domingo, 19 de mayo de 2013

Se hace camino al andar

En nuestras interminables horas de bus hemos contemplado, casi siempre desde el piso superior, toda clase de parajes naturales y de agrupamientos urbanos. Los contrastes ya comenzaron en la propia terminal de bus que se asienta entre los imponentes edificios neoclásicos y la Villa 31. Entre lecturas, hemos visto las rocas de la Quebrada de Humauaca, con tantos colores como la paleta de un pintor, las interminables praderas del altiplano, el inmenso, casi marítimo lago Titicaca... Hemos cruzado Bolivia, con sus pueblos y sus ciudades llenas de casas de ladrillo, con su inconfundible rojo anaranjado inundándolo todo. Hemos visto todo tipo de ganado: vacas, ovejas, vicuñas, caballos, asnos, cerdos... Viajando en bus, hemos cruzado ríos y lagos a bordo de barcazas, en ocasiones viendo desde nuestra barca como el bus avanzaba despacio divergiendo de nuestra ruta para luego reencontrarnos.

Sin embargo, en muchas ocasiones lo más interesante transcurre dentro del propio vehículo. Circulando por el norte argentino junto al borde de la frontera paraguaya contemplamos atónitos como, tras detenerse en una parada improvisada, el bus se llena de gente cargada con bolsas, paquetes, maletas y mochilas. Son tantos que no hay asiento para todos. El pasillo queda lleno de bultos de principio a fin. El espectáculo es tan evidente que en el control de gendarmería nos hacen una inspección detallada. Hay unos cuantos bultos de los que nadie se hace responsable por lo que los gendarmes nos obligan a todos a bajar sacar nuestros equipajes y los inspeccionan de uno en uno. Disimulados en todos esos bultos comienzan a surgir centenares de cartones de tabaco y algún otro artículo prohibido. El incidente se salda con dos horas de retraso que nos hacen perder la conexión (lo que daría para otra historia completa), el alijo incautado y todos de nuevo subidos al bus.

Unos días atrás, una señora viaja a nuestro lado en un bus.
 La señora lleva música en el móvil a todo volumen. Durante unos instantes dudo entre Schubert y Mozart, pero pronto me doy cuenta de que son cumbias. Un joven que viajaba sentado unas filas más atrás se acerca a la señora y le pide que baje el volumen de su teléfono. La señora no entiende, se indigna, modera el volumen del teléfono y comenta con otra señora que viaja con ella: "¡Qué delicado! Y lo dice él, que también va oyendo música" -porque al chico se le ven los auriculares-.

Cuando los viajes son muy largos, en algunos buses tenemos servicio de comida. Cualquiera que haya comido en un avión sabe a lo que me refiero. Sin embargo, llegando a Bolivia y Perú el servicio a bordo vuelve a estar a cargo de los vendedores ocasionales que suben y bajan vendiendo sus productos: empanadas, refrescos, gelatinas, galletas... Pero en un caso, al poco de entrar en Perú nos sorprende el catering de más nivel. Una señora acaba de subir cargando la habitual manta inca de vivos colores, pero en lugar de buscar un asiento, deja su ato sobre la repisa del hueco de la escalera. Desata la manta y las dos capas de papel de estraza que protegen el contenido. De una bolsa auxiliar extrae un cuchillo de 30 cm de hoja y comienza a cortar porciones de cordero asado que complementa con salsa y panes. A veces los huesos del animal se resisten y la señora tiene que asestar fuertes golpes de cuchillo levantando la mano a la altura de su cabeza. 

La aventura comienza, a veces, con la propia compra de los boletos para estos buses, cuya venta es  una muestra de febril actividad comercial. Varios puñados de agencias venden boletos para la misma línea, a veces compitiendo entre ellas, pero a veces simplemente fingiendo ser vendedores distintos. Y es que, tal vez, deberíamos usar más el tren, que la única vez que lo tomamos fue en Buenos Aires y nos salió gratis. Cansados de buscar dónde comprar un boleto preguntamos a un estudiante que nos aclaró: "No se paga. Aquí no paga nadie. Yo nunca he pagado. De todos modos no hay nadie de seguridad".

domingo, 12 de mayo de 2013

Mi Buenos Aires querido

1. Historias paralelas

Mariano volvió a Argentina poco después de que nos viéramos por última vez en Valencia, cuando nosotros nos despedíamos para emprender el viaje. La situación económica en España ha invertido el flujo de salidas y llegadas y Mariano regresó a Buenos Aires, tal vez solo por una temporada. Por el momento, Mariano se aloja en la zona norte, a buena distancia de la capital.

Cami acabó sus vacaciones en el Caribe poco después de que nos separáramos en Puerto Rico tras haber compartido grandes días en Samaná, la travesía en el Freedom Boat y otras peripecias con las "autoridades estadounidenses". Su vida diaria en Buenos Aires es mucho más agitada que aquellos días, con jornadas repletas de horas de trabajo y universidad. Pero Cami lleva tiempo siguiendo nuestro viaje y mantiene su invitación para quedarnos en su casa con su familia en la zona norte, a buena distancia de la capital.

Hace tiempo que no vemos a Marcos, una de esas personas que tiene la misma antigüedad en nuestras vidas que nuestra propia vida en común. Sin embargo, las tecnologías, y sobre todo Facebook, hacen que no nos sintamos tan lejos. Y eso que a su pequeña Greta no la hemos podido ver más que en las fotos que, de vez en cuando, nos llegan por ese medio. Cuando Marcos ve por nuestras publicaciones que estamos en su país, a punto de llegar a Buenos Aires, nos pone en contacto con sus padres para que nos inviten a comer un asado en su casa de la zona norte, a buena distancia de la capital.

Conocimos a Sebastián el día que visitamos Colonia de Sacramento. Nosotros teníamos bastante tiempo libre y él también porque el negocio Bike & Coffee, que acababa de abrir ahí una nueva sede, aun no era muy visitado. Sebastián recorrió casi toda España y trabajó una temporada de invierno en Andorra, en un hotel lujoso donde conoció a bastantes españoles famosos y adinerados. Después de compartir unas horas muy agradables con él, regresamos juntos a Buenos Aires en el Buquebús, citados para salir a tomar algo juntos el jueves por la noche. Nos separamos en el terminal porque él tenía que entregar unas bicicletas antes de regresar a su casa en la zona norte, a buena distancia de la capital.

El restaurante del Club de Veleros Barlovento reanudó su servicio un viernes, después de una ajetreada semana de trabajo y de cambios. Colaborar para que Mariano pudiera realizar esa labor con éxito era la razón por la que extendíamos más días nuestra estancia en Buenos Aires. Ese viernes, tras un mediodía tranquilo, regresábamos caminando del club a casa, sin saber que a mitad de camino teníamos que atravesar una villa (algo así como el equivalente argentino de la favela brasileña), una de las villas de la zona norte, a buena distancia de la capital.

Sebastián es vecino de Cami. Los padres de Marcos conocen a los padres de Mariano, sus hijos pequeños han ido juntos a la escuela. Invitamos a comer en el Barlovento a Cami y su familia en parte poder tenerlos un rato cerca de nosotros mientras trabajamos y en parte por agradecerles su hospitalidad y su cariño. La malla de la zona norte se termina de tejer. Parece como fabricada por una araña que nos atrapa dejándonos escasas oportunidades para visitar la capital. 


2. Asuntos de familia - Con ocho basta

No ha sido fácil dejar Buenos Aires. Por un lado nos hemos ido con la pena por no haber disfrutado más de la ciudad. Un día de turismo intensivo acompañados por Lili, que bien podía dedicarse a ser guía turística dada su increíble capacidad de llevarnos por todas las zonas que queríamos visitar, no deja de ser un solo día. Sin ella no habríamos podido degustar La Boca, San Telmo, Puerto Madrero, Palermo y el Microcentro en una sola jornada pero eso nos dejó muchas ganas de paladear mucho más a fondo. A esa jornada intensa hay que sumarle las otras noches en que Cami nos ha sacado a cada rato que ha tenido libre sin temor a que nos confundieran con sus padres.

Pero la mayor pena ha sido dejar atrás a nuestras familias adoptivas que nos han dado todo durante estos diez días. ¡Cómo olvidar los whiskys de happy hour con Jorge y Lili! Dos noches en su casa y muchas horas compartidas en el restaurante del Barlovento transformaron nuestra relación de invitados por Mariano en un afecto, que en nuestra cena de despedida ocupaba más espacio que la increíble parrilla que compartimos.

Pero eso no era más que el primer episodio del programa "adopta a una pareja española". Cuando Cami nos buscó el primer domingo para mudarnos a su casa no sabíamos que allí tendría lugar el segundo y más largo capítulo. En las primeras horas allí, cuando nos pusimos al día después de separarnos en Puerto Rico, su madre, Andy, y su hermano, Mati ya nos demostraron que los amigos de Cami no tenían un sitio donde pasar unos días sino un verdadero hogar. Por cierto, ahora que caigo, estoy haciendo uso libre de las terminaciones caprichosas en íes griegas y latinas sin un criterio muy claro.

Aunque los detalles concretos sean lo de menos, buscar ese excelente jamón para darnos de cenar como en casa o dejarnos el coche para llegar a ver a Les Luthiers son dos momentos concretos que difícilmente olvidaremos cuando recordemos nuestro viaje. Más cerca de Cami por nuestra amistad tras todo lo compartido en Samaná y el Freedom Boat y más cerca de Andy por edad todas las horas pasadas en su casa han sido si estuviéramos con nuestras propias familias.

Solo nos queda la espinita de que Paco, el rotweiller de Jorge y Lili no haya pasado tantas horas con nosotros como para querernos tanto como nos han querido Olivia y Roxy en casa de Andy. Ambas nos han dado su cariño canino y felino desde antes de levantarnos hasta la hora de dormir. Olivia, omnipresente, juguetona y con arrebatos de hiperactividad frente a cualquier calzado blando. Roxy, con serenidad, parsimonia y discreción.

Y aunque no haya tenido tanta importancia por la duración ni la intensidad, tampoco podemos dejarnos a Bernardo y Ema, los padres de Marcos, con quienes pasamos unas horas conociéndonos, comiéndonos un asado exquisito y charlando toda la sobremesa de viajes, de historia, de la vida...


3. Arrastrar la dura cadena...

No sé si fue el hecho de llevar varios meses sin trabajar, la posibilidad de contribuir a arrancar un proyecto en sus inicios o, sencillamente, la perspectiva de ayudar a un amigo en esos agitados momentos. El caso es que llegamos a Buenos Aires con una la ilusión extra por trabajar con Mariano que se sumaba a la de volver a ver a gente querida. A ver si va a ser cierta la frase de aquella canción, tan brillantemente versionada por Raphael, "el trabajo nace con la persona, va grabado sobre su piel..."

Han sido siete días de trabajo en los que hemos hecho un poco de todo: cocinar, fregar, comandar, cobrar, mover muebles, configurar ordenadores, comprar, enseñar... Cada uno a la altura de sus posibilidades, de su experiencia, bastante diferente en este negocio, hay que decir. 

La hostelería -o gastronomía como suelen llamar aquí- es una actividad bastante estresante, y aun más en los inicios. Y a ese charco nos lanzamos de cabeza, Eva atrincherada con el equipo dentro de la cocina y yo hecho fuerte también pero desde detrás de la barra. Horas de loco vaivén de camareras, comandas, platos, bebidas, quejas, cuentas... Horas que nos permitieron las preferencias gastronómicas del lugar, cuyo lugar de honor ocupa la milanesa. La preeminencia de este plato es tal que supera incluso a los platos de parrilla, asados, vacíos, entrañas, bifes, bondiolas, chinchulines, chorizos, mollejas, morcillas... No deja de ser una muestra más de la influencia italiana en la vida bonaerense, pero ejemplo de contradicción donde ls haya es que se sirva la milanesa a la napolitana. ¿O debería interpretarlo como cocina de fusión?


4. A vueltas con el dinero

Es lunes por la mañana y vamos en el coche con Cami y María. Ellas tienen clase en la universidad desde muy temprano y, de camino, nos dejan en el Buquebús, un ferry que cruza el Río de la Plata y une Buenos Aires con Colonia de Sacramento en Uruguay. Llegamos justos para tomar el de las
8:45 de la mañana. Somos incapaces de distinguir a argentinos de uruguayos. Solo contamos con la pista de que los uruguayos son aun más aficionados al mate y es frecuente verlos pasear con su termo bajo el brazo.

Nuestra visita a Colonia es por dinero. Así, tal cual. Vamos en busca de dinero. La política de cabriolas monetarias en este país, donde el tipo de cambio oficial y el tipo de cambio paralelo divergen por minutos, hace que mucha gente se dedique a negocios relacionados con estas diferencias de cambio. Y para nosotros los pesos a cambio oficial son caros pero no tenemos forma de conseguir efectivo en ninguna otra moneda para cambiarlos en el mercado negro. No hay forma de conseguirlo, salvo a unos pocos kilómetros, al otro lado del río, en el país vecino. Nos han sugerido que este es el mejor sitio al que podemos hacernos un envío de dinero en dólares y volver con ellos a cambiarlos en Buenos Aires. Como además, el centro de la ciudad está declarado Patrimonio de la Humanidad, esta excursión parece el plan perfecto para pasar el día. 

Nada más desembarcar, nos damos cuenta de que nuestra idea no es tan original. Todos los cajeros automáticos de la ciudad tienen cola para retirar dinero. No terminamos de entender bien la historia hasta que conocemos a Sebastián, que dirige el nuevo Bike & Coffee de la ciudad, y nos explica el movimiento. Las colas se forman porque muchos de los que retiran dinero no lo hacen solo con su propia tarjeta sino con la de varios familiares y amigos también. En los cajeros de Colonia se pueden retirar dólares -a cambio oficial, como toda transacción con tarjeta- y volver con el dinero a cambiarlo a Buenos Aires al cambio "blue", estos días algo así como un 40% más alto. La ciudad es muy pequeña pero no hay cajero que no sea víctima de esta fiebre del dinero efectivo. 

Sebastián sabe mucho de estos movimientos. Sabe desde chico que aquí las amenazas relacionadas con la política monetaria suponen siempre, a su vez, una oportunidad de negocio. A veces puede ser en un sentido y otras veces en el contrario. Pero siempre hay negocio. No deja de ser metafórico que en esta ciudad que ejerce como de Islas Caimán para gente modesta, él abra este nuevo negocio de estilosas bicicletas de diseño.

Nosotros somos nuevos aquí y, terminada nuestra misión, nos comemos un espectacular chivito y recorremos la ciudad hasta el atardecer con toda tranquilidad. El viajero frecuente termina sus transacciones y regresa a mediodía. Una suerte para nosotros que podemos caminar despacio por esta ciudad que tiene zonas en las que parece que el tiempo se ha congelado y en la que, efectivamente, abundan los paseantes termos bajo el brazo.

Ya de noche estamos de regreso. Tan solo una hora a bordo en la que Sebas, que también viaja con nosotros, nos cuenta mil cosas de Buenos Aires, de Argentina y de Uruguay. A pesar de la cantidad de dinero que entra en esos barcos, afortunadamente nadie parece haber montado su negocio a base de robar a los pasajeros en ninguna de las dos ciudades. Cami y María vuelven de la Universidad después de un larguísimo día y nos llevan de vuelta a casa. Por unos pocos minutos no nos están esperando en el coche con el motor en marcha. Parece el guión de un golpe perfecto.




viernes, 19 de abril de 2013

Contradicciones

Estábamos visitando 
el Cañón del Sumidero en México, a punto de adentrarnos con un barco en la parte en que sus paredes se elevan a más de mil metros desde el nivel del río. En esa zona de entrada al cañón se amontona todo tipo de fauna, pero el animal más codiciado por las miradas de los que llenamos la embarcación es el cocodrilo. Para nosotros, poder ver a esos cocodrilos supone resarcirnos del infructuoso paseo en busca de caimanes por los humedales de las afueras de Nueva Orleans. Pero se ve que no somos los únicos que apreciamos ese encuentro porque el barquero recibe varias veces la pregunta clave: "Pero, ¿veremos los cocodrilos?" La respuesta contenía una preciosa contradicción que no hemos podido olvidar: "Es muy difícil que los veamos, pero muy probablemente los veremos".
 
No es fácil saber a qué acogerse ante esa respuesta. Pero da la sensación de que la primera parte de la frase solo tenía como objetivo exagerar el mérito de la agudeza visual de aquel hombre. 

Pocos días después buscábamos alojamiento en Playa del Carmen, también en México, y acabamos en un "hostel", ocupando la parte baja de una litera de camas dobles en un dormitorio de mujeres. A priori puede sonar a fantasía erótica dormir rodeado de tanta compañía femenina, pero compartir un baño con nueve mujeres no tiene nada de fantástico ni de erótico. Pero, ¿No es contradictorio que, en lugar de mixto, definan un dormitorio colectivo como de solo mujeres y que te ofrezcan dormir en él?

Lógicamente, las contradicciones no solo se dan en México. Pero el recuerdo de aquellas contradicciones afloró de repente cuando escuchamos otra igual de paradójica. Hace alrededor de una semana, un autobús nos llevaba desde Puerto Natales, en Chile, hacia El Calafate, en Argentina. Acabábamos de hacer una parada en un pequeño bar de carretera nada más cruzar la frontera. Aprovechando la ubicación privilegiada en medio del erial patagónico y el hecho de que pagamos con pesos chilenos, nos cobraron un café a un precio por el que se almuerza en el Waldorf Astoria. 

El suceso por sí mismo no sirve más que para una leve indignación pero da pie a que entablemos conversación con el conductor del bus intentando averiguar si es normal ese tipo de atropello. Como vamos sentados en la primera fila resulta fácil continuar la charla una vez reanudada la marcha. Tal vez atraído solo por la posibilidad de incorporarse al diálogo, un joven estudiante, también argentino como el conductor se sienta al comienzo del pasillo ocupando justo el centro del grupo.

Ambos parecen sentirse cómodos explicando que lo que acabamos de vivir se debe principalmente al hecho de utilizar pesos chilenos. Se quejan de que los chilenos desprecian su moneda argentina y explican, por tanto, que nos han aplicado un tipo de cambio abusivo como revancha. Vamos, que somos víctimas de un daño colateral de la rivalidad entre ambos países. Al tratar de desarrollar más las causas de esas rencillas, aparece un hecho que se remonta a la Guerra de las Malvinas, según el cual los argentinos -nos cuentan ellos- denuncian que Chile delató la posición exacta de un importante buque militar a los ingleses y desde entonces consideran que los vecinos chilenos les traicionaron en un conflicto armado con enemigo lejano. A mi entender, los únicos que traicionaron a los argentinos en la Guerra de las Malvinas fueron otro puñado de argentinos que llevaron a sus compatriotas a morir de forma absurda cuando el comodín de la reivindicación nacional podía hacer olvidar la trágica situación de aquellos años feos en el sur del mundo. Pero eso no es más que una opinión personal poco cualificada.

Terminada la explicación nos dijeron que eso ya eran hechos pasados, olvidados, realizados por personas que ya no están presentes y, por tanto, solo alimento para una vieja rivalidad y no para una lucha actual. Pero inmediatamente después comenzaron a enumerar todas las razones por las que les caían mal los chilenos. Y tenían un buen repertorio...

Argentinos y chilenos. Chilenos y argentinos. Tan iguales y tan diferentes. Dos caras de una misma moneda de canto afilado. Como atenienses y espartanos, guardianes de una herencia común y enfrentados por diferentes modelos de vida. Es curioso como el sur de La Patagonia conforma un paisaje tan semejante en lo físico y tan distinto en lo social a ambos lados de la frontera. Si recorres los kilómetros despoblados nunca sabrás en qué lado te encuentras. Pero en cuanto llegas a una población se acaban las dudas. En pleno final de temporada, cuando estas pequeñas ciudades comienzan a vaciarse de visitantes, Puerto Natales, a los pies de las maravillosas Torres del Paine, parece un poblado minero y El Calafate, junto al glaciar Perito Moreno, recuerda a un pueblo de Los Alpes suizos. Chile Chico y Los Antiguos están separados únicamente por un río y la frontera y, de nuevo, la misma sensación.

Ahora mismo estamos de nuevo en Chile. La estrechez de este país -en términos puramente geográficos- incentivó nuestra primera visita a Argentina. En unos pocos días volveremos a cruzar la frontera, esta vez con un puñado de pesos argentinos en el bolsillo.

lunes, 8 de abril de 2013

Todo es de color

No es con ninguna intención de menosprecio que digo que las ciudades coloniales de Centroamérica son como los pueblos castellanos pero en colores. Al contrario, me parece un gran resultado fusionar las blancas casonas castellanas con la riqueza cromática. Si algunas de estas ciudades tan hermosas han alcanzado el rango de patrimonio de la humanidad es porque el color ha terminado de rematar la faena que se inició en el antiguo reino de Castilla hace muchos años. Pero a ningún sobrio castellano se le ocurrió abandonar la uniformidad blanca y en cambio los americanos mejoraron el producto original gracias a la sensación de alegría que produce identificar cada casa individual con su particular combinación de colores. Si de repente un desalmado encalase esas fachadas tan únicas, de repente no sabríamos si nos encontramos en La Antigua de Guatemala o en Almagro, en Granada, Nicaragua, o en Trujillo.

Cruzamos Centroamérica de norte a sur -esquivando El Salvador y sin llegar a Panamá- en lo que resumiría como un viaje por los colores. Un viaje que ya comenzó en México y de donde salimos después de visitar nada menos que la Laguna de Bacalar, conocida como el mar de los siete colores. 

Disfrutamos de infinitos verdes en la selva de Petén en Guatemala. Verdes, que mientras esperábamos el amanecer sobre el templo cuatro de Tikal, iban engendrándose y diferenciándose a partir de un todo negro como en una fábula creacionista. Disfrutamos de un sinfín de colores en las alfombras de flores de La Antigua que tapizan el camino por el que han de pasar las procesiones. Un trabajo de composición que no concluye hasta unos pocos minutos antes de que el paso se acerque. Un trabajo en el que todo material es bienvenido, virutas de madera y serrín teñidos, hojas de pino, pétalos de flores, fresas, naranjas, mangos, sandías... Colores combinados con la maña de quien lleva la tonalidad en el cuerpo como otros llevan la armonía o el ritmo. Colores de un país en que muchas mujeres visten su tradicional huipil innovando en los motivos -a los que el fútbol español está contribuyendo mucho- pero siempre policromos.

Unos metros después, al otro lado de la frontera, los hondureños desterraron las vestimentas tradicionales y adoptaron el uniforme del mundo "occidental". Los desterraron junto con la gente que los vestía y también borraron a fuego los verdes de sus campos. Afortunadamente, del fuego están a salvo los fondos marinos y sus arrecifes de coral han quedado como los guardianes del color hasta que vengan tiempos mejores. Ni siquiera los autobuses hondureños tienen la variedad de sus vecino del norte y del sur.

Pasar de Honduras a Nicaragua es como quitarse unas gafas oscuras y volver a disfrutar de la luz y del color, de los autobuses rejuvenecidos gracias a las pinturas que hacen olvidar cuánto tiempo hace ya que alguien los vendió por enésima vez. Aunque tampoco se ven en Nicaragua vestimentas tradicionales, el color sí vuelve a estar en las selvas, en las casas, en los lagos grandes como mares, que cambian su aspecto al son del viento. Así el lago Nicaragua cambia del azul claro al gris oscuro cuando sus aguas se agitan sobre el fondo de arena volcánica. Azul claro como el de los pájaros que en Ometepe llaman urracas, pero que son a su pariente española lo mismo que las casas de San Cristóbal a las de Tordesillas.

Nuestro paso por Costa Rica fue tan rápido que hicimos una gran parte en tirolina. Fue un inolvidable día de cumpleaños que comenzó con todas las posibilidades cromáticas del café, los granos verdes en el cafeto, los granos rojos maduros pero aun crudos, los granos secados artificialmente con un beige muy pálido, los granos secados al sol con su dorado claro, los granos tostados desde el marrón oscuro al negro. Y de nuevo los mil verdes de la selva, que al visitarla desde el río Sarapiquí enseña algunos de los animales que normalmente oculta y que se revelan a la absoluta hegemonía vegetal.

Pero hay unos lugares en donde todos los colores se dan cita. A veces a diario y a veces en días concretos. Es el lugar de encuentro donde se sienten expuestos como en un museo.  Donde se comercia con ellos. Son los mercados. Hay pocas experiencias mejores que pasar las horas en los mercados centroamericanos. Y de nuevo es un placer que ya disfrutamos en México. Son el paraíso de las frutas, las verduras y también de las legumbres. Son lugares donde uno se olvida de términos como envase, caducidad, transgénico, industria... Donde solo la mandan la forma y el color, donde si hay una adulteración es el tinte de las legumbres. Son tan abundantes y tan protagonistas los colores en los mercados que incluso hacen olvidar que a cada uno le corresponde un sabor.


jueves, 28 de marzo de 2013

Ciudades calientes

Tegucigalpa no es una ciudad bonita. Ni siquiera desde la habitación del lujoso hotel donde hemos pasado la noche se ve un entorno atractivo. En ningún momento se percibe una vida de calle sana y alegre. Solo hemos hecho aquí una breve escala y el conductor que nos lleva hasta la terminal del Tica Bus nos cuenta que vamos a la zona más peligrosa de la ciudad, lo que él llama la zona más caliente. En general, todos los locales suelen advertirnos sobre la inseguridad de algunas zonas o algunos transportes pero este hombre es especialmente insistente, nos recomienda no abandonar la sala de espera de la terminal más que para abordar el autobús y no caminar por la zona en ningún caso.

La terminal del Tica Bus en Tegucigalpa es bastante decepcionante. El autobús internacional más famoso de Centroamérica se espera aquí en una pequeña habitación con el mostrador de ventas y un banco de unas pocas sillas fijadas a la pared. No estamos de suerte. A pesar de llegar con 45 minutos, todos los asientos están vendidos. El muchacho del mostrador no alcanza a decirnos más que ese es el único servicio del día y que ya hay dos personas en lista de espera. Su compañera parece un poco más proactiva o se compadece más de nosotros y sugiere que tenemos otras alternativas tomando autobuses locales que cubren trayectos más cortos y en varias etapas podemos llegar a la frontera con Nicaragua. Estamos en Semana Santa y la devoción en estos países revitaliza a los transportistas.

El muchacho toma desganado el relevo y nos indica cómo llegar andando hasta esos autobuses. Se le nota reacio a hablar del tema. Las instrucciones suenan muy sencillas: salir a la calle, girar en la primera esquina a la izquierda y continuar unos 500 metros hasta una zona donde se encuentran todas las empresas que hacen el viaje a Choluteca. Todos los que esperan en la pequeña sala abarrotada nos miran. Salimos a la calle y un hombre sale inmediatamente tras nosotros. Habla muy rápido, sobre todo para ser hondureño. Nos repite las instrucciones para llegar mientras nos acompaña hasta la primera esquina. Se le nota muy nervioso, camina deprisa y nos recomienda que hagamos lo mismo todo el trayecto, "caminen deprisa, no se detengan por nada, no tienen hora, no tiene cigarrillos, solo caminen deprisa sin pararse". En cuanto llegamos a la esquina se vuelve con la misma hacia la terminal y os deja enfilados en la calle principal. Nos quedamos con la sensación de que el hombre ha hecho de tripas corazón para acompañarnos esos pocos metros

Seguimos su consejo y caminamos deprisa por esa calle que sin tantas advertencias no nos parece mucho peor que otras que hemos conocido, por ejemplo en La Ceiba. La calle baja en una cuesta suave por lo que no se nos hace demasiado pesado recorrer la distancia. Incluso paramos a preguntarle a un anciano si vamos en la dirección correcta.

Llegamos a una zona donde se acumulan autobuses de línea regular, es decir, una variedad de furgonetas y autobuses escolares reconvertidos en los que no hay manera de identificar su recorrido. Como ocurre en muchas terminales, un puñado de hombres sale a nuestro encuentro a preguntar dónde vamos para ofrecernos su autobús. En Centroamérica no hay concesiones sino una feroz competencia por los pasajeros, en ocasiones entre muchos vehículos. Al tiempo que preguntan, intentan agarrar nuestras mochilas pero subimos directamente a una de las furgonetas con ellas a la espalda.

Acomodamos las dos mochilas grandes ocupando un asiento (lo que luego nos costará pagar un billete más) y nos sentamos. En el asiento de al lado, un joven de unos veinte años se acomoda la pistola bajo el pantalón. Estos asientos no son cómodos ya de por sí, como para llevar complementos. En un intervalo de unos cinco minutos suben a vendernos fundas para móviles, juguetes, gafas de sol, refrescos, chicles y golosinas. Los autobuses centroamericanos son como un pequeño centro comercial, con constantes subidas y bajadas de vendedores, sobre todo de comida y bebida.

Tan pronto como la furgoneta se pone en marcha, la señora sentada delante de nosotros se levanta y anuncia que vamos a rezar por nuestro autobús, para que Dios dé sabiduría al conductor y, sobre todo, para que todos podamos llegar a nuestro destino sanos y salvos, tanto los locales como los turistas. Expresa estos deseos con varias frases sinónimas, se arranca con un Padrenuestro y redondea la faena con otro par de oraciones.

Sus rezos no impiden que nos paren en el primer control policial, a pocos kilómetros de haber salido. No sabemos cómo se resuelve la situación porque solo se ha bajado el conductor, pero sospechamos que se ha llegado a un arreglo. Esta es la última vez que nos detienen, aunque pasamos por cinco controles más. 

El resto del trayecto es, por comparación, bastante monótono y solo está aderezado por los gritos de "¡Choluteca, Choluteca!" que lanza, en busca de seguir rellenando asientos, el cobrador del bus cada vez que ve un grupo de gente cerca de la calle. 

En el bus también viaja Peter. Aun no sabemos que se llama así, pero nos identificamos fácilmente como compañeros viajeros. En el trayecto no podemos hablar por la distancia entre nuestros asientos. Al llegar a Choluteca, comprobamos que los tres viajamos con destino a la frontera y de ahí a León. Juntos subimos al siguiente autobús, pero tampoco nos sentamos juntos. Esta vez se trata de un transporte escolar reconvertido y está diseñado para cinco personas por fila. Lo que ocurre es que el escolar medio es algo menos voluminoso que su versión adulta. Y como hemos llegado de los últimos al bus, cada uno ocupa un hueco vacante en una fila distinta. En mi caso, me toca compartir con una señora que bien pudo haber ganado un concurso de peso de Honduras y con su esposo, por lo que reconocer el hueco es un ejercicio de imaginación.

Tras casi dos horas de viaje, dos medias peliculas de Van Damme y haber dejado por el camino a la mayoría de los pasajeros, llegamos a la frontera. Peter va bien informado y sabe que las distancias que tenemos que hacer entre los puestos fronterizos son razonables para andarlas. Antes de que pongamos pie en tierra, es más, antes de habernos detenido completamente, han subido al autobús varios hombres que se ofrecen a llevarnos hasta la línea de la frontera. No parecen aceptar bien nuestra negativa y cuando bajamos siguen insistiendo mientras pelean entre ellos por hacerse con nuestras mochilas todavía en el maletero. La pelea, que ha subido de tono, se disuelve al recuperar nosotros las mochilas pero no cesan de rodearnos e insistirnos. 

Llegamos al puesto de inmigración hondureño todavía con ellos. No pierden la esperanza de cruzarnos el puente sobre el Guasaule que nos separa de Nicaragua. Nuestro papeleo es rápido y sencillo aunque requiere pagar una nueva tasa de porquesí. Pero Peter no tiene sello de entrada en Honduras. Cuando entró, le explicaron que no era necesario, que los cuatro países centroamericanos tienen un acuerdo común que solo requiere el sello a la entrada global y a la salida global. Lo llevan aparte y lo acompañamos para ofrecerle el servicio de traducción que ya nos va haciendo famosos. Viene a continuación la puesta en escena habitual del chantaje fronterizo. Ahora resulta que es ilegal entrar sin ningún sello y le ofrecen un arreglo por 60 dólares. Peter no lleva dinero en efectivo porque ha gastado practicamente todo buscando deshacerse de todos los lempiras hondureños. Negocio con el oficial de inmigración rebajarle la pena a 30 dólares, haciéndole creer que es todo lo que a mí me queda. Le parece suficiente y los españoles pagan el rescate del alemán. Es uno de tantos gestos de ese sentimiento de solidaridad que se genera entre los viajeros. Entre viajeros, no hay nacionalidades, no hay razas, solo hay un mundo de viajeros y locales. Y los viajeros entre sí se ayudan. Es una pena que no seamos capaces de encontrar excusas para extender esa solidaridad de manera más universal, porque una de las mejores cosas de viajar es ofrecer y disfrutar la solidaridad viajera.

jueves, 21 de marzo de 2013

Legado histórico

Cuando los primeros "descubridores" europeos llegaron a la tierra que se les interpuso en su viaje hacia las Indias, se encontraron con unos pobladores que no conocían las armas de fuego, la rueda -para el transporte- ni al único y verdadero dios de los cristianos. Pasados más de quinientos años de aquel encuentro fortuito, lo que resultó ser un continente aun muy distante de las ansiadas Indias tienen una presencia constante de toda esta herencia, una transferencia cultural que difícilmente pueden compensar el oro, la plata, el azúcar, el café o las vidas transferidas en el sentido opuesto.

Ha transcurrido tanto tiempo desde los primeros contactos que las muestras actuales son mucho más numerosas y variadas. Los antiguos arcabuces han sido renovados con pistolas, escopetas, fusiles... Las carretas han evolucionado a coches, camiones, "vans", motos, "mototaxis", camiones (entendidos como los que transportan mercancías y también aquí llamados así los que transportan pasajeros). Y el dios que aglutinaba en una sola fe tiene ahora más caras, según el colectivo que le mira. 

En República Dominicana escuchábamos casi al tiempo que el gallo, a la voz predicadora que amplificada por un megáfono viejo debía hacer las delicias de los menos madrugadores. La misma eclosion de las diferentes iglesias cristianas nos ha acompañado en todo nuestro viaje americano hasta ahora. Aunque esta zona centroamericana en la que ahora estamos tiende más a conservar el catolicismo original. Pero lo más interesante ha sido, sin duda, ver cómo en las comunidades indígenas más tradicionales, la religión cristiana no ha sustituido a sus ancestrales creencias mayas sino que ambas han dado como resultado un sincretismo de gran riqueza visual. Los rituales en la iglesia de San Juan Chamula, el museo de la medicina maya de San Cristóbal de las Casas o las imágenes de Santiago Atitlán dejan un sabor mixto de santos, velas de colores, botellas de refrescos, gallinas, ramas de pino, hierbas, incienso...

Desde que abandonamos los Estados Unidos, también impresionados por el número y la variedad de las iglesias, en las conversaciones con la gente de los pueblos y en cualquier casa o negocio, dios sí es omnipresente. Es en esa charla con una señora que viaja de Mitla a Hierve el Agua que agradece cada dos frases todo lo que ocurre al "creador". Es también en esa cocinera de Oaxaca de Juárez que insiste repetidamente en que la salud es lo más importante de la vida y que esa salud nos la da o nos la quita "el señor". Son esos carteles, a veces muy ingeniosos, en casi todos los pequeños locales, como ese que reza: "Este negocio es de Dios. Nosotros somos solo administradores". Tampoco resulta tranquilizante leer dentro de un autobús "Gracias, Jesús, por morir por nosotros" por más que uno sepa que no se refiere al anterior conductor.

La presencia cotidiana de las armas es algo que llama la atención y, salvo en Martinica, nos ha acompañado en todo el viaje. Ninguna presencia armada es tan abundante como la policial en México. El despliegue es espectacular tanto en número de agentes como en equipamiento, más propio de un videojuego de guerra total que de patrullas callejeras. Pero lo que en México queda en apariencia visual en manos únicamente de los diferentes cuerpos de policía, en otros países se generaliza. Conforme avanzamos hacia el sur por el pasillo centroamericano, más vigilantes uniformados o no andan provistos de armas largas para custodiar prácticamente cualquier negocio, una gasolinera, un banco, un supermercado. Aun más inquietante resulta encontrar por la noche a un hombre apostado en la puerta del hostal en La Ceiba, Honduras, con el tradicional machete de la selva.

Pero donde la evolución ha desarrollado una variedad más rica es probablemente en los vehículos sobre ruedas. En Guatemala conviven el enorme camión norteamericano con los moto taxis estilo tuc-tuc. En México, la imaginación para transformar ciclos añadiendo apéndices o modificando partes alcanza el grado de arte. Lo que aparentemente es un puesto de comidas se convierte en un aparato rodante. La uniformidad del autobús escolar amarillo, cuya presencia llega tan al sur como ahora nos encontramos contrasta con las variedades locales del transporte colectivo en tamaños y colores. Destacan de momento los guatemaltecos con un despliegue de luz y color que supera a ambulancias y coches de feria juntos. Y también las propias normas circulatorias ofrecen un abanico que va desde la permisividad en República Dominicana para viajar en moto cuatro personas sin casco a la prohibición de circular sin casco o dos varones juntos en Honduras. No, no es homofobia, se trata de dificultar los asaltos desde motocicletas.

Una gasolinera con varios autobuses repostando, dos vigilantes armados con escopetas y un carrito de comida con el lema "el éxito de este negocio depende de Dios" puede ser una buena síntesis en una sola imagen.

Por supuesto, estas presencias masivas despiertan también sus rechazos entre muchos de los que entre ellas tienen que vivir a diario. Y, por supuesto que hay excepciones. La isla de Caye Caulker en Belice o la de Utila en Honduras, donde ahora descansamos en espera de bucear mañana, carecen casi completamente de estas tres herencias, al menos en apariencia. 

Aquí, aislados del ajetreo continental, vamos a cruzar los dedos para ver si la majestuosa naturaleza de la que estamos rodeados nos premia con la presencia de algún tiburón ballena mientras buceamos en las Islas de la Bahía.
 

miércoles, 13 de marzo de 2013

¡Viva México, cabrones!

El tiempo se entristeció tan pronto como supo que nos preparábamos a dejar México. El sol, que la tarde anterior nos había mostrado en todo su esplendor el mar de los siete colores en Bacalar, decidió no dejarse ver a la mañana siguiente. Y aunque no renunciamos a un madrugador baño en las claras aguas de la laguna, los siete colores quedaron en siete matices más difusos. Ha sido el único día que el sol no nos ha acompañado mientras cruzábamos este maravilloso país. 

Entramos a través de un desierto, pocos días después estábamos en una de las ciudades más pobladas del mundo, atravesamos montañas y selvas para llegar a las playas de arena blanca y salimos por el mar. No sobrevolamos el país, pero lo compensamos sumergiéndonos en las entrañas de la península del Yucatán, ese sistema de ríos subterráneos testigos de lo que un día fue su piel. Pocas experiencias subacuáticas son más bellas que el buceo en un cenote profundo. 

Ya al saltar al agua y sentir en la boca el frescor del agua en lugar del típico gusto salado se comienza de una forma especial. En el Pit, el agua llega hasta los siete metros de profundidad y ahí comienza una zona en la que el agua dulce va mezclándose con la salada del fondo, creando una capa de escasa visibilidad por la turbiedad de la mezcla. Al seguir descendiendo, la luz que entra por la parte superior va disminuyendo poco a poco. Al mirar hacia arriba se ve al contraluz el orificio de entrada, cada vez más pequeño, cada vez más oscuro. A los 35 metros de profundidad, una nube de sulfuro de hidrógeno forma una capa que atravesamos con la misma sensación que se debe sentir en una nube del cielo. Por momentos no se ve nada más que gas blanco ocultándolo todo. Estamos flotando en una nube. 

Por encima de la nube de nuevo, volvemos a recibir la escasa luz de la entrada. Los haces de los cuatro focos van iluminando a su paso estalactitas, estalagmitas y columnas donde el tiempo ha hecho que ambas se encuentren. El agua es cristalina como recién purificada y al apagar los focos se disfruta de unos juegos de luz espectaculares entre los rayos que se filtran sobre nosotros, el fondo insondable y las entradas a las pequeñas grutas. Solo nos asomamos unos metros en la entrada del mayor sistema de cuevas de este cenote, lo suficiente para reconocer algún fósil, mudo vigilante petrificado de otros tiempos.

No solo buceamos en México en los cenotes. También probamos el fondo de Cozumel y de Playa del Carmen pero, a falta de encontrar los tiburones toro, que parecían haberse mudado hacía tan solo unas semanas, ninguna de las experiencias submarinas estuvo al mismo nivel. El arrecife de la isla está en muy buen estado de salud pero escasamente habitado por peces y los fondos de Playa merecen una visita pero no un recorrido exhaustivo.

Playa del Carmen nos dio algo más que paisajes sumergidos. Nos presentó a Wendy y Tim con quien tuvimos la fortuna de compartir día de chapuzones y noche de tragos en cenotes. Conocimos también a Briar, la hija de Wendy y a Edu, canadiense y madrileño por el mundo. Aparte de ese gran día juntos, Wendy, Tim y Briar nos adoptaron como parte de su familia para pasar el domingo en Tulum, celebrando con antelación el cumpleaños de una y preparando la despedida por la vuelta a casa de los otros. Fue un gran día en familia con playa paradisiaca, comida exquisita y helados caseros, pero con el fin amargo de la despedida. Espero que Micia no se enfade por no haberla enumerado junto con los miembros humanos de la familia.

Se acaba el paso por este país al grito de "¡Viva México, cabrones!" pronunciado por el último mexicano con el que tratamos, el oficial de inmigración, que ennoblece a su profesión. También aquí hemos recorrido kilómetros, pero de una forma distinta. Muchos de esos kilómetros en los autobuses nocturnos con cine en sesión continua y barra libre de aire acondicionado. Otros en colectivos más grandes o más pequeños, como aquel que nos condujo de Chiapa de Corzo a San Cristóbal de las Casas, con su velocímetro fijo en 80, para no desesperar a los impacientes ni asustar a los temerosos. Y, al fin y al cabo, los giros de aguja que no tenía el indicador de velocidad, los daba el del combustible.

Pero, sin ninguna duda, el viaje estrella, la sensación del momento en los transportes, el premio al desplazamiento más excéntrico, ha sido para el ferry hasta San Pedro, La Isla Bonita, en Belize. Todo en ese viaje es especial. Desde los momentos previos al embarque, cuando los militares mandan a un perro a olfatear todos los equipajes dispuestos en fila sobre el muelle. Pasando por la subida a bordo por orden de una lista caprichosa que deja a algunos fuera de los asientos para tener que sentarse en la cubierta (lo que da que pensar en una posible sobrecarga de pasajeros). Hasta el momento más hilarante cuando, tras algunos embates de las olas, se producen unos chillidos aislados de pánico y el tripulante, al grito de "¡Relájense y permanezcan en sus asientos!", avanza gateando por entre las filas de asientos, liberando chalecos salvavidas cuchillo en mano y lanzándolos a quien considera. Y todo por un par de olitas al salir del remanso de la bahía de Chetumal, que no quiero pensar cómo habrían respondido en una travesía por el Atlántico.

Ahora, tumbados en unas hamacas en Caye Caulker, Belice, acariciando la arena con la mano, adoptamos el espíritu local de vida tranquila y volvemos a cargar pilas para salir mañana rumbo a Guatemala.