lunes, 31 de diciembre de 2012

Diario de a bordo

Isla del Hierro, lunes, 3 de diciembre de 2012, 9:20 de la mañana. Después de un día de espera, zarpamos rumbo suroeste con poco viento y poco antes de la hora apagamos el motor y nos dejamos a merced del viento. Hemos salido más pronto de lo que hablamos anoche. Ya no hace falta esperar más. Massimo va delante de nosotros.

El destino nos trajo a Clara y a Emilio para que tuviéramos la oportunidad de despedirnos de ellos que no tuvimos en Santa Cruz. El destino, en esta ocasión, se llama Massimo. Con él viajaron hasta este último rincón, desde donde es muy difícil volver hacia atrás pero donde tampoco hay gran actividad marinera para continuar hacia América. Esperamos que, aparte de disfrutar de unos días integrados con la naturaleza salvaje del Hierro, encuentren pronto una salida. Al menos ahora tendremos posibilidad de saber de ellos por correo.

A pesar de que ya llevamos unos días en el barco, hoy todo parece nuevo. Iniciamos el gran viaje y eso exige cambiar algunas rutinas, sobre todo respecto al agua dulce y la basura. Hacia el mediodía, sube el viento y nuestra primera comida, que hacemos en la cubierta, ya exige cierta atención. Los platos cobran vida y los tenedores están listos para un ataque. Cada uno enarbolamos nuestro trozo de papel de cocina.

A las cuatro y media apenas se ve ya la última isla que nos acogió. La cobertura móvil hace ya horas que se perdió. Empezamos a estar literalmente en medio del océano. 

No es nada fácil escribir. Ahora entiendo la brevedad del diario de Colón. Y eso que con el iPad debe ser algo más sencillo que a pluma. En la cubierta se hace complicado por la luz y en el interior por el movimiento.

Por cierto, seguimos sin pescar nada. ¿Estará vacío el océano? 


Hemos completado nuestras primeras veinticuatro horas seguidas de navegación. Para los dos es ya el trayecto consecutivo más largo. Hemos avanzado 128 millas de las aproximadamente 2.700 que nos separaban de Martinica. Y hemos cerrado un ciclo diario, con sus tres comidas, sus turnos de vigilancia, una puesta de sol y un amanecer.

La comida sigue siendo fusión hispano-italiana y Eva ya es reconocida por todos como jefa de cocina, aunque la minestrone de anoche fue obra de Rosa. El barco va a tope de pasta y arroz, lo que hace que la fusión salga algo desnivelada.

Los turnos de guardia son de tres horas, empezando a las 10 de la noche. Alessandro y Graziano son los responsables del primero y el tercero. Aldo y yo nos encargamos del segundo y del cuarto; el capitán con el más novato, de forma que los equipos estén equilibrados. 
Desde anoche llevamos a Massimo siempre detrás de nosotros. Siempre al alcance de la vista y, por supuesto, de la radio. Supongo que así se sentirá algo más acompañado, aunque nadie vela por él en su barco. Hay que estar muy preparado mentalmente para hacer esto en solitario, por más que a no mucha distancia navegue una embarcación amiga.

Y así, escoltados el uno por el otro, seguimos avanzando rumbo suroeste hasta alcanzar el paralelo 20º en que viraremos rumbo oeste. La navegación es bastante sencilla. En la bañera se podría decir que incluso plácida, aunque en el interior la tarea más sencilla se hace complicadísima. De momento el mal de mar ha hecho solo leves apariciones, pero no estragos. Agradezco mi naturaleza resistente al mareo, que no sé si se deberá a las horas en coche cuando era pequeño o algún remoto antepasado marinero.

Esta tarde ha picado el primer pez. No da para un atracón pero, aparte de la ilusión que hace, tendremos nuestra primera cena con pescado.

Cuando empieza a caer la tarde, nos entretenemos en labores varias, incluyendo estas líneas para nuestro recuerdo. 


Escribo miércoles e inmediatamente lo consulto con el calendario del iPad. No estoy seguro de que sea miércoles. ¿Por qué no habría de ser lunes? ¿O sábado? ¿Dónde está escrito que sea miércoles? ¿En la luna, en las estrellas, en el cielo, en el mar...? No está escrito en ningún sitio. No es como las horas del día o los días del año. La semana es un mero artificio que no responde a ningún fenómeno natural. 

Bueno, el caso es que es miércoles, nuestro tercer día. Ayer Eva comenzó a bordar cruces en una camiseta. Una por cada día consumido de esta travesía. 

Hoy ha sido un día especial, más ajetreado que los anteriores, con dos pequeñas averías. De madrugada, la batería del motor ha fallado y no se podía arrancar. Aunque esto no supone ningún problema serio porque apenas encendemos el motor, la segunda avería sí que nos ha generado más trabajo. Ha fallado el piloto automático desde primera hora de la mañana y no hemos podido soltar la rueda del timón hasta terminar de arreglarlo casi al atardecer. Ha sido toda una sesión intensiva de rueda, casi un master diría yo.

También podría decirse que ha sido un día especial porque el amanecer de hoy ha sido el más espectacular, el más nítido hasta ahora. Pero como solo llevamos dos, estoy convencido de que habrá que volver sobre el tema.

Hemos perdido el control de la cocina. Atacados por dos flancos, el mal de mar de Eva y la cantidad ingente de pasta a bordo, ha dado un giro la situación que no se reequilibrará hasta que mañana hagamos una tortilla de patatas. Aun no hemos empezado a cocer pan y ya siento gran curiosidad por ver el proceso.

Con todos los problemas técnicos resueltos, seguimos navegando rumbo suroeste, cada vez más lejos de las Canarias y cada vez un poquito más cerca de Cabo Verde. Hoy tampoco hemos pescado así que cenaremos una carne que tampoco es que hayamos cazado. El pequeño atún de ayer nos dio para una exquisita degustación de tartar.

Y a la última luz del día, después de que el sol nos burle una vez más y se esconda antes de que lo alcancemos, tenemos la primera gran sorpresa. Un grupo de pequeños delfines comienza a nadar junto a nuestra proa. Son pequeños y oscuros y juguetean durante un rato alrededor del barco. Al final se cansan ellos mucho antes que nosotros y los perdemos de vista. Pero no nos quedamos solos. Navegando a nuestro lado, siempre Massimo. Y un poco más allá cruza el segundo carguero del día y tercero desde que dejamos El Hierro. Esto es un no parar, nunca habría imaginado tanto tráfico aquí en medio.


Cuarto día de navegación y ya nos parece que llevamos aquí toda una vida. ¡Qué lejos quedan ya los días en Santa Cruz de Tenerife! Hoy ha sido un día con muy pocas novedades. Bueno, incluso relativizando el concepto de novedad para adaptarlo a nuestra rutina. Pero digamos que los encuentros con la fauna hoy se han limitado a dos aves, una por la mañana y otra por la tarde. ¿Y estos pájaros? ¿Hacen noche sobre el agua o vuelan cientos de kilómetros para dormir sobre tierra?

Tampoco hemos tenido ningún contratiempo mecánico, aunque como precaución ante otra posible descarga de la batería del motor, todos los días se arranca un poco. El piloto automático chirría pero está cumpliendo su función. Y eso nos ofrece tardes plácidas al equipo completo reunidos en la bañera. El mal de mar va cediendo poco a poco y ya pasamos más tiempo todos juntos que esperando a que algunos mejoren en sus camarotes.

Lo que sí hemos hecho hoy ha sido la tortilla. Reivindicación del equipo español, que tiene que defender con uñas y dientes a la patria de las envestidas italianas, que reivindican no solo la pizza o el aceite de oliva, sino a Colón y, por extensión, casi a toda la aventura del "Descubrimiento".


Nunca me había dado cuenta, o no recordaba, lo largo que es un amanecer. Desde las primeras luces del alba -qué palabra tan bonita y tan poco utilizada- hasta que finalmente aparece la pequeña pelotita incandescente transcurre alrededor de una hora.

El amanecer atlántico comienza con una muy leve claridad que brota del conjunto azul oscuro casi negro que forman el cielo y el mar. Esa claridad va definiendo muy despacio la línea que los separa y se va ensanchando poco a poco. De pronto, empieza a aparecer un tono rojizo que se apodera de toda la claridad y cuando ya se ha impuesto, se detiene de nuevo. Es como si el sol, antes de salir de casa se diera cuenta de que se deja las llaves. La línea del horizonte ya no es recta, sino que se distinguen perfectamente los rizos de las olas.

Mientras en el horizonte se intensifica el color rojo, se van tiñendo del mismo tono las nubes que están sobre nuestras cabezas, con gran rapidez, como de liquido derramado. Contento así el rojo con su victoria, se va relajando y se convierte lentamente en una multitud de tonos anaranjados cada vez más diversos y brillantes. En contraste con toda esa luz, unos cuantos nubarrones negros se resisten a encenderse, como si quisieran negar u oponerse al proceso que está teniendo lugar. Están salpicados por todo el horizonte y contrastan vivamente con la luz que surge a sus espaldas. 

Tal vez enfurecida por esta oposición, la masa iluminada vuelve a adoptar el rojo inicial pero con intensidad redoblada. Todo el horizonte regresa de cada uno de sus tonos dorados a un rojo uniforme, intentando cercar a las nubes negras, que no ceden, se mantienen en su oscuridad, si acaso variando un poco hacia el gris oscuro. Ajeno a toda esa lucha, el cielo encima de nosotros comienza a vestir su uniforme azul claro, adornado por nubes de un gris blanquecino.

En este momento se alcanza un clímax de color que sobreexcitaría a Monet de tal manera que debería ser encerrado en su camarote para evitarle un accidente. La zona del cielo más cercana al horizonte parece dispuesta a volver a sus moderadas posiciones doradas, mientras que una franja un poco más elevada se encona en un rojo ya de pura sangre. La suma de todos estos colores como a brochazos parece una escena viva que se representa cada mañana. 

Gradualmente, los nubarrones continúan cediendo hacia el gris, los naranjas del horizonte adquieren más intensidad y más brillo, se prepara la salida del Rey y unos instantes antes de que aparezca se produce el segundo momento cumbre de todo el proceso, posiblemente lo más espectacular visualmente: el rojo antes de desaparecer rodea unas cuantos nubarrones reaccionarios, que mantienen su tono gris oscuro pero quedan perfilados por una línea roja intensa. Esa apoteosis, no sé si de reconciliación o de aceptada antítesis irreconciliable, da paso al fin a la aparición del sol, que inmediatamente requiere apartar la mirada como si se exigiera un respeto reverencial. En unos pocos segundos, el sol ha salido por completo. Lentamente, todos los colores acaban en tonalidades celestes, blancas o grises claras, dedicándose a sus quehaceres diarios y posponiendo la lucha hasta el final de la tarde.

Como todos hemos repetido cientos de veces porque así nos lo han enseñado en el colegio, el sale por la aleta de babor y se pone por la amura de estribor, al menos hasta que viremos a rumbo oeste. Así que yo, todas las mañanas durante mi guardia, me recuesto sobre la banda de babor para contemplar un día más el espectáculo del amanecer en Cinemascope. Acabada mi guardia a las ocho, aun me quedo unos minutos como si aun esperara que algún día el desenlace fuera diferente.


Ayer por la tarde, como si iniciaran el fin de semana, volvió a juntarse a nuestra proa otro grupo de delfines. Estaban tan juguetones que, efectivamente, parecían recién liberados de su rutina semanal. No tenían ningunas ganas de abandonarnos y menos aun nosotros de que lo hicieran, todos agolpados en la proa, esperando que alguno saltara tan alto como para dejarse tocar.

No fue el único acto inaugural del fin de semana. Tuvimos pan recién horneado -por fin-. Un pan realmente bueno, tanto que merecía ser compartido con Massimo, nuestro fiel escudero navegante. Me viene esta palabra a la cabeza porque nosotros teníamos una estampa quijotesca blandiendo el bichero a modo de lanza, con un pan en una bolsa. La maniobra era demasiado arriesgada incluso para unos quijotes y cambiamos la estrategia por la del lanzamiento, que corrió a cargo de Ale y acertó aunque con cierto suspense.

Por la noche, cambiamos los turnos una vez más y esta vez hicimos guardia juntos Eva y yo. Solo nos tocaba un turno y nos quedamos sin amanecer. Fue tan tranquilo como desesperante porque conforme bajamos hacia el sur en busca de los ansiados alisios, menos viento tenemos. De hecho, hoy el viento ha caído casi completamente. Hemos recurrido al motor más que en todo lo que llevábamos de travesía justo cuando ya alcanzamos la latitud para virar hacia El Caribe. Hemos hecho un quiebro engañando a Cabo Verde y ahora... Go West! A ver si los alisios van a ser un mito como los cantos de sirena.

El sol, que ayer se escondía triste, como esforzado trabajador que vuelve tarde a casa sabiendo que aunque la jornada ha sido dura, queda mucho trabajo,por terminar, hoy también se ha relajado de fin de semana. Se ha levantado tarde, se le han pegado las nubes pero después ha brillado con fuerza y ¡fuera camisetas! Nos hemos unido todos a celebrar el sábado. Porque hoy es sábado, ¿verdad?

Y también hemos tenido una comida típica de sábado: ¡Pasta! Una auténtica carbonara italiana cocinada a medias entre Ale y Graziano, los últimos que quedaban por pasar por la cocina. La cena, unas arepas de nuevo a cargo del team España, nos van acercando mentalmente al Caribe. Eso sí, por no molestar al vecindario no hemos tenido Saturday night fever con música y copas. Nos vamos a la cama con los turnos ya repartidos. Turnos nuevos una vez más. ¿Será una estrategia predefinida de Aldo para que todos probemos todos los horarios o para que no nos aburramos? ¿O está asignándolos a salto de mata? Yo tengo una teoría...


La navegación actual tiene ventajas y desventajas respecto del primer viaje de Colón. Claramente es mucho más fácil aprovisionar un barco conociendo la distancia que te separa del destino. Y seguro que se generan muchas menos tensiones a bordo tras días de navegación sin ver tierra. Pero tiene la enorme desventaja de saber a ciencia cierta que no te vas a encontrar por sorpresa un continente a mitad de camino. Y estoy seguro de que eso hace mucha más ilusión que llegar exactamente al puerto que tienes planificado.

He aquí un ejemplo de pensamiento mañanero a falta de un amanecer en condiciones. Retiro todo lo dicho respecto a no distinguir los días de la semana. Hoy es domingo y está siendo un día realmente especial. Sé que algunos lectores se emocionarán al leer esto y no es para menos. En medio del océano que nos mece, siendo la una y media del mediodía salía en la olla exprés lo más parecido que en un barco italiano se puede encontrar a una paella. Obra maestra de la cocina en condiciones extremas del team España, esta vez con reparto de roles algo descompensado. 

Solo con ese arroz ya se podría dar por celebrado el domingo, pero además hoy ha tocado el ansiado baño en el mar. Las condiciones eran ideales, sol, calor y nada de viento. Nuestro baño tiene un componente mucho más higiénico que lúdico, pero nos sabe como toda una excursión dominguera. De uno en uno, lavado, aclarado y secado al sol y como nuevos para la próxima semana de convivencia.

El viento es caprichoso como un chiquillo malcriado. Hemos llegado casi a Cabo Verde citados por él y ha preferido jugar al escondite. Llevamos dos días buscándolo sin éxito y en el mismo momento en que paramos para el baño comienza a soplar. El muy cachondo no nos ha dejado ni siquiera disfrutar tan tranquilos en el agua, siempre pendientes de no perder el cabo de corriente. Pero sin ninguna duda lo único que quería era jugar porque tan pronto hemos salido todos del agua y hemos izado velas ha vuelto a desaparecer. La ilusión de haber encontrado por fin los alisios se ha ido por la borda. De momento, es cierto que no ha probado a gastarnos la broma contraria y arreciar, así que le perdonamos todas las chiquilladas.


Y para rematar el día, cenaremos pescado. Alguno de los dos trofeos de esta tarde o el que ayer, ya sin cabeza ni tripas, aun palpitaba antes de entrar a la nevera. ¿Es o no es el domingo un día especial? Y mañana, que es lunes, a madrugar... Como todos los días.



Las barbas crecen. Los cabellos también crecen pero se nota menos -excepto tal vez a mí mismo-. Es el efecto de una semana a bordo. Al menos, uno de los más visibles. Hay que fijarse un poco más para percibir que el tercer día consecutivo de calma ha afectado a nuestros ánimos. Sigue habiendo buen humor, pero la apatía se ha hecho un hueco en este barco que parecía lleno. Dormimos más, estamos menos activos, menos expresivos. No hay mucho que hacer mientras se navega a motor, solo aguantar ese sonido constante y esperar. En otras condiciones, tal vez seríamos más puristas y no recurriríamos a esta ayuda mecánica, pero el Bright tiene compromisos comerciales en Martinica y quiere llegar puntual a la cita. Lo que sí empieza a parecer claro es que el panetone nos lo comemos de camino.

Supongo que de tener que elegir preferiríamos esta calma al extremo opuesto, pero es verdad que he visto en ocasiones el estanque de El Retiro más embravecido que este mar. No quiero que se lo tome a mal pero esperábamos algo más de alguien con tanto nombre. Empezamos a preguntarnos si los famosos alisios no serán un mito, como las Hespérides o la misma Atlántida. De hecho, el nombre tiene su toque mitológico. Yo, por si acaso cada vez que fijo la vista en algún objeto en el barco me pregunto qué tal funcionará como remo. Porque el combustible se está acabando. Y aunque no queremos compartir nuestra inquietud, más que nada por no extenderla, Eva y yo nos preguntamos (reflexiva y recíprocamente) si la comida no va por el mismo camino.

Como todo tiene su aspecto positivo, en nuestro camarote han cambiado el programa de centrifugado por un aclarado delicado, mucho más cómodo, sobre todo para pasar ratos muertos leyendo en esta adorable tecnología digital. ¡Ay, Cristóbal, qué bien te habría venido un 'tablet'!

Vamos a por la tercera noche consecutiva con los nuevos turnos, ya con todos integrados en la rueda. Buen equilibrio en el que cada uno solo tiene que pasar por una guardia y, con esta calma, hay poco más que hacer que simplemente estar. Bueno, estar despierto.


De tanto invocarlo ha acabado llegando. Sin avisar y con nocturnidad. Esta madrugada cesaba el ronroneo del motor y volvía el aullido del viento. No hay mal que cien años dure. Pero los deseos hay que formularlos muy bien porque, de cuando en cuando, se cumplen. Estábamos todos tan concentrados en que se levantara el viento que se nos olvidó detallar cómo lo queríamos. Así que aquí tenemos nuestras dos tazas.

Hoy hemos tenido una jornada plenamente marinera, nada de ratos muertos, lecturas, 'nouvelle cuisine'... Desde primera hora ya ha comenzado la actividad. Y a lo grande, cambiando de foque con rachas de viento de 25 nudos. Interesante ejercicio de equilibrio, fuerza y trabajo en equipo. Vamos, condiciones más que suficientes para emplearlo como ejercicio de 'team building'. Después, nuestro maltrecho piloto automático nos ha mantenido despiertos todo el día, obligándonos a pasar todos al timón cada media hora. En esta primera parte de la travesía rige un sistema que, sin intención de ir en busca de connotaciones negativas, podríamos llamar de roles diferenciados por sexos. Así que por todos debe entenderse exclusivamente todos. Cierto es que, al levantarse las olas a la par que el viento, el mal de mar ha vuelto a acompañar al equipo femenino.

Y así, en este entorno tan masculino y tan marinero hemos cubierto esta tarde nuestras primeras mil millas de travesía. O lo que es lo mismo, así, en este entorno tan agitado y tan solitariamente femenino hemos cubierto nuestras primeras mil millas de travesía. Como premio especial en esta meta volante, el mar nos ha regalado dos peces. Un regalo bastante burlón porque han sido dos peces voladores que, en su trayecto aéreo, se han topado con nuestro barco y han acabado en la bañera. Tanta caña tanta caña...

Los turnos de guardia esta noche vuelven a los más duros inicios. Intervalos de tres horas por parejas para asegurarnos de que el tercero presente, el automático, no sufre más de la cuenta con este viento.


Diez días hablando del viento y acabo de darme cuenta de que no he utilizado el verbo ulular. Esta mañana me ha venido a la cabeza, así, de repente. Para una acción que es casi exclusiva del viento y tenía la ocasión propicia, casi se me olvida. Pues es verdad, el viento ulula. Ulula por las mañanas, ulula por las tardes, pero sobre todo ulula rompiendo el silencio de las noches. Hasta ahora aquí el viento es el único que ha ululado. Nosotros no ululamos, ninguno de los escasos animales con que nos hemos cruzado ulula y si a Massimo le da por ulular debe ser solo en la intimidad de su barco solitario pero nunca cuando nos acercamos a él ni cuando le escuchamos por la radio.

Esta pasada noche ha sido un constante ulular del viento. A falta de luz en una noche tan negra, ese sonido nos ha acompañado sin dejarnos, para que no nos sintiéramos solos en la oscuridad. Una oscuridad total, sin luna porque libraba y sin estrellas, secuestradas por las nubes y tan solo rota por la única luz que no nos abandona nunca, la del barco de Massimo. Una negrura en la que el agua del mar se confundía con el agua condensada de las nubes en un todo negro heraclíteo.

Al son del ulular del viento se mueven las olas. Y al ritmo al que oscilan las olas se agita nuestro electrodoméstico en el que dormimos. Desde aquí no nos hace falta oír a nadie ululando. Sabemos perfectamente cuando el viento incita a las olas a bailar. Para todos aquellos que no hayan dormido nunca en el camarote de proa de un velero, intentaré explicar cuáles son sus condiciones generales y qué ha tenido de particular esta noche. En el camarote se duerme a lo largo, sobre todo porque al tener que seguir la forma de la proa, es mucho más estrecho en su extremo final. Tumbados pues longitudinalmente, el camarote sube y baja cuando el barco levanta y hunde la proa. Este es un movimiento al que de pequeños no nos acostumbran porque las cunas casi nunca se mecen de la cabeza a los pies sino de lado a lado. Sin embargo es un movimiento placentero. Por otro lado está el que sí recuerda al movimiento típico de cuna cuando el barco, al saltar sobre las olas, se va escorando de banda a banda. Hay un tercer movimiento de giro en un tercer eje pero lo podemos ignorar por ser el que menos influencia tiene y menos se percibe. Pues bien, la combinación de esos dos movimientos ondulatorios tiene, en general, un efecto sedante cuando uno está tumbado y se deja ir. Conforme aumenta la amplitud de los movimientos -parámetro que tiene mucho más impacto en la comodidad que el ritmo- se alcanzan ángulos de inclinación que hacen que se pierda agarre sobre la superficie de la cama -el famoso 'grip' de las carreras automovilísticas. Y a partir de un punto crítico, la pérdida de adherencia es total y te dedicas a rodar por la cama de un lado para el otro, sin más freno que la pared en unas ocasiones y quien duerme contigo en otras (lo que coloquialmente se conoce como hacer la croqueta).

Esta noche hemos superado continuamente ese punto crítico y hemos comprobado que la única postura que se puede adaptar para evitar pasar toda la noche rodando y rodeándose la que hemos bautizado como Spiderman porque se asemeja a la que el superhéroe adopta cuando se adhiere a una pared tras un vertiginoso salto pendular con su telaraña. La escena es cómica pero la del rodar lo es más todavía y además dificulta un poco más el sueño. 

Pero es que metidos en medio de este oleaje, casi todo se vuelve cómico. Por ejemplo cuando en el simple acto de ir al baño buscas más puntos de apoyo que escalando una vertical o cuando, dotado solo de dos manos, intentas untar las galletas mientras sujetas la taza para que no corra despavorida por toda la huija. E incidentalmente pueden tener lugar episodios de parodia colectiva cuando nos juntamos todos a comer o cenar y tenemos que movernos todos en un espacio reducido, recoger, fregar... Mientras todo cae y se agita a ritmo de Poltergeist.

No me gusta ser agorero pero mientras escribo esto en el camarote sospecho que esta noche haremos el Spiderman.

Jueves,13 de diciembre de 2012

Vale, vale, Atlántico, lo retiro. Nunca debí haber dicho lo del estanque... ¡Pero, por dios, déjanos cinco minutos de tranquilidad!


Ayer hizo un mes que salimos de Madrid e iniciamos el viaje. ¡Un mes ya! Hemos consumido unas vacaciones y todavía no hemos llegado ni al primer destino. Va ser cierto lo de que el tiempo es relativo. Para celebrar nuestro primer mes, ayer tuvimos una visita. La lluvia. No se trataba de una visita inesperada porque ya llevábamos días esquivando zonas de lluvia y algún día se nos iba a tener que acabar la suerte. Empezó una lluvia fina, muy suave, que casi se confundía con la propia humedad de las salpicaduras de las olas y debió pensar que no le hacíamos caso suficiente, así que se puso a arreciar por la noche. 

La llegada de la lluvia trajo un mensaje: El cambio del viento. Es para quitarse el sombrero la genial campaña de publicidad de los alisios: "Viaje con nosotros, somos unos vientos del nordeste, constantes y moderados que harán su travesía hacia el Caribe rápida y placentera". Pues hay más letra pequeña que en una cuenta corriente sin comisiones. Pasamos de la calma a un viento rancheado con ráfagas de 30 nudos y casi siempre con componente sureste. Claro, luego dirán que si la latitud, que si no sé qué fenómeno estacional... 

Bueno, lo fundamental es que hoy sí estamos recibiendo lo más parecido a lo que nos anunciaron, el viento es constante y moderado, aunque siga soplando del sureste, pero esto parece dentro de lo posible y también nos la sopla. Ya Colón contaba haber navegado con un viento fresco del sureste en uno de sus viajes. De modo que esta mañana hemos empezado a relajar los cuerpos, el piloto automático ha vuelto a recibir nuestra confianza y esta tarde incluso hemos tomado el sol tumbados sobre la cubierta. Hemos recargado las pilas para los próximos días y confiamos en prescindir del Spiderman esta noche.

Aunque la recarga ha sido sobre todo anímica porque energía como tal no es que nos falte con nuestra dieta. Hoy Graziano ha improvisado unas variaciones sobre el famoso dicho, que han quedado algo así como "pez que vuela... A la cazuela" y nos ha cocinado el pez volador. Con pasta, claro. Espagueti esta vez. ¡Qué variada es la vida marinera!


Visto en la pantalla del GPS, somos un punto más o menos en mitad del océano. Da más vértigo verlo así en el mapa que el hecho de que llevemos días sin ver nada más que mar a nuestro alrededor. Avanzamos ahora propulsados por esos vientos que prometía la publicidad, de forma que las olas son mucho más bajas y el barco mantiene mucho mejor la estabilidad. Tan solo alguna vez hacemos alguna pirueta en la cama cuando se sincroniza un movimiento brusco de alguno de nosotros con una oscilación violenta del barco.

El recurso más escaso del barco, por el que hay que esperar más, no ha resultado ser -de momento- la comida, el agua, el combustible ni nada del estilo. Han resultado ser las tomas de corriente para cargar los jueguetitos electrónicos que todos llevamos. Las tomas son escasas, algunos cargadores son bastante lentos y hay que esperar muchas horas antes de tener recargado un tablet. Es una lástima porque entre los tiempos muertos en el barco y la espera a la que ya nos habíamos acostumbrado en Canarias devoramos libros sin tener que cargar con ellos. Literatura de todo tipo ha pasado ya por las pantallas, blancas de día y negras de noche, de nuestros aparatos: Benedetti, Justin Scott, Millás, Michael Moore, Vázquez Montalbán, Miguel Angel Asturias, Kapuscinski, García Márquez, Montanelli, Cercas... Hacía tiempo que no leíamos tanto y de manera tan continua y compulsiva. Si ya teníamos claro que viajando se aprende mucho.

Domingo, 16 de diciembre de 2012

Segundo día consecutivo de navegación cómoda y placentera, hoy acompañados casi todo el día por el sol, que extrae matices al azul del océano conforme se va moviendo. ¿Cuántos azules caben en un azul? Hay uno que es nuestro favorito. Es un tono pleno, uniforme. Parece como si lo radiaran las mismas profundidades y contiene una llamada. Sentados con los pies por la borda sentimos esa llamada misteriosa que invita a lanzarse al tiempo que infunde un profundo respeto de mundo desconocido y hostil. Ese azul dura lo que el sol en terminar de esconderse tras las últimas nubes que, a modo de biombo, protegen su privacidad poco antes de que se retire a descansar. Es un azul más oscuro que los alegres tonos del mediodía y mucho más expresivo que el tono marino del propio ocaso.

Cuando ese azul empezaba a perder su tono, oscureciendo hacia un gris muy oscuro, ha aparecido la luz de un pequeño barco en la distancia. Es la primera vez que detectamos compañía en nuestro viaje, más allá de los rápidos y esporádicos cruces de algún barco de carga. Curiosamente, a todos nos hace ilusión verlo y se produce un momento de excitación colectiva. Massimo que, por supuesto, también lo ha visto intenta contactar con él por radio y no recibe más respuesta que el silencio solo alterado por el propio ruido del aparato de VHF. De todos modos su ruta no coincide exactamente con la nuestra y en unas pocas horas lo perderemos de vista. Ese intenso momento compensó la desilusión de la suspensión del baño dominical. Hoy tenemos que aprovechar el viento al máximo porque mañana se prevé calma de nuevo.

El segundo domingo se ha vivido con menos ilusión, no se ha distinguido de un día más. Cada vez nos cuesta más llenar los días, darles contenido. La rutina empieza a hacer mella en nuestros ánimos y solo la lectura nos ofrece algún estímulo externo. Cada vez está más difícil que lleguemos antes de Navidad y pensar en que la travesía se extienda mucho más allá de los veinte días nos agota. Sin duda esto es un ejercicio de paciencia del que todavía nos queda un trecho. 


Empezamos nuestra tercera semana de viaje. ¿No es maravilloso poder viajar de Europa a América sin 'jet lag'? Pues se puede. Hoy volvemos a cambiar la hora para irnos adaptando al horario del Caribe. Lo vamos haciendo poco a poco, conforme el amanecer se empieza a retrasar demasiado. Llevamos con él una carrera de fuerzas desiguales. El sol se va dejando unos pocos minutos cada día y nosotros, de golpe, le hacemos trampa un día y le ganamos una hora. Mañana se volverá a sorprender cuando salga y vea nuestros turnos retrasados.

Como anunciaba la previsión, el viento se ha vuelto a calmar. ¿Si nos retrasamos lo suficiente nos devolverán nuestro dinero? Se nos acaba el combustible. Lo poco que queda hay que guardarlo para la llegada a puerto. Eso significa que, a partir de ahora, cuando no haya viento no nos moveremos. Hasta ahora el motor siempre nos había ayudado a compensar cuando nuestra velocidad bajaba de los cuatro nudos.

Como contrapartida, cada día pescamos más y ya llevamos unos cuantos días teniendo suerte. Hoy, de hecho, tenemos pescado fresco a la plancha de comida. Sin intermediarios, del mar a la sartén con un brevísimo paso por la nevera. Ya producimos pescado como para exportar a Massimo. Puede ser que conforme nos acerquemos al Caribe el mar sea más rico o puede ser que la técnica de diseño de anzuelos se esté perfeccionando. Al principio se usaban los típicos peces falsos de plástico con su anzuelo. Ahora son falsos pulpos de fabricación casera que están dando muy buen resultado. Tiras de tela de colores llamativos sujetos junto a un plomo mediante cinta aislante blanca sobre la que Graziano dibuja unos ojos negros con rotulador indeleble. Infalible. Este consejo puede valer dinero.


Hoy hemos pensado salir de compras navideñas pero tras meditarlo un momento hemos abandonado. Volvemos a tener viento y, puesto que ya descartamos alcanzar Martinica antes del 25, los planes incluyen ahora una parada en Barbados si es que nos da tiempo a pasar allí el día de Navidad. Es una buena forma de aprovechar que la mejor forma de moverse por un archipiélago es un barco. Pero incluso para esa escala vamos muy justos.

Miércoles, 19 de diciembre de 2012

Vamos descubriendo la esencia de esta lucha que mantenemos con el tiempo. Aunque realmente, llamarlo lucha ya significa admitir que el tiempo nos ha ganado la partida. Es muy sencillo: Cada día en que de manera recurrente contamos los días que llevamos e intentamos estimar los que nos quedan a base de la velocidad que llevamos, ese día hemos perdido. No importa si avanzamos cien o doscientas páginas de una novela. Ese día todo es pensar en la liberación, interpretar el viaje como una condena y caer derrotados por la apatía. Es cierto que a la apatía contribuye la dificultad de cualquier labor con el movimiento a bordo.

Sin embargo, cada día que nos proponemos hacer algo que lo diferencie de los anteriores, por sencilla que sea esa cosa, ese día ganamos nosotros. No importa si es proponer una comida nueva, o algún juego colectivo para la sobremesa o concentrarse en descubrir de nuevos matices en el mar o en el cielo. Cualquier acción o pensamiento que nos vincula a nuestro presente es una baza ganadora para ese día.

Como en cualquier juego, cada uno de nosotros tiene sus rachas. A veces las hacemos coincidir y a veces las alternamos. Es bastante revelador fijarse en la evolución de cada uno de nosotros en este juego. Eva comenzó derrotada de antemano, aceptó con resignación los primeros días que se trataba de un juego del que no se podía salir ganador, solo se podía esperar a que acabara la partida. En cambio, poco a poco, fue viendo opciones hasta enlazar una racha ganadora. Yo seguí el proceso inverso. Los primeros días estaban llenos de rutinas por crear, de nuevas cosas por surgir. Pero, aquí dentro, el repertorio es limitado y empecé a perder unas cuantas manos. 

Bien superados ya los quince días, hemos alcanzado los dos un régimen más o menos estable ahora que sabemos a qué jugamos. Aun así, cada día cuando nos levantamos, no sabemos qué cartas nos tocarán.


El viento nos ha vuelto a abandonar. Con el sol ahora presente durante todo el día, la ausencia del viento se hace doblemente insoportable. El interior del barco es una sauna y el exterior es un solarium. Tenemos que elegir entre un calor cegador, de brillos reflejados por doquier, calor de frente a la llama o un calor oscuro, húmedo, irrespirable. Nunca hacemos una elección que dure demasiado.

A pesar de todo, o precisamente por eso, el Bright brilla con la alegría de los primeros días. Cuando el meneo es menor y más previsible la convivencia se regocija en recuperar las partidas de cartas en cubierta. Simplemente, el hecho de conversar en nuestro revoltijo de lenguas romances sin tener la atención puesta en frenar los objetos que se caen de la mesa ya da para unas risas. Todos hemos pasado nuestro proceso interno. Todos hemos aprendido a aceptar que la naturaleza manda. Que hay viento si ella quiere. Que navegaremos al ritmo que ella marque. Que llegaremos el día que ella decida. El aprendizaje nos hace más fuertes a todos y el Bright sale fortalecido. Como en una feria medieval, hemos hecho guiñoles, pulseras; hemos merendado exquisitos embutidos italianos con un vino blanco espumoso y hemos dejado que el sol nos abandonara, una tarde más, lejos de nuestra proa.

La calma es tan poco deseada por el día como bienvenida por la noche. Las guardias son ahora, poco más que un par de horas de contemplación de las estrellas y de lectura. Estos días estoy comenzando con la salida de Venus, me despido de Júpiter y acabado recibiendo al sol. Un poco antes de que eso ocurra, aparece Eva solapando nuestros turnos de guardia. Ella cierra la ronda ya con el sol bien despierto cuando el Bright ya está un día más a pleno ritmo. 


¡Empiezan las vacaciones de Navidad! Está todo nevado, la iluminación encendida, los escaparates vestidos de gala, la música suena en cada esquina. ¡El Bright está de fiesta! Esta mañana, el mar nos ha regalado la vista de un ave que parecía un pingüino (llevaba el suficiente tiempo despierto como para saber que no era un sueño y juro que lo último que había bebido era un chupito de licor de café la noche anterior). Después nos ha regalado un atún, no solo su contemplación, también su cuerpo. Su alma ha caído goteando en un cubo de plástico y de ahí ha vuelto al mar. Y, finalmente, Eva nos ha regalado la sabiduría que guardan sus manos. Ha limpiado el atún, ha separado cada uno de sus bloques de músculos rojos aun calientes, los ha fileteado finamente para preparar un exquisito carpaccio y cuando ya tenía dos platos llenos de pequeños trozos en perfecta formación circular, ha descubierto al parásito de nombre japonés entre el envoltorio de sus vísceras. No solo nos ha ofrecido a todos una lección de parasitología mostrándonos a los gusanos y a sus larvas, que ninguno habíamos visto antes en vivo (en todo el sentido de esta palabra) sino que nos ha librado de acabar corriendo cualquier riesgo comiéndonos el atún crudo. Seguro que unos cortes menos hábiles habrían permitido a los intrusos pasar más desapercibidos.

Antes de todo eso, hoy ya se respiraba el ambiente de último día de clase. Graziano se ha levantado temprano e inspirado y ha creado un muñeco piloto automático estilo "Aterriza como puedas". Se toma una defensa, se le pegan unos ojos y una boca pintadas sobre cinta adhesiva, se le pone una camiseta y se remata con un pañuelo palestino. El resultado, el piloto automático más verosímil de cuantos crucen el océano este año y tal vez -por qué no- de cuantos lo hayan hecho desde Colón hasta nosotros.

Nunca pensé que llegara a pasarnos esto en el trayecto pero hoy, durante buena parte del día, solo hemos sido cinco en el barco. Hemos hecho un intercambio justo con Massimo y le hemos dado a Rosi a cambio de nada. Bueno, vale, él nos invitó a unas cervezas ayer, que nosotros ya dimos cuenta de todas las nuestras hace días. ¿Entonces? 

Sí, independiente del contenido, en nuestro reducido mundo aun hay sitio para el trueque. El estado del mar nos permite estas alegrías sin correr riesgos. Tendría su gracia -morbosa, pero su gracia al fin y al cabo, que nos hundiéramos por chocar entre nosotros. Y como esto solo se va a leer si el accidente no ocurre...

Tras su excursión, Rosi ha llegado justo a tiempo para la hora de la partida de cartas, hoy divertida como nunca. A lo que no ha llegado a tiempo ha sido al postre, ¡crêpes con Nutella! Bueno, no ha llegado a tiempo pero no le ha costado reengancharse. ¡Qué buenas son las vacaciones de Navidad a bordo del Bright! Y lo mejor... ¡Aún quedan crêpes para la noche! 

Si ha sido completo el día que hemos tenido hasta sesión de baño. Vamos, que no lanzamos botellas con mensajes al mar solo porque ya lo hicimos unos pocos días atrás. Del vidrio, del metal, el papel y las basuras orgánicas nos deshacemos por la borda. Tan solo el plástico se guarda en bolsas para su entrega en el puerto. Y poner un poco de romanticismo al hecho cotidiano de tirar la basura nunca está de más. Si alguien se sorprende de la lista de residuos que el mar se va tragando a nuestro paso, debo decirle que no es un capricho contaminante del Bright sino que así lo definen las normas internacionales.


La lotería nos ha traído el viento. No ha sido el premio gordo, pero sí uno de los importantes. Al viento se le trata como a un invitado muy esperado. Se le colma de atenciones y todo lo que se hace gira en torno a él. Ya no estamos tan pendientes entre nosotros, sino que todos le atendemos a él. A estas alturas, una jornada completa de viento significa acercarnos a la posibilidad de desembarcar el 25.

Desde primera hora del día, cuando antes de amanecer comenzaba a llover, el tiempo ya daba señales de que nos iba a acercar un poco más a esas islas que nos esperan. Sobreexcitados por tanta actividad atmosférica, dos peces voladores caían también al barco para hacernos compañía. Los hemos acogido y, ahora, viajan con nosotros en la nevera, pero creo que no los llevaremos hasta el Caribe.

Como parte del intercambio cultural, esta tarde hemos tenido taller de gnocchi. El resultado no ha sido perfecto pero hemos aprendido a hacerlos y, una vez más, nos hemos ido a la cama cargados de calorías. ¡Qué ganas de volver a comer ensalada y fruta fresca! Un tomate y una lechuga son más codiciados ya que el más precioso de los metales. ¡Ah, esas frutas tropicales que ya nos esperan en las Antillas! 


Si nada lo estropea, hoy es un día muy especial. O mejor dicho, hoy es el último día no especial, lo que lo convierte en un día especial. Hoy debe ser el último día que naveguemos sin ver tierra a nuestro alrededor. Cuando está a punto de acabar el día, solo 130 millas nos separan de la costa oriental de Barbados. Mañana, en algún momento de la noche alguien gritará "¡Tierra!". ¿Quién será el primero en avistarla? ¿Quién tendrá el honor de gritarlo para todos los demás? Mi apuesta es que será Graziano, que es el que más se parece a Rodrigo de Triana. Bueno, seguro que se parece más a cualquier tripulante de esa primera epopeya colombina, con su barba que recuerda a Pizarro. Una barba que ya debía existir hace más de tres meses cuando salió de Italia.

Por supuesto que todas estas conjeturas dependen de que el viento se mantenga, al menos como ayer y todo el día de hoy. Pero ahora ya nos cuesta creer que nada se vaya a interponer entre nosotros y esa pequeña isla. Seguro que mañana por la noche nos llegan los destellos del faro.

A tan poca distancia de la costa ya podemos confirmar que no nos ha faltado ni nos faltará nada de agua dulce y mucho menos de comida. Ha contribuido el hecho de que, finalmente, casi todos los días hemos pescado algo. Esta mañana otra vez. Y poder hacer una comida completa a base de pescado recién capturado es, además de muy sano, una gran ayuda para la logística alimenticia.


Parecía una guardia como cualquier otra de los últimos días, buen viento, un poco de lluvia y bastante manejo del timón porque Automático vuelve a dar muestras de cansancio cuando el mar se embravece. El amanecer volvía, en cambio, a tener la vistosidad y el colorido de las semanas pasadas, que se había desvanecido estos días. Con las primeras luces, se podían ver peces voladores alargando esforzadamente sus saltos que son vuelos. La velocidad recuperaba los seis nudos al sacar un poco más de foque. La luz de alcance de Massimo como única referencia visible cercana. Todo en orden. Y sin embargo... Mañana todo serán luces a nuestro alrededor. Las luces del puerto de Bridgetown. Esas pequeñas divinidades caprichosas que son los vientos han querido que lleguemos a tierra justo el día de Navidad. Ni antes ni después.

Como estamos en víspera de Navidad, hoy también teníamos que hacer que el día fuese especial. Y hemos comenzado muy pronto. Con el último trago del desayuno en la boca y con todos los demás aun descansando en sus camarotes, Eva y yo hemos pescado nuestro primer pez solos. Tan temprano y ya teníamos el menú para mediodía. Nos dejan un mes más a nosotros aquí y nos volvemos unos pescadores que ríete tú del Capitán Pescanova.

Pero en Nochebuena hay algo que no puede faltar, aparte de una comida especial. ¡Los dulces! De modo que en unas condiciones en las que me gustaría ver cómo se desenvuelve Arzak, nos hemos puesto manos a la obra para dejar listo algo que esta noche nos endulzará casi tanto como el avistamiento.

El viento se va calmando y reducimos la velocidad. Cada nudo menos se nota una barbaridad en el tiempo. Ahora nos cuesta superar los cuatro. Es una sensación como de pesadilla, intentar avanzar hacia nuestra isla, que ya está tan cerca y ahora parece que el mar es gelatinoso y se resiste a dejarnos avanzar. Llegaremos esta noche de todas formas, pero cada vez Graziano tiene menos posibilidades de ser el avistador. 

Es una calma pegajosa, gomosa, lo amortigua todo. Incluso nos permite cenar fuera. Y repartirnos nuestros pequeños regalos de Navidad fuera. Y tomar unos chupitos, que aunque haya que hacer guardias un día es un día. Hemos contribuido a que sea un día un poquito especial para toda la tripulación del Bright y eso nos hace sentir muy bien. Seguro que se recuerdan muchas cosas  de esta travesía: los cafés de Grazziano, las lampugas de Ale, los platos voladores... Pero creo que tampoco nadie olvidará esos regalos sacados de la nada pero entregados como en una ceremonia sagrada. El entorno hace el resto.


Ha sido de madrugada, pero más tarde de lo que preveíamos. El viento no se ha recuperado de la Nochebuena hasta muy avanzada la noche. Hay cierto litigio respecto de la primera luz que avistó Graziano poco antes de las dos. Ale asegura que esa luz era de un barco y no de la isla. Puede ser que siendo su relevo en la guardia quisiera asegurarse el protagonismo. Pero sea como sea, ha sido en torno a las dos cuando las luces han comenzado a aparecer hasta formar un paisaje nocturno más emocionante que espectacular.

Ha amanecido y, como en una súbita revuelta nocturna, la mañana estaba teñida de verde que ha sustituido a los antiguos azules. Al fondo, en nuestro siempre perseguido oeste, el verde de la isla. Verde solo roto por algunas casas coloridas y por la espuma blanca de las olas rompiendo. El mar, azul eterno hasta hoy se ha unido a los rebeldes y, dentro de sus posibilidades cromáticas, se ha vestido de turquesa. Es el Caribe. No sabemos en qué metro de agua poner la frontera con el gran Atlántico al que pertenece, pero no hay duda de que tiene su propia identidad.

Barbados nos ha acogido con frialdad. El puerto donde hemos intentado repostar agua y combustible era privado y no se alegraba de nuestra llegada. Había estación de servicio pero cerrada por Navidad. Hemos puesto pie en tierra solo por lo excitados que estábamos ante ese momento, pero hemos vuelto al barco a los dos minutos. El momento auténtico de pisar tierra tenía que llegar un poco después y de manera más genuina, nadando desde el barco fondeado hasta una playa de arena blanca, ese paradisiaco osario de corales.

La escala ha durado lo que hemos tardado en recibir noticias de que nos esperaban para pasar el control de aduana y pagar. ¿En el puerto donde no éramos bienvenidos? Motivo suficiente para recoger rápidamente la mesa tras la comida navideña con champán, con más dulces caseros y... ¡Con Massimo! Y levar anclas como prófugos de Barbados. ¡Que se pensaban estos piratas! Ahora que volvemos a estar en aguas internacionales, ya podemos contarlo como anécdota. 

Hablaremos de eso y de las maravillosas noticias que hemos recibido hoy, que contactábamos por primera vez con el mundo. De esomy de nuestros planes para los próximos días. Pero de todo eso ya hablaremos mañana en Martinica, cuando hayamos cubierto la última etapa y la travesía haya acabado.

Miércoles 26 de diciembre de 2012

Casi sin darnos cuenta y siempre bajo un sol abrasador, comenzamos a intuir el perfil de Martinica con su volcán al fondo. Es el destino final, pero no produce tanta emoción como el primer avistamiento. Conforme avanzamos hacia ella, la isla nos va mostrando mejor su silueta. El tráfico marítimo se incrementa notablemente hasta que la mayor atención ahora hay que ponerla en evitar las colisiones. Al acercarnos a la entrada del puerto descubrimos el porqué. El puerto deportivo de Marin, en el sur de la isla es uno de los mayores puertos que hayamos visto jamás. Decenas de barcos esperan fondeados fuera de los amarres y la entrada por un canal sinuoso que evita los fondos coralinos casi emergidos se nos hace eterna. Ya estamos ahí y parece que no llegamos nunca. Cientos de mástiles completamente verticales sin la más mínima oscilación perceptible se agolpan en los larguísimos pantalanes. Esto es Francia y si no fuera por el calor en estas fechas y por el omnipresente verdor de las laderas, parecería que estamos en la metrópoli.

Antes de poder relajarnos nos quedan un par de trámites. Nuestros depósitos estaban deseando que llegara este momento aun más que nosotros y es justo que les dediquemos a ellos nuestra primera parada. De ahí a cumplir con los trámites de registrar el barco en el puerto. Ahora sí. En una hora tonta, demasiado tarde para que nos den de comer y aun demasiado pronto para la cena, nuestro viaje ha terminado. La travesía del Atlántico que ahora no sé resumir en una sola frase ha concluido. Veintitrés días a bordo del Bright. Hoy todavía dormiremos en él pero ya sobre el mar sólido del puerto. Los vientos y el mar han querido que alcancemos este final. Aldo, Rosi, Ale, Gra y nosotros dos hemos hecho el resto. Gracias a todos.