Cae la noche. Después de perseguir el sol durante toda la tarde, ahora es la luna quien va tras nosotros. El viento ha rolado por enésima vez y ahora nos azota de través. Vamos con bastante vela recogida y aun así llevamos buena velocidad. En la cubierta, los salpicones de agua cruzan de banda a banda. Nuestro camarote parece una centrifugadora, como esas en las que al parecer se entrenan los astronautas. Nos turnamos al timón sorteando las olas. El Atlántico nos entrega su carta de presentación.
Así ha concluido la última etapa previa. Massimo ya está también en La Restinga. El barco está cargado de provisiones y todos estamos listos tras esta travesía nocturna de puesta a punto. Solo unas pocas horas antes nos movíamos plácidamente contemplando a la vez las cuatro islas occidentales y una maravillosa imagen del Teide, con su cumbre asomando por encima de las nubes. Ese Teide que nos lleva vigilando desde que aterrizamos en Gran Canaria. Al principio, mostrándose tímido, agazapado al fondo tras la bruma. Después nos fue mostrando toda su grandeza hasta que nos recibió en su casa. Y desde entonces no nos ha quitado la vista de encima, como un padre protector.
Durante la mañana hemos comprado y cargado todo lo que nos faltaba. Y seguramente un poco más. Ya sabemos lo que es maniobrar un carro de supermercado cargado con 100 litros de agua. Y no solo dentro del supermercado, sino en todo el camino hasta el barco. Más los últimos alimentos frescos, más otros conservados, hemos cargado el equivalente a otras tres personas más. Personas que no harán turnos por la noche, que no se levantarán cansadas tras pocas horas de sueño, que no se expondrán al sol del trópico ni al frío viento de las noches. Pero las más imprescindibles.
De camino hacia aquí es imposible no sentir lo mismo que en un vagón de la montaña rusa nada más comenzar el viaje. Después de esperar una cola que parece interminable para acceder a la atracción, uno se sienta en su estrecho vagón sabiendo que una vez arranque ya no hay vuelta atrás. Y entonces llega el vértigo. Así nos sentimos ahora mismo, confiando también en que después de las cuestas llega algún momento de calma, esperando que por un rato nos apaguen la centrifugadora.
La víspera
Llegados a El Hierro y descansados todos menos Aldo, que no podía dormir tranquilo sabiendo que el barco estaba amarrado en el peor sitio posible del puerto, dejamos que el viento nos acaricie en una terraza. El mismo que anoche nos azotaba. El mismo con el que vamos a tener esta relación obsesiva. El puerto de La Restinga es el más pequeño y familiar de cuantos nos han acogido. Será nuestro último contacto con la tierra, como si nos hubiéramos estado alejando muy poco a poco. Y en parte así es. Nunca habíamos estado tan al oeste de este lado del Atlántico.
Con la costumbre que ya hemos hecho rutina, elegimos el bar no por la carta, no por los precios, sino por el WiFi. Y aquí, enganchados la mitad, y solo relajándose la otra mitad, damos nuestras últimas noticias. Si el movimiento del barco lo permite, escribiremos el diario de abordo, que verá la luz ya al otro lado.
Ciao famiglia
A ver qué hago yo ahora tres semanas sin capítulos nuevos de mi novela favorita... Tendré que dedicarme a tener un niño o algo...
ResponderEliminar¡¡Buen viaje!!
Supongo que todavía no habeis llegado, pero ya tenemos ganas de nuevos posts!!!
ResponderEliminar