnos por todas las zonas que queríamos visitar, no deja de ser un solo día. Sin ella no habríamos podido degustar La Boca, San Telmo, Puerto Madrero, Palermo y el Microcentro en una sola jornada pero eso nos dejó muchas ganas de paladear mucho más a fondo. A esa jornada intensa hay que sumarle las otras noches en que Cami nos ha sacado a cada rato que ha tenido libre sin temor a que nos confundieran con sus padres.

Pero la mayor pena ha sido dejar atrás a nuestras familias adoptivas que nos han dado todo durante estos diez días. ¡Cómo olvidar los whiskys de happy hour con Jorge y Lili! Dos noches en su casa y muchas horas compartidas en el restaurante del Barlovento transformaron nuestra relación de invitados por Mariano en un afecto, que en nuestra cena de despedida ocupaba más espacio que la increíble parrilla que compartimos.

Pero eso no era más que el primer episodio del programa "adopta a una pareja española". Cuando Cami nos buscó el primer domingo para mudarnos a su casa no sabíamos que allí tendría lugar el segundo y más largo capítulo. En las primeras horas allí, cuando nos pusimos al día después de separarnos en Puerto Rico, su madre, Andy, y su hermano, Mati ya nos demostraron que los amigos de Cami no tenían un sitio donde pasar unos días sino un verdadero hogar. Por cierto, ahora que caigo, estoy haciendo uso libre de las terminaciones caprichosas en íes griegas y latinas sin un criterio muy claro.

Aunque los detalles concretos sean lo de menos, buscar ese excelente jamón para darnos de cenar como en casa o dejarnos el coche para llegar a ver a Les Luthiers son dos momentos concretos que difícilmente olvidaremos cuando recordemos nuestro viaje. Más cerca de Cami por nuestra amistad tras todo lo compartido en Samaná y el Freedom Boat y más cerca de Andy por edad todas las horas pasadas en su casa han sido si estuviéramos con nuestras propias familias.

Solo nos queda la espinita de que Paco, el rotweiller de Jorge y Lili no haya pasado tantas horas con nosotros como para querernos tanto como nos han querido Olivia y Roxy en casa de Andy. Ambas nos han dado su cariño canino y felino desde antes de levantarnos hasta la hora de dormir. Olivia, omnipresente, juguetona y con arrebatos de hiperactividad frente a cualquier calzado blando. Roxy, con serenidad, parsimonia y discreción.

Y aunque no haya tenido tanta importancia por la duración ni la intensidad, tampoco podemos dejarnos a Bernardo y Ema, los padres de Marcos, con quienes pasamos unas horas conociéndonos, comiéndonos un asado exquisito y charlando toda la sobremesa de viajes, de historia, de la vida...


3. Arrastrar la dura cadena...

No sé si fue el hecho de llevar varios meses sin trabajar, la posibilidad de contribuir a arrancar un proyecto en sus inicios o, sencillamente, la perspectiva de ayudar a un amigo en esos agitados momentos. El caso es que llegamos a Buenos Aires con una la ilusión extra por trabajar con Mariano que se sumaba a la de volver a ver a gente querida. A ver si va a ser cierta la frase de aquella canción, tan brillantemente versionada por Raphael, "el trabajo nace con la persona, va grabado sobre su piel..."

Han sido siete días de trabajo en los que hemos hecho un poco de todo: cocinar, fregar, comandar, cobrar, mover muebles, configurar ordenadores, comprar, enseñar... Cada uno a la altura de sus posibilidades, de su experiencia, bastante diferente en este negocio, hay que decir. 

La hostelería -o gastronomía como suelen llamar aquí- es una actividad bastante estresante, y aun más en los inicios. Y a ese charco nos lanzamos de cabeza, Eva atrincherada con el equipo dentro de la cocina y yo hecho fuerte también pero desde detrás de la barra. Horas de loco vaivén de camareras, comandas, platos, bebidas, quejas, cuentas... Horas que nos permitieron las preferencias gastronómicas del lugar, cuyo lugar de honor ocupa la milanesa. La preeminencia de este plato es tal que supera incluso a los platos de parrilla, asados, vacíos, entrañas, bifes, bondiolas, chinchulines, chorizos, mollejas, morcillas... No deja de ser una muestra más de la influencia italiana en la vida bonaerense, pero ejemplo de contradicción donde ls haya es que se sirva la milanesa a la napolitana. ¿O debería interpretarlo como cocina de fusión?


4. A vueltas con el dinero

Es lunes por la mañana y vamos en el coche con Cami y María. Ellas tienen clase en la universidad desde muy temprano y, de camino, nos dejan en el Buquebús, un ferry que cruza el Río de la Plata y une Buenos Aires con Colonia de Sacramento en Uruguay. Llegamos justos para tomar el de las
8:45 de la mañana. Somos incapaces de distinguir a argentinos de uruguayos. Solo contamos con la pista de que los uruguayos son aun más aficionados al mate y es frecuente verlos pasear con su termo bajo el brazo.

Nuestra visita a Colonia es por dinero. Así, tal cual. Vamos en busca de dinero. La política de cabriolas monetarias en este país, donde el tipo de cambio oficial y el tipo de cambio paralelo divergen por minutos, hace que mucha gente se dedique a negocios relacionados con estas diferencias de cambio. Y para nosotros los pesos a cambio oficial son caros pero no tenemos forma de conseguir efectivo en ninguna otra moneda para cambiarlos en el mercado negro. No hay forma de conseguirlo, salvo a unos pocos kilómetros, al otro lado del río, en el país vecino. Nos han sugerido que este es el mejor sitio al que podemos hacernos un envío de dinero en dólares y volver con ellos a cambiarlos en Buenos Aires. Como además, el centro de la ciudad está declarado Patrimonio de la Humanidad, esta excursión parece el plan perfecto para pasar el día. 

Nada más desembarcar, nos damos cuenta de que nuestra idea no es tan original. Todos los cajeros automáticos de la ciudad tienen cola para retirar dinero. No terminamos de entender bien la historia hasta que conocemos a Sebastián, que dirige el nuevo Bike & Coffee de la ciudad, y nos explica el movimiento. Las colas se forman porque muchos de los que retiran dinero no lo hacen solo con su propia tarjeta sino con la de varios familiares y amigos también. En los cajeros de Colonia se pueden retirar dólares -a cambio oficial, como toda transacción con tarjeta- y volver con el dinero a cambiarlo a Buenos Aires al cambio "blue", estos días algo así como un 40% más alto. La ciudad es muy pequeña pero no hay cajero que no sea víctima de esta fiebre del dinero efectivo. 

Sebastián sabe mucho de estos movimientos. Sabe desde chico que aquí las amenazas relacionadas con la política monetaria suponen siempre, a su vez, una oportunidad de negocio. A veces puede ser en un sentido y otras veces en el contrario. Pero siempre hay negocio. No deja de ser metafórico que en esta ciudad que ejerce como de Islas Caimán para gente modesta, él abra este nuevo negocio de estilosas bicicletas de diseño.

Nosotros somos nuevos aquí y, terminada nuestra misión, nos comemos un espectacular chivito y recorremos la ciudad hasta el atardecer con toda tranquilidad. El viajero frecuente termina sus transacciones y regresa a mediodía. Una suerte para nosotros que podemos caminar despacio por esta ciudad que tiene zonas en las que parece que el tiempo se ha congelado y en la que, efectivamente, abundan los paseantes termos bajo el brazo.

Ya de noche estamos de regreso. Tan solo una hora a bordo en la que Sebas, que también viaja con nosotros, nos cuenta mil cosas de Buenos Aires, de Argentina y de Uruguay. A pesar de la cantidad de dinero que entra en esos barcos, afortunadamente nadie parece haber montado su negocio a base de robar a los pasajeros en ninguna de las dos ciudades. Cami y María vuelven de la Universidad después de un larguísimo día y nos llevan de vuelta a casa. Por unos pocos minutos no nos están esperando en el coche con el motor en marcha. Parece el guión de un golpe perfecto.




viernes, 19 de abril de 2013

Contradicciones

Estábamos visitando 
el Cañón del Sumidero en México, a punto de adentrarnos con un barco en la parte en que sus paredes se elevan a más de mil metros desde el nivel del río. En esa zona de entrada al cañón se amontona todo tipo de fauna, pero el animal más codiciado por las miradas de los que llenamos la embarcación es el cocodrilo. Para nosotros, poder ver a esos cocodrilos supone resarcirnos del infructuoso paseo en busca de caimanes por los humedales de las afueras de Nueva Orleans. Pero se ve que no somos los únicos que apreciamos ese encuentro porque el barquero recibe varias veces la pregunta clave: "Pero, ¿veremos los cocodrilos?" La respuesta contenía una preciosa contradicción que no hemos podido olvidar: "Es muy difícil que los veamos, pero muy probablemente los veremos".
 
No es fácil saber a qué acogerse ante esa respuesta. Pero da la sensación de que la primera parte de la frase solo tenía como objetivo exagerar el mérito de la agudeza visual de aquel hombre. 

Pocos días después buscábamos alojamiento en Playa del Carmen, también en México, y acabamos en un "hostel", ocupando la parte baja de una litera de camas dobles en un dormitorio de mujeres. A priori puede sonar a fantasía erótica dormir rodeado de tanta compañía femenina, pero compartir un baño con nueve mujeres no tiene nada de fantástico ni de erótico. Pero, ¿No es contradictorio que, en lugar de mixto, definan un dormitorio colectivo como de solo mujeres y que te ofrezcan dormir en él?

Lógicamente, las contradicciones no solo se dan en México. Pero el recuerdo de aquellas contradicciones afloró de repente cuando escuchamos otra igual de paradójica. Hace alrededor de una semana, un autobús nos llevaba desde Puerto Natales, en Chile, hacia El Calafate, en Argentina. Acabábamos de hacer una parada en un pequeño bar de carretera nada más cruzar la frontera. Aprovechando la ubicación privilegiada en medio del erial patagónico y el hecho de que pagamos con pesos chilenos, nos cobraron un café a un precio por el que se almuerza en el Waldorf Astoria. 

El suceso por sí mismo no sirve más que para una leve indignación pero da pie a que entablemos conversación con el conductor del bus intentando averiguar si es normal ese tipo de atropello. Como vamos sentados en la primera fila resulta fácil continuar la charla una vez reanudada la marcha. Tal vez atraído solo por la posibilidad de incorporarse al diálogo, un joven estudiante, también argentino como el conductor se sienta al comienzo del pasillo ocupando justo el centro del grupo.

Ambos parecen sentirse cómodos explicando que lo que acabamos de vivir se debe principalmente al hecho de utilizar pesos chilenos. Se quejan de que los chilenos desprecian su moneda argentina y explican, por tanto, que nos han aplicado un tipo de cambio abusivo como revancha. Vamos, que somos víctimas de un daño colateral de la rivalidad entre ambos países. Al tratar de desarrollar más las causas de esas rencillas, aparece un hecho que se remonta a la Guerra de las Malvinas, según el cual los argentinos -nos cuentan ellos- denuncian que Chile delató la posición exacta de un importante buque militar a los ingleses y desde entonces consideran que los vecinos chilenos les traicionaron en un conflicto armado con enemigo lejano. A mi entender, los únicos que traicionaron a los argentinos en la Guerra de las Malvinas fueron otro puñado de argentinos que llevaron a sus compatriotas a morir de forma absurda cuando el comodín de la reivindicación nacional podía hacer olvidar la trágica situación de aquellos años feos en el sur del mundo. Pero eso no es más que una opinión personal poco cualificada.

Terminada la explicación nos dijeron que eso ya eran hechos pasados, olvidados, realizados por personas que ya no están presentes y, por tanto, solo alimento para una vieja rivalidad y no para una lucha actual. Pero inmediatamente después comenzaron a enumerar todas las razones por las que les caían mal los chilenos. Y tenían un buen repertorio...

Argentinos y chilenos. Chilenos y argentinos. Tan iguales y tan diferentes. Dos caras de una misma moneda de canto afilado. Como atenienses y espartanos, guardianes de una herencia común y enfrentados por diferentes modelos de vida. Es curioso como el sur de La Patagonia conforma un paisaje tan semejante en lo físico y tan distinto en lo social a ambos lados de la frontera. Si recorres los kilómetros despoblados nunca sabrás en qué lado te encuentras. Pero en cuanto llegas a una población se acaban las dudas. En pleno final de temporada, cuando estas pequeñas ciudades comienzan a vaciarse de visitantes, Puerto Natales, a los pies de las maravillosas Torres del Paine, parece un poblado minero y El Calafate, junto al glaciar Perito Moreno, recuerda a un pueblo de Los Alpes suizos. Chile Chico y Los Antiguos están separados únicamente por un río y la frontera y, de nuevo, la misma sensación.

Ahora mismo estamos de nuevo en Chile. La estrechez de este país -en términos puramente geográficos- incentivó nuestra primera visita a Argentina. En unos pocos días volveremos a cruzar la frontera, esta vez con un puñado de pesos argentinos en el bolsillo.

lunes, 8 de abril de 2013

Todo es de color

No es con ninguna intención de menosprecio que digo que las ciudades coloniales de Centroamérica son como los pueblos castellanos pero en colores. Al contrario, me parece un gran resultado fusionar las blancas casonas castellanas con la riqueza cromática. Si algunas de estas ciudades tan hermosas han alcanzado el rango de patrimonio de la humanidad es porque el color ha terminado de rematar la faena que se inició en el antiguo reino de Castilla hace muchos años. Pero a ningún sobrio castellano se le ocurrió abandonar la uniformidad blanca y en cambio los americanos mejoraron el producto original gracias a la sensación de alegría que produce identificar cada casa individual con su particular combinación de colores. Si de repente un desalmado encalase esas fachadas tan únicas, de repente no sabríamos si nos encontramos en La Antigua de Guatemala o en Almagro, en Granada, Nicaragua, o en Trujillo.

Cruzamos Centroamérica de norte a sur -esquivando El Salvador y sin llegar a Panamá- en lo que resumiría como un viaje por los colores. Un viaje que ya comenzó en México y de donde salimos después de visitar nada menos que la Laguna de Bacalar, conocida como el mar de los siete colores. 

Disfrutamos de infinitos verdes en la selva de Petén en Guatemala. Verdes, que mientras esperábamos el amanecer sobre el templo cuatro de Tikal, iban engendrándose y diferenciándose a partir de un todo negro como en una fábula creacionista. Disfrutamos de un sinfín de colores en las alfombras de flores de La Antigua que tapizan el camino por el que han de pasar las procesiones. Un trabajo de composición que no concluye hasta unos pocos minutos antes de que el paso se acerque. Un trabajo en el que todo material es bienvenido, virutas de madera y serrín teñidos, hojas de pino, pétalos de flores, fresas, naranjas, mangos, sandías... Colores combinados con la maña de quien lleva la tonalidad en el cuerpo como otros llevan la armonía o el ritmo. Colores de un país en que muchas mujeres visten su tradicional huipil innovando en los motivos -a los que el fútbol español está contribuyendo mucho- pero siempre policromos.

Unos metros después, al otro lado de la frontera, los hondureños desterraron las vestimentas tradicionales y adoptaron el uniforme del mundo "occidental". Los desterraron junto con la gente que los vestía y también borraron a fuego los verdes de sus campos. Afortunadamente, del fuego están a salvo los fondos marinos y sus arrecifes de coral han quedado como los guardianes del color hasta que vengan tiempos mejores. Ni siquiera los autobuses hondureños tienen la variedad de sus vecino del norte y del sur.

Pasar de Honduras a Nicaragua es como quitarse unas gafas oscuras y volver a disfrutar de la luz y del color, de los autobuses rejuvenecidos gracias a las pinturas que hacen olvidar cuánto tiempo hace ya que alguien los vendió por enésima vez. Aunque tampoco se ven en Nicaragua vestimentas tradicionales, el color sí vuelve a estar en las selvas, en las casas, en los lagos grandes como mares, que cambian su aspecto al son del viento. Así el lago Nicaragua cambia del azul claro al gris oscuro cuando sus aguas se agitan sobre el fondo de arena volcánica. Azul claro como el de los pájaros que en Ometepe llaman urracas, pero que son a su pariente española lo mismo que las casas de San Cristóbal a las de Tordesillas.

Nuestro paso por Costa Rica fue tan rápido que hicimos una gran parte en tirolina. Fue un inolvidable día de cumpleaños que comenzó con todas las posibilidades cromáticas del café, los granos verdes en el cafeto, los granos rojos maduros pero aun crudos, los granos secados artificialmente con un beige muy pálido, los granos secados al sol con su dorado claro, los granos tostados desde el marrón oscuro al negro. Y de nuevo los mil verdes de la selva, que al visitarla desde el río Sarapiquí enseña algunos de los animales que normalmente oculta y que se revelan a la absoluta hegemonía vegetal.

Pero hay unos lugares en donde todos los colores se dan cita. A veces a diario y a veces en días concretos. Es el lugar de encuentro donde se sienten expuestos como en un museo.  Donde se comercia con ellos. Son los mercados. Hay pocas experiencias mejores que pasar las horas en los mercados centroamericanos. Y de nuevo es un placer que ya disfrutamos en México. Son el paraíso de las frutas, las verduras y también de las legumbres. Son lugares donde uno se olvida de términos como envase, caducidad, transgénico, industria... Donde solo la mandan la forma y el color, donde si hay una adulteración es el tinte de las legumbres. Son tan abundantes y tan protagonistas los colores en los mercados que incluso hacen olvidar que a cada uno le corresponde un sabor.


jueves, 28 de marzo de 2013

Ciudades calientes

Tegucigalpa no es una ciudad bonita. Ni siquiera desde la habitación del lujoso hotel donde hemos pasado la noche se ve un entorno atractivo. En ningún momento se percibe una vida de calle sana y alegre. Solo hemos hecho aquí una breve escala y el conductor que nos lleva hasta la terminal del Tica Bus nos cuenta que vamos a la zona más peligrosa de la ciudad, lo que él llama la zona más caliente. En general, todos los locales suelen advertirnos sobre la inseguridad de algunas zonas o algunos transportes pero este hombre es especialmente insistente, nos recomienda no abandonar la sala de espera de la terminal más que para abordar el autobús y no caminar por la zona en ningún caso.

La terminal del Tica Bus en Tegucigalpa es bastante decepcionante. El autobús internacional más famoso de Centroamérica se espera aquí en una pequeña habitación con el mostrador de ventas y un banco de unas pocas sillas fijadas a la pared. No estamos de suerte. A pesar de llegar con 45 minutos, todos los asientos están vendidos. El muchacho del mostrador no alcanza a decirnos más que ese es el único servicio del día y que ya hay dos personas en lista de espera. Su compañera parece un poco más proactiva o se compadece más de nosotros y sugiere que tenemos otras alternativas tomando autobuses locales que cubren trayectos más cortos y en varias etapas podemos llegar a la frontera con Nicaragua. Estamos en Semana Santa y la devoción en estos países revitaliza a los transportistas.

El muchacho toma desganado el relevo y nos indica cómo llegar andando hasta esos autobuses. Se le nota reacio a hablar del tema. Las instrucciones suenan muy sencillas: salir a la calle, girar en la primera esquina a la izquierda y continuar unos 500 metros hasta una zona donde se encuentran todas las empresas que hacen el viaje a Choluteca. Todos los que esperan en la pequeña sala abarrotada nos miran. Salimos a la calle y un hombre sale inmediatamente tras nosotros. Habla muy rápido, sobre todo para ser hondureño. Nos repite las instrucciones para llegar mientras nos acompaña hasta la primera esquina. Se le nota muy nervioso, camina deprisa y nos recomienda que hagamos lo mismo todo el trayecto, "caminen deprisa, no se detengan por nada, no tienen hora, no tiene cigarrillos, solo caminen deprisa sin pararse". En cuanto llegamos a la esquina se vuelve con la misma hacia la terminal y os deja enfilados en la calle principal. Nos quedamos con la sensación de que el hombre ha hecho de tripas corazón para acompañarnos esos pocos metros

Seguimos su consejo y caminamos deprisa por esa calle que sin tantas advertencias no nos parece mucho peor que otras que hemos conocido, por ejemplo en La Ceiba. La calle baja en una cuesta suave por lo que no se nos hace demasiado pesado recorrer la distancia. Incluso paramos a preguntarle a un anciano si vamos en la dirección correcta.

Llegamos a una zona donde se acumulan autobuses de línea regular, es decir, una variedad de furgonetas y autobuses escolares reconvertidos en los que no hay manera de identificar su recorrido. Como ocurre en muchas terminales, un puñado de hombres sale a nuestro encuentro a preguntar dónde vamos para ofrecernos su autobús. En Centroamérica no hay concesiones sino una feroz competencia por los pasajeros, en ocasiones entre muchos vehículos. Al tiempo que preguntan, intentan agarrar nuestras mochilas pero subimos directamente a una de las furgonetas con ellas a la espalda.

Acomodamos las dos mochilas grandes ocupando un asiento (lo que luego nos costará pagar un billete más) y nos sentamos. En el asiento de al lado, un joven de unos veinte años se acomoda la pistola bajo el pantalón. Estos asientos no son cómodos ya de por sí, como para llevar complementos. En un intervalo de unos cinco minutos suben a vendernos fundas para móviles, juguetes, gafas de sol, refrescos, chicles y golosinas. Los autobuses centroamericanos son como un pequeño centro comercial, con constantes subidas y bajadas de vendedores, sobre todo de comida y bebida.

Tan pronto como la furgoneta se pone en marcha, la señora sentada delante de nosotros se levanta y anuncia que vamos a rezar por nuestro autobús, para que Dios dé sabiduría al conductor y, sobre todo, para que todos podamos llegar a nuestro destino sanos y salvos, tanto los locales como los turistas. Expresa estos deseos con varias frases sinónimas, se arranca con un Padrenuestro y redondea la faena con otro par de oraciones.

Sus rezos no impiden que nos paren en el primer control policial, a pocos kilómetros de haber salido. No sabemos cómo se resuelve la situación porque solo se ha bajado el conductor, pero sospechamos que se ha llegado a un arreglo. Esta es la última vez que nos detienen, aunque pasamos por cinco controles más. 

El resto del trayecto es, por comparación, bastante monótono y solo está aderezado por los gritos de "¡Choluteca, Choluteca!" que lanza, en busca de seguir rellenando asientos, el cobrador del bus cada vez que ve un grupo de gente cerca de la calle. 

En el bus también viaja Peter. Aun no sabemos que se llama así, pero nos identificamos fácilmente como compañeros viajeros. En el trayecto no podemos hablar por la distancia entre nuestros asientos. Al llegar a Choluteca, comprobamos que los tres viajamos con destino a la frontera y de ahí a León. Juntos subimos al siguiente autobús, pero tampoco nos sentamos juntos. Esta vez se trata de un transporte escolar reconvertido y está diseñado para cinco personas por fila. Lo que ocurre es que el escolar medio es algo menos voluminoso que su versión adulta. Y como hemos llegado de los últimos al bus, cada uno ocupa un hueco vacante en una fila distinta. En mi caso, me toca compartir con una señora que bien pudo haber ganado un concurso de peso de Honduras y con su esposo, por lo que reconocer el hueco es un ejercicio de imaginación.

Tras casi dos horas de viaje, dos medias peliculas de Van Damme y haber dejado por el camino a la mayoría de los pasajeros, llegamos a la frontera. Peter va bien informado y sabe que las distancias que tenemos que hacer entre los puestos fronterizos son razonables para andarlas. Antes de que pongamos pie en tierra, es más, antes de habernos detenido completamente, han subido al autobús varios hombres que se ofrecen a llevarnos hasta la línea de la frontera. No parecen aceptar bien nuestra negativa y cuando bajamos siguen insistiendo mientras pelean entre ellos por hacerse con nuestras mochilas todavía en el maletero. La pelea, que ha subido de tono, se disuelve al recuperar nosotros las mochilas pero no cesan de rodearnos e insistirnos. 

Llegamos al puesto de inmigración hondureño todavía con ellos. No pierden la esperanza de cruzarnos el puente sobre el Guasaule que nos separa de Nicaragua. Nuestro papeleo es rápido y sencillo aunque requiere pagar una nueva tasa de porquesí. Pero Peter no tiene sello de entrada en Honduras. Cuando entró, le explicaron que no era necesario, que los cuatro países centroamericanos tienen un acuerdo común que solo requiere el sello a la entrada global y a la salida global. Lo llevan aparte y lo acompañamos para ofrecerle el servicio de traducción que ya nos va haciendo famosos. Viene a continuación la puesta en escena habitual del chantaje fronterizo. Ahora resulta que es ilegal entrar sin ningún sello y le ofrecen un arreglo por 60 dólares. Peter no lleva dinero en efectivo porque ha gastado practicamente todo buscando deshacerse de todos los lempiras hondureños. Negocio con el oficial de inmigración rebajarle la pena a 30 dólares, haciéndole creer que es todo lo que a mí me queda. Le parece suficiente y los españoles pagan el rescate del alemán. Es uno de tantos gestos de ese sentimiento de solidaridad que se genera entre los viajeros. Entre viajeros, no hay nacionalidades, no hay razas, solo hay un mundo de viajeros y locales. Y los viajeros entre sí se ayudan. Es una pena que no seamos capaces de encontrar excusas para extender esa solidaridad de manera más universal, porque una de las mejores cosas de viajar es ofrecer y disfrutar la solidaridad viajera.