La luna llena ya está sobre nosotros, pero hace solo un rato asomaba justo por encima del Teide cuando volvíamos con la guagua al puerto. Mientras nuestros cuerpos digieren la cena que acabamos de tomar y nuestros espíritus las hermosas vistas de la Gomera que hemos disfrutado esta tarde en el camino entre San Sebastián y Playa de Santiago nos recogemos en nuestro camarote de proa del Bright, donde esta noche dormiremos por tercera vez.
Tanto invocar a Casablanca, al final Ilsa y Victor consiguieron su salvoconducto gracias a un acto de generosidad, aunque no mediaran Paris, una melodía al piano ni ningún amor reencontrado. Fue tan solo un acto de generosidad por parte de un desconocido, Massimo, que desde su barco amarrado en el puerto de Santa Cruz debió alumbrar cierta simpatía hacia nosotros y nos recomendó a sus amigos del Bright. Tampoco intentó interponerse ninguna autoridad y quiero pensar que nadie ha perdido su pasaje para que nosotros obtengamos el nuestro. Así ha sido nuestra propia Casablanca descafeinada.
Con la recomendación de Massimo dejamos Santa Cruz hace ya tres días. En la marina de San Miguel, Aldo y compañía nos recibieron con hospitalidad latina. Empezamos a conocernos compartiendo nuestra torta de coco con su vino blanco. Nos acogieron en su barco haciéndonos sentir desde el primer momento como uno más. Y eso que desplazamos a Graziano de vuelta al minicamarote. Pues ni aun así le hemos visto perder la sonrisa en ningún momento.
Cuando teníamos la lección de la espera bien aprendida, pero mucho antes de llegar a la de la desesperación, nos llegaba esta oportunidad tan magnífica. No solo teníamos un barco sino uno con una gente excelente. Contuvimos la euforia hasta que todos confirmamos un día después que, a priori, podríamos formar buen equipo para superar juntos la prueba de estar alrededor de tres semanas en medio del océano, sin dar ni recibir noticias del exterior, sin ver más que agua y cielo a nuestro alrededor, compartiendo una rutina y algunas restricciones que limitan la comodidad y, sobre todo, viviendo todos esos días a merced del viento. Viviendo por y para el viento, obsesionados con el viento, que decidirá si la aventura se completa en veinte días o si hacen falta más.
Serán días en que los seis estemos a solas con el viento y el mar. Habrá momentos en que aun así seamos demasiados y otros en que nos sintamos solos. Hace dos semanas vinimos a las Canarias buscando esto y aquí lo tenemos. Después de navegar durante unas horas ayer entre el sur de Tenerife y La Gomera y después de la travesía que nos espera mañana hasta El Hierro, afrontaremos el cruce del Atlántico. A veces mecidos y a veces propulsados por los alisios a los que nos encomendamos. Para complicar un poco la ecuación de la soledad y la compañía, Massimo navegará él solo con su barco junto a nosotros.
Vamos a Martinica, una pequeña isla de las Antillas Orientales que todavía forma parte del territorio francés y a la que se puede llegar en un vuelo de unas pocas horas desde París. Pero ahora toca aprender la lección de la inmensidad. ¿Cómo podemos entender las dimensiones del mundo en que vivimos si cruzar un océano se puede conseguir en seis horas? Si se tarda más en cruzar el control de inmigración en Heathrow que en llegar hasta allí desde Madrid. Martinica, esa pequeña isla que será la primera tierra que pisemos tras la travesía, ¡nos parecerá tan enorme! Y estoy seguro de que hay más lecciones en el programa, solo que no están anunciadas en el temario.
Al ritmo al que se mecen los barcos en el puerto y los obenques golpean por el viento se agitan nuestros ánimos, alimentados a partes iguales de excitación, entusiasmo y respeto. Completamos la última lista de la compra con la que el barco completará las provisiones para incluir a los recién llegados y lo hacemos sintiendo una solemnidad de que este acto ya es parte de la travesía. Bajo nuestros pies, cientos de litros de agua que mañana rellenaremos. Desayunos, comidas, cenas y bebidas como si nos fuéramos a refugiar de un ataque nuclear ocuparán todos los rincones de este barco, en que cada elemento que puede almacenar algo lo hace. Ni un centímetro cúbico de espacio se desperdicia en un barco, todo cuenta.
Las últimas noticias desde el Antiguo Mundo saldrán desde el puerto de la Restinga, en El Hierro. Luego callaremos hasta llegar al Nuevo.