miércoles, 1 de enero de 2014

Y punto

Se acabó. Esto ya se está escribiendo desde España. 406 días desde nuestra salida de Madrid, allá por noviembre de 2012. Algo más de trece meses maravillosos, enriquecedores como trece años, limpiadores como trece tónicos. Después de un intento de establecernos en Asia, nuestra vida vuelve al mismo sitio del que salimos. Pero acabar en el mismo lugar no significa no haber avanzado. El mismo lugar solo es ahora una referencia geográfica.

Como último artículo, lo normal es hacer un balance, ese resumen donde, en la contabilidad, el debe y el haber siempre equivalen. Pero esa regla sagrada de la ciencia económica solo aplica gracias a la obligación de que todo los elementos sean convertibles a un valor monetario. Sin embargo, si flexibilizamos esa norma, las dos columnas ya no tienen que ser equivalentes. Y ese es nuestro caso. Cerramos el ejercicio y nuestro balance  no cuadra, sale demasiado positivo.

Cada vez que publicamos una foto de algún destino y recibimos un comentario de alguno de nuestros nuevos amigos, esos que nos trajo este viaje y que de ninguna manera habríamos conocido quedándonos en casa, recordamos que tenemos que añadir una entrada en ese balance. Cada vez que hablamos de algún sitio y podemos decir que lo hemos conocido, otra línea. Cada vez que recordamos un sabor, siempre asociado a algún otro recuerdo -los sabores se pegan al resto de recuerdos como si solo supieran vivir en simbiosis con los otros- una nueva línea. Pero fundamentalmente, cada vez que nos planteamos cosas que antes no hacíamos porque, tal vez, ni nos cabían en la cabeza, ahí añadimos una línea.

Ayer nos contaba Pedro que hay unos estudios recientes que demuestran que la meditación continuada puede producir cambios en la estructura del cerebro. Y como esos estudios se han hecho en una universidad norteamericana, de repente esa práctica tradicional se ha convertido en una corriente de éxito y le han dado un nombre mucho más anglosajón que "meditación" que suena mucho más tibetano o perroflauta y así se puede aplicar a los ejecutivos de las empresas. Del mismo modo, nuestro cerebro es ahora distinto al que teníamos cuando salimos. Y no solo es más viejo y le faltan más neuronas, que también. Pero es, ante todo, más blando, más flexible, le caben cosas que antes no habrían entrado. Como los músculos que ganan flexibilidad después de unas semanas estirando. 

Ver cosas es muy importante. La emoción de contemplar el templo de Angkor Wat al amanecer, la espuma de las cataratas de Iguazú, los troncos de las sequoias de Yosemite,  los colores de la Quebrada de Humahuaca, el blanco infinito del salar de Uyuni, la arena blanca bajo las escarpadas paredes calizas de Koh Yao Noi o a los orangutanes comiendo plátanos en Bukit Lawang difícilmente podremos olvidarla. Y cuando uno planifica un viaje (con todo lo permisivo que es aplicar el verbo planificar a nuestro viaje) tiene en cuenta muchas veces esas maravillas.

Pero en realidad, el viaje te enseña que eso no es lo más importante. Ni mucho menos. Enlazar lugar tras lugar, animal tras animal o paisaje tras paisaje puede acabar siendo una experiencia completamente vacía. Puede incluso llegar a cansar. Porque todos sabemos que la mejor manera de aprender no es mirar sino actuar. Y a poder ser, repetir hasta dominar lo aprendido. Al viajar hay que hacer. Cuanto más cosas haces más cosas aprendes. Y para aprender aún más hay que tener buenos maestros, de esos que no salen de viaje contigo sino que tienes que ir encontrando por el camino.

Nosotros encontramos a muchos de esos maestros. Muchas personas de las que hemos aprendido cosas, que nos han abierto los ojos cuando ya pensábamos que éramos capaces de verlo todo y uno nunca lo es. Como esos expertos cazadores que te muestran una codorniz camuflada entre los rastrojos, donde tú solo ves dorados tallos muertos. A ellos no los vamos a olvidar nunca. Y mucho menos olvidaremos a todos los que nos abrieron las puertas de sus casas y nos trataron como si fuéramos de su familia. Nuestra gratitud con ellos es eterna. Esas serán las anécdotas que contaremos siempre a nuestros nietos, tantas veces que se cansarán de oírnos y después de reprocharnos "abuelo, que eso lo has contado mil veces" se irán a jugar con la PS15.

Hemos aprendido que hay cosas muy obvias que pasamos por alto en nuestro día a día. Que la aritmética social obra milagros como que lo que aportan dos más dos sea más de cuatro. Que hay gestos que siempre suman y son gratis (otra vez se viola aquella regla de los balances). Hemos aprendido que hay otras culturas. ¡No solo lo hemos visto! Eso es lo importante, que lo hemos aprendido. Que hay otras formas de vida. A veces entre gente que vive muy lejos de nosotros y otras entre gente que nos cruzamos sin advertirlo. Hemos aprendido mucho de España gracias a ver a los españoles fuera de su país -algunos de paso y otros por largo tiempo- y mirarlo todos en conjunto desde fuera, como a través del microscopio.

Hemos intentado cosas que no hemos conseguido y hemos alcanzado logros que ni nos habíamos propuesto. Hemos corroborado que lo más importante para poder hacer algo es quererlo. Que nuestros límites no son siempre los que nosotros nos marcamos. Hemos compartido albergue con abuelos que se mueven con el mundo tan despacio que parece que vayan a vivir eternamente. Hemos visto a padres que no han tenido reparos en compartir aventuras con sus bebés.

Y qué nos hemos dejado a cambio de todo esto. Muchas horas de cansancio; alguna que otra incomodidad, como aquellas noches en que duermes en un lugar tan sórdido que estás rezando porque amanezca; algún susto que no llegó a disgusto; unas pocas lágrimas; un par de lesiones menores. 

Juzgue cada uno si el balance le cuadra; a nosotros nos quedan muchos beneficios de este ejercicio. Ahora tenemos que invertir esos beneficios. Durmiendo noche tras noche en el mismo sitio. Pero intentando no perder el espíritu del viaje. Alguien dijo que "el mundo es como un libro abierto, quien no viaja sólo ha leído la primera pagina". Vamos a por el siguiente capítulo.

domingo, 15 de diciembre de 2013

Vacaciones

Las vacaciones son ese periodo que nos permite descansar del trabajo (o de los estudios, pero hacía ya tanto de eso que he estado a punto de olvidarlo). Según el trabajo de cada cual algunos necesitan descansar de una intensa actividad física, de una estresante actividad mental o, simplemente, de un profundo aburrimiento existencial. Por eso, existen tantos tipos de vacaciones como combinaciones de tipos de personas y trabajos. Desde yacer entre arena y sol hasta entregarse al trabajo voluntario en una comunidad rural de un país subdesarrollado caben mil opciones: husmear cada rincón de los museos; patear calles de ciudades superpobladas; comprar todo lo superfluo y algo de lo necesario; practicar deportes de todo tipo, incluida toda la gama de actividades con nombre inglés acabado en 'ing'; probar los límites de almacenamiento de la cámara digital...

Pero, en esencia, igual que el negocio es la negación del ocio, las vacaciones solo existen porque existe el trabajo. Por más que alguno haya soñado alguna vez con vivir de vacaciones eternamente, es una pura contradicción. Un elemento necesario de las vacaciones es su duración limitada, el hecho de que al final siempre esté esperando la vuelta a la rutina. Ese carácter perecedero configura las vacaciones en todas sus etapas, desde la planificación, hasta las últimas horas previas a la reincorporación.

Nosotros, que llegamos a establecer algo parecido a esa rutina laboral en Singapur, y con los billetes ya comprados para la vuelta nos dimos un mes de vacaciones. Un mes para disfrutar del final del viaje antes de regresar a Singapur para hacer las maletas (léase mochilas) y volver a casa. Y reanudar el viaje de esa manera no se parece nada a iniciarlo. Porque, efectivamente, ahora tras los meses de rutinas y con la fecha de caducidad estamos de vacaciones. Y en vacaciones todo se vive más deprisa porque el tiempo corre a una velocidad distinta. 

De hecho, hoy, después de volver de un largo recorrido en kayak por las islas desiertas de los alrededores de Koh Yao Noi, repasamos lo que hemos hecho en estas últimas semanas y la lista es bastante larga. Hemos acelerado. Y también hemos dejado de privarnos de algunas cosas porque ya no hace falta ser tan prudente con el presupuesto. El éxito que supone haber llegado hasta aquí sin agotarlo nos permite alguna que otra alegría como hacer una comparativa de las diferentes tradiciones nacionales en lo que respecta al masaje. Y yo diría que, a pesar del sufrimiento inicial, hasta ahora gana el tailandés que me dio una señora bajita pero recia que, como parte del protocolo, rezó antes de ponerme la mano encima. Cuando de haber sabido de su fuerza habría sido yo el que rezara.

Volviendo a la lista, me doy cuenta de que los animales han marcado en buena medida nuestro recorrido que empezó en las islas Gili, en busca de grandes animales marinos. Desgraciadamente, nos quedamos con un par de pequeños tiburones y, eso sí, bastantes tortugas. Pero descubrimos un sitio interesante, unas islas con una combinación de actividad nocturna, tranquilidad en playas casi desiertas y varios puntos de buceo, un poco venidos a menos eso sí, que los efectos de la sobreexplotación pesquera no son patrimonio exclusivo de ningún país.

Tras un par de días en Lombok, donde la presencia de la fauna se limitó a los compañeros habituales en estas latitudes -gekos, lagartos, ranas y, por supuesto, insectos de todo pelaje- volamos a Sumatra para adentrarnos en la selva de Bukit Lawang en busca de los orangutanes. ¡Qué especial es la sensación de estar enfrente de un animal como ese! Un animal que tiene una mirada absolutamente humana. Mucho más que los parientes macacos, para los que solo somos animalillos a los que se les puede robar algo.

Y para finalizar la interacción con los grandes mamíferos tuvimos una sesión básica de aprendizaje de manejo de elefantes, seguida de paseo por la selva y baño conjunto que nos dejó una sensación agridulce. ¿De verdad son esos animales recuperados de situaciones de trabajos forzosos y se encuentran ahora en mejores condiciones? ¿No seriamos nosotros también algo cómplices de que se les siga explotando? Esas dudas (y el constante roce con la áspera piel del elefante) nos mortificaban mientras disfrutábamos de la experiencia de subir sobre la piel de un animal de tal tamaño, mientras le hacíamos andar al grito de "¡Pai, pai!"

Pero no menos común ha sido el afán "do it yourself" en nuestros desplazamientos y sus secuelas. Si a lo de caminar largas distancias mochila la espalda ya estábamos acostumbrados, a los tres días de recorrer los templos de Angkor en bicicleta sufrieron su periodo de adaptación nuestros culos. Y lo mismo fue de nuestras manos tras el "entrenamiento" de ayer y los 14Km de hoy en kayak. Eso sí, cada vez nos quedan por probar menos formas de desplazarnos. Formas de compensar con su lentitud la prisa vacacional con la que os movemos.

martes, 3 de diciembre de 2013

Todos los nombres... ¡No!

Ayako también dejó su vida en Japón para pasar un año fuera, aunque su apuesta fue para aprender inglés en Singapur, para ella mucho más cerca de casa que Londres y mucho más cercano culturalmente. De hecho, ella nos contó que si a muchos japoneses no les gusta la cocina occidental no es por los productos o por los sabores... ¡Es porque no se apañan con los cubiertos!

De nuestros cuatro meses en Singapur, nuestra época más cómoda fueron, sin duda, los dos meses que pasamos en Bayshore Park, un "condo" (o como diríamos en España, una urbanización) con vistas al mar, piscinas y muchas otras comodidades impropias de nuestro viaje. Bueno, tal vez no impropias, pero sí inusuales. Pero en aquellos momentos no éramos viajeros, éramos aspirantes a trabajadores inmigrantes. Por supuesto, todas estas comodidades no estaban a nuestro alcance de manera tan sencilla, porque alquilar un apartamento de semejantes cualidades excedía nuestro presupuesto en unas cuantas veces. Pero sí era asequible alquilar una habitación en un piso ya habitado. Aunque hacerlo asequible nos costó una negociación bastante intensa y una experiencia de convivencia que no olvidaremos fácilmente.

Nuestros caseros tenían unos hábitos de vida poco comunes. El día que conocimos a Zeba y firmamos el contrato, en una de las torres de Marina Bay, vestía como una ejecutiva y nos contaba que al día siguiente viajaba por trabajo. Ese fue el último día que trabajó si es que algún día de su pasado reciente lo había hecho. Desde entonces, ella y su marido Akash repetían una monótona jornada día tras día que arrancaba sobre las dos de la tarde y acababa cuando se acostaban, normalmente algo regados en alcohol, alrededor de las cinco de la mañana. Durante esas 14 ó 15 horas, la televisión (sin duda, el bien más caro de la casa, tan fina como una tela mágica que proyectara imágenes móviles) no se apagaba ni un minuto. A veces nos entraba la duda porque no oíamos nada pero finalmente aprendimos que siempre que eso ocurría era una escena que transcurría en silencio. Tenían otros rasgos que no olvidaremos nunca, como su obsesión por que limpiáramos todo, nuestra habitación, nuestro baño, los útiles de la cocina compartida... La verdad es que no nos hubiera llamado tanto esa obsesión de no haber sido porque la compaginaban con su absoluta incapacidad para limpiar. Tal vez impedidos por no haber sido enseñados de pequeñitos en el arte del fregado, tal vez por alguna deficiencia psicomotriz perfectamente camuflada y difícil de diagnosticar, el caso es que aquella casa solo lucía reluciente (aunque solo sea por comparación con los otros días) el día que una chica venía a poner orden.

Aun así, fuertes en nuestra habitación con vistas a East Coast y pasando muchas horas en la piscina, disfrutamos de nuestra estancia llegando a desarrollar algo parecido a un instinto hogareño. Ese agua siempre bien atemperada, esos paseos o carreras por East Coast Park, esas comidas en el "food court" de las zonas comunes o esos helados del supermercado que comíamos en el jardín... Pequeños detalles que no olvidaremos. Como a nuestros vecinos mexicanos, Xenia y Fernando, que contribuyeron a que nos sintiéramos aun más como en casa. Nos costó llegar a reunirnos los cuatro, entre los viajes y horarios de oficina de Fernando y mis horarios "lectivos" se nos fue casi un mes en disfrutar del primer encuentro todos juntos. Para entonces Xeixa, su Golden Retreiver, ya estaba con ellos y el primer día que salimos la vimos nadar incansable en la playa. 

Y es que Xenia y Fernando son protagonistas de la otra característica de nuestra estancia en Bayshore Park difícil de olvidar: Las barbacoas. Esos productos porcinos que nos tenían prohibidos en casa, sangría, unos tequilas más lo que cada uno iba aportando llenaron alguna que otra noche de fin de semana, cada vez con otro grupo de allegados, pero eso sí siempre hasta la medianoche como muy tarde, que allí como en todo Singapur, el orden es lo primero.

Unos de esos allegados fueron Carlos y Chuck. A ellos los conocí cuando acudieron a comprar una linterna a Gill Divers uno de los día que yo trabajaba allí. Curiosamente, fue Chuck -y no Carlos- quien detectó inmediatamente que yo era español. Tal vez después de tanto tiempo escuchando a Carlos hablar inglés su oído para detectar el acento español se ha afinado. Ellos también andaban, como nosotros, buscando un trabajo. Aunque su historia reciente era bastante distinta, allí coincidimos como buscadores de empleo en Singapur. Carlos está más abierto y tal vez no sea Changi el aeropuerto en el que acabe trabajando, sino Hong Kong o quién sabe. Pero su futuro laboral está a punto de concretarse y tal vez cuando lleguen a Madrid en Navidad ya tengan destino. En esas largas esperas de búsqueda conseguimos conocernos mejor, que Carlos tuviera alguien con quien hablar español en Singapur y que Eva y Chuck hicieran unas sesiones particulares de intercambio inglés español.

Todos ellos y muchos más (como María y Eduardo, del Binomio) dieron forma a nuestra estancia en Singapur. Pero lo que nos llevó allí no cuajó. Llegamos a establecer rutinas de vida diaria como si ya fuéramos residentes. Pero nos faltó lo básico. Conseguir ese trabajo con el que vivir en un ciudad como Singapur, donde el metro cuadrado es el bien más codiciado y pocos se pueden permitir su propio espacio. No obstante, la vida da y quita. El trabajo que no nos quiso dar a corto plazo puede que nos lo devuelva a largo con las ideas nuevas que nos aportó. O quién sabe si ese proyecto iniciado a medias con Gonzalo (otro de los grandes descubrimientos de españoles por Singapur y que merece más que esta simple mención) acabará cuajando y volvemos triunfantes... Gracias a todos por estos meses. Ahora a seguir viaje.

martes, 26 de noviembre de 2013

Con nombre propio

El mundo dejó de girar a nuestro alrededor por unos meses. Un tiempo en el que pasamos de ser viajeros a ser aspirantes a emigrantes. No se nos dio como esperábamos y volvimos al camino. O lo que es lo mismo, oficialmente, volvemos a estar de vuelta por el mundo.

Cuatro meses en Singapur nos dieron para llegar a conocerlo y disfrutarlo, a sentir sus calles como nuestras, incluso a establecer rutinas. Algunas rutinas fueron tan placenteras como darnos un baño en la piscina todos los días. Y es que Singapur se parece a Suiza en muchas cosas pero, desde luego, no en el clima. Por más que nuestras últimas semanas allí coincidieron con la época de lluvias y los truenos son más violentos que la mayoría de bombardeos en el cine bélico, el hecho de que el agua de la piscina permanezca estable en 29º y la temperatura exterior acompañe suponen un lujo. Por supuesto que comentamos entre nosotros y con otros oriundos de las latitudes medias si uno llega a cansarse de esa monotonía climática. A mí algo me hacía intuir que iba a tardar mucho tiempo antes de echar de menos el invierno con sus botas, abrigos y demás parafernalia.

Pero nuestra estancia en Singapur estuvo marcada, sobre todo, por los nombres propios. Sin ellos, probablemente ni hubiéramos tomado la decisión de intentar quedarnos a vivir allí. Sin ninguna duda, el primero en nombrar debe ser Javier. Por él hicimos nuestra primera visita allí y, en gran parte, él nos ilusionó con la idea de quedarnos. El gesto de intentar ayudarme para que me contrataran en su empresa se queda pequeño con el de ofrecerme su propia ropa para hacer la entrevista. Así se las ponían a Felipe II. Aunque también reinaba aquel Felipe cuando "los elementos" derrotaron a su Invencible. Consultor tal vez no solo de profesión sino también de vocación, Javier nos escribía correos con información de cada uno de los trámites por los que podríamos tener que transitar. Y si alguno no lo recordaba de su propia experiencia, consultaba otras fuentes. Y tampoco descuidó la parte de introducirnos en un pequeño núcleo de españoles expatriados que nos reunimos un par de veces para cenar en "El Chinorri".

El mismo día en que conocimos a Javier, tan solo unos minutos antes, mientras paseábamos por Chinatown antes de que entrevistarme con él, nuestro aspecto mediterráneo llamó la atención de Muhammet quien, con la rapidez del cazador emboscado, nos saludó con un "¡Hola!". Su nostalgia de nuestro mar común y su soltura con el castellano tras años de trabajar en Turquía con turistas de habla hispana le tientan a probar suerte con cada paseante sospechoso de ibérico. Unas veces acierta a la primera, como con nosotros. Otras veces, algunas más, no tiene la misma suerte. Hay gente que no se da por aludida y se pierden como mínimo un rato de conversación muy agradable tal vez acompañado de un café o de un té y unas excelentes pastas turcas. Quién sabe cuándo no responden porque no hablan castellano o porque no quieren distraerse de su camino. 

Tuvimos que declinar su invitación a café porque la entrevista apremiaba pero nos presentamos a la mañana siguiente y esa vez fue él quien no había llegado aun. No importa. Dos días después volvíamos a estar en Singapur, ya para quedarnos, y volvimos a su sastrería de South Bridge Road para cobrarnos la invitación. Conocer a Muhammet fue otro aliciente más para intentar echar raíces allí. Apenas tras unos pocos días de conocernos nos había dado todas las herramientas a su alcance para que nuestra vida allí fuera más fácil y nuestra aventura fructífera. Nos presentó a cuantos podían hacer algo en nuestro favor, nos explicó todo lo que necesitábamos para buscarnos la vida. Hospitalario hasta fuera de su país, conocerle ha sido una de las mejores cosas de nuestro paso por Singapur. A él y a las dos mujeres de su vida: Mastura, su esposa y gestora de la agenda social y Thalia, su hija e inspiración. 

Conforme voy escribiendo me doy cuenta de que son tantos los nombres que han marcado nuestra estancia que tendré que partir el texto en más de una publicación. Mis cuatro meses en Asia Dive Academy, primero formándome y luego formando yo, darían para una lista ya bastante larga, pero me limitaré a mis seis compañeros de promoción y a los tres instructores que más presencia e influencia tuvieron en ese mes. Yong Xiang y Monica se repartieron la tarea de formarnos hasta que se acercó la fecha del examen. Entonces, a falta de 10 días, Richard Mei, con su aspecto de guerrero oriental retirado, les tomó el relevo y tuvimos que acostumbrarnos a su inescrutable acento chino, a sus dejes autoritarios y a sus pequeñas manías, lógicas por otra parte en cualquier guerrero oriental retirado. 

A todo ello nos adaptamos porque el personaje, aparte de peculiar, se esforzó al máximo para que llegáramos al examen con la mejor preparación posible según sus criterios. Pocos días antes de dejar Singapur volví a verle, afinando la preparación de los nuevos candidatos a instructores, en esa planta cuarta donde unos meses antes Raha, Prat y yo habíamos convivido y estudiado. Y no solo eso, donde entre los tres habíamos ayudado a Johno (uno de los instructores senior de la plantilla) a construir las cápsulas donde luego viviríamos. Porque las cápsulas llegaron como los muebles de Ikea, embaladas eficientemente y para que te lo montes tú mismo. Eso sí, salvando las distancias obvias en cuanto a calidad e instrucciones entre el mobiliario sueco y el chino.

¡Cuántas horas de estudio y de piscina compartidas! Muchas también con Aly, Steven, Cedrid y Thomas, nuestros compañeros locales, pero sin duda muchas más entre nosotros tres, que estudiábamos, construíamos y vivíamos juntos en el dormitorio común con el resto del personal y donde en unas pocas semanas pasamos de las literas a nuestras cápsulas ensambladas a mano. También compartimos cervezas, pero pocas, que los precios de Singapur no permiten demasiadas alegrías. Y macerados en esas cervezas, compartimos nuestros pasados, nuestros sueños, nuestras ambiciones... Raha, un espíritu libre encerrado en un país donde borraron esa palabra, y que con enormes dificultades migratorias (nuestros pequeños incidentes son para reírse al lado de sus trabas) consiguió permiso para su estancia en Singapur. Prat, viajado y con esa experiencia que da haberse criado en un país con cientos de millones de personas...

También Eva compartió muchas horas de clase con Ayako, entre otros compañeros de clase. Pero coincidir en un curso intensivo de inglés de nivel elemental te hace un poco más difícil compartir sueños, al menos en plural. Aya se enfrentaba a un idioma demasiado diferente al suyo y la comunicación con ella, que nunca fue fluida, se apoyaba sin embargo y su riqueza gestual, digna de mimo, y el traductor de Google siempre a mano en su móvil.





martes, 30 de julio de 2013

Cambio de tercio


Un cambio de tercio... O dos o tres y cuantos sea menester, como se diría en algunos lares.


Por la alta demanda de nueva publicación, me he auto impuesto ser la sustituta temporal del titular, por hayarse este gastando lo que tenemos en la cabeza que pesa como un coco, tiene forma de nuez y consistencia del foie cocido. Eso sí, siguiendo bajo supervisión del autor.


Y es que esto no es lo que se suponía que iba a ser y ya nada es lo que era. Y Helen Rowland decía que "las locuras que más se lamentan en la vida de un hombre son las que no se cometieron cuando se tuvo la oportunidad". A nosotros no nos van a quedar y lamentarse no sirve de nada......

Siguiendo con las citas, y para tranquilizar a las familias, no os preocupéis porque intentaremos cumplir con Clarence S. Darrow, que dice "la primera parte de nuestra vida nos la estropean nuestros padres; la segunda nuestros hijos".

Y todo el cambio lo provocó James, el supuesto jefe del centro de buceo de Subic, Filipinas, pieza clave para decidir nuestro nuevo destino al empezar nuestra segunda parte del viaje, que iba a ser inicialmente por cuatro meses prorrogables. Irlandés de unos cuarenta años del que no me atrevería a decir nada más excepto que fue un mentiroso compulsivo. Aunque él lo llamaba haber sido algo ambiguo en sus explicaciones.


Menos mal que siempre hay gente que te recoge con los brazos abiertos una y otra vez (como Alain y Bárbara) y que no nos faltó el cariño de una familia a la que sorprendimos en sus vacaciones y nos abrieron los brazos (Ignacio, Rori & cia).


Gracias a todos por estar ahí en el momento necesario. Incluso a Muhammet por levantar la cabeza de máquina de coser en el momento oportuno y lanzarnos un "hola" en castellano en el barrio chino de Singapur. Ese sencillo gesto tuvo más importancia de la que parece en  nuestro nuevo enfoque y él ha pasado ya a formar parte de nuestra vida en esta nueva etapa. Aquí, en Singapur.

domingo, 7 de julio de 2013

A por agua

Después de la escala de tres semanas en España, en las que recargamos nuestros depósitos de afecto y de embutidos ibéricos, comenzaba nuestra segunda etapa. En la segunda etapa casi todo era distinto. En lugar de hacia Occidente viajábamos hacia el sol naciente; en lugar de embarcarnos en la aventura marítima, volábamos cruzando dos continentes en unas pocas horas; en lugar de arrancar en lo desconocido, teníamos amigos que nos esperaban en Kuala Lumpur. Pero el plan de viaje de la segunda etapa también era distinto, con una estancia larga en Filipinas en el horizonte.

Llegar a Kuala Lumpur fue un doble reencuentro. Primero con una ciudad que la primera vez que la pisé me transmitió una sensación de multiculturalidad reflejada a primera vista en algo tan sencillo como el vestir. Las cabezas cubiertas con pañuelos alternan con las piernas al aire y los vaqueros detalle ajustado. Las mezclas de moda de influencia china, occidental y musulmana colorean las calles del centro de KL. Y segundo por el reencuentro con Bárbara y Alain después de unos años en los que con suerte habíamos coincidido en alguna fugaz visita navideña. Tengo que decir que noté más cambiada a la ciudad desde mi primera visita del 2002. Como mínimo, los mercados del barrio chino son menos chinos y más ordenados. También es verdad que pasar unos días acompañados de residentes ayuda a comprender mucho más la ciudad y a descubrir, por ejemplo, que se puede tomar una copa en un helipuerto cuando caída la tarde nadie despega ni aterriza en la azotea.

Del oasis de KL volamos al caos de Manila. Dicen que la ciudad tiene unos 20 millones de habitantes pero es imposible hacer un censo porque casi todo el mundo está en movimiento. Bueno, para ser más exactos, más que en movimiento en un medio de transporte que moverse se mueve más bien despacio intentando abrirse paso entre miles de competidores. Los atascos de Manila son bastante célebres en la zona y solo parecen quedar atrás por los de Jakarta. Manila es también la ciudad de los centros comerciales, desde los modestos de Alabang hasta los lujosos de Makati, si uno pasa aquí solo unas pocas horas, se lleva la sensación de que la población de Manila vive en los centros comerciales y desplazándose entre ellos.

Pero Manila tiene muchas más cosas. Una de las que nosotros apreciamos pronto es la enorme oferta de hoteles por horas para parejas. Bueno, admito que lo del número de ocupantes es solo una suposición mía. Para nosotros fue una ventaja poder alojarnos una noche a precio de doce horas en lugar de día completo. Pero sobre todo nos ofreció una tarde de lo más divertida contemplando la mecánica del lugar desde la recepción del Hotel SoGo ("so clean so good", ahí queda eso...) de Alabang. 

Estábamos sentados en los sillones de la entrada porque nuestra habitación/zulo de estética cutrerótica no tenía cobertura y esperábamos comunicarnos con James para cerrar los planes del día siguiente. Las parejas de filipinos de casi todas las edades llegaban en un goteo constante. A simple vista parecían en la mayoría de los casos más parejas estables que esporádicas. Al llegar recibían un número y esperaban su turno para registrarse sentados en una sala con sillones de pareja resguardados por biombos a modo de reservados con la proyección de una película al fondo. Llegado el turno, desde el mostrador anunciaban el siguiente número y la correspondiente pareja accedía a registrarse y recibía la llave de sus deseos. Intentando ofrecer una imagen de intimidad y lujo, en las zonas comunes, un vídeo promocional mostraba a una pareja joven que accedía directamente desde el garaje donde dejaba su scooter hasta su habitación y mostraba imágenes del catálogo de habitaciones más exóticas: la James Bond, la del Imperio Romano, ¡la de las armas!...

Esta intensa actividad sexual amateur no deja atrás a la profesional, con la interminable hilera de clubes de la zona turística de Malate donde habíamos pasado nuestra primera noche y aun más con la zona de la bahía de Subic que recibe periódicamente la visita de los barcos de la armada norteamericana y de sus jóvenes y hormonalmente ricos marineros. Habríamos podido contar más detalles de esta interesante zona de la bahía de Subic donde planeábamos residir unos meses pero James, nuestro hombre en Manila, no resultó exactamente lo que esperábamos y decidimos seguir camino y búsqueda. Cuando la mitad de las cosas que alguien te dice suenan sospechosas y alguna confirmas que es mentira, puedes llegar fácilmente a la conclusión de que no es de fiar. Como el mismo James dijo tantas veces en los días que nos estuvimos conociendo buceando juntos en los fondos de Anilao, "no hard feelings". Pero cada uno por su camino. Finalmente abandonamos la bahía sin siquiera bajar a conocer los barcos hundidos que el agua esconde.

Y así estamos ahora. En Manila, con una mochila llena con 10 Kg de trastos para bucear y sin plan definido, esperando a que nos llegue la inspiración mirando por la ventana los lujosos rascacielos de Makati.

jueves, 6 de junio de 2013

Pequeñas diferencias


Una de las expectativas de llegar a Perú era volver a probar la Inca Kola, ese refresco dulzón con sabor a cola, pero de color amarillo brillante. Ya en Bolivia empezamos a ver las botellas, pero esperamos hasta entrar en su país original para tomarla. Agarré la botella con la ilusión de estar ante un producto diferente, "Inca Kola. El sabor del Perú. Desde 1935". La giré un poco y leí con ese tipo de letra inconfundible "The Coca-Cola Company". ¡Cómo podía ser! Para un refresco original y que triunfa, que parece seña de identidad de un país, ha caído en manos de la gran multinacional.

Creo que ese fue el golpe de gracia definitivo a una sensación que veníamos sintiendo desde hacía tiempo. Cada vez cualquier rincón del mundo se parece más a cualquier otro. Supongo que eso es la esencia de lo que se llama globalización. Que todas las capitales del mundo se vayan pareciendo todas entre sí. Que paseemos por los mercadillos de artesanías andinas y nada nos sorprenda por resultarnos ya familiar.

El símbolo de la uniformidad creciente son, curiosamente, los uniformes. No uniformes por profesiones o regiones sino las camisetas de los equipos de fútbol más famosos del mundo. La presencia de las camisetas de fútbol en la indumentaria diaria de Centroamérica y Sudamérica supera incluso a la de sus vecinos anglosajones del norte con su otra versión del deporte de pelota. Camisetas de equipos locales, pero sobre todo de equipos europeos, que llenan de colorido las enormes masas humanas de las grandes ciudades y salpican los paisajes rurales. Camisetas que, en general, van desde las imitaciones razonables hasta otras tan burdas que reconocería un extraterrestre sin televisión de pago.

Son tantas las camisetas falsas que se fabrican y se venden que uno se pregunta si se tratará de pequeños negocios que viven a expensas del boom creado por las grandes firmas de ropa deportiva o si hay alguien más detrás y la multiplicidad es solo una ilusión.

Peculiaridades geográifcas al margen, al final, detrás de ese mundo que se globaliza a todo ritmo, lo que quedan, como en la frase de aquella escena mítica de Pulp Fiction, son pequeñas diferencias. Como el hecho de que en Bogotá usen guantes desechables de plástico para comer si el plato exige usar las manos. Como esa inagotable variedad de colores y aromas en los refrescos por toda América, todos con ración extra de azúcar. Detalles como la creciente presencia de la cumbia conforme la latitud disminuye. 

Por eso es tan reconfortante encontrar de vez en cuando una pequeña joya, algo realmente único y sorprendente. Algo que uno nunca podría encontrar en un mercadillo de otro lugar. Aparte de algunas variedades de frutas y locales, usadas solo para el consumo local y todavía no introducidas al circuito internacional de los importadores, distribuidores y fiscalizadores, de vez en cuando uno se topa con alguna singularidad cultural que todavía requiere la compra de productos únicos. Esta sensación de estar ante algo irrepetible es la que produce pasear por el mercado de las brujas de La Paz y contemplar los fetos de llamas colgando de muchos de los tenderetes, listos para ser adquiridos y usados en los rituales con antigua tradición quechua.

Afortunadamente, siempre nos quedará la selva. Bueno, ¿nos quedará siempre? Al menos mientras nos quede, seguirá existiendo un ecosistema en el que el champú se consigue aplastando unas hojas, el agua pura corre dentro de los troncos del bambú, las hierbas para las infusiones se recogen al caminar, las lianas hacen innecesarias las cuerdas y los troncos y palos caídos de árboles víctimas de la brutal competencia vegetal se esparcen por todos lados. Nada que sea necesario para la vida falta en la selva para los ojos abiertos de los habitantes autóctonos que lo identifican entre la superabundancia verde que los rodea. Allí se crían esos gusanos tan codiciados por los que los han probado. No sé si esos a los que se refiere la FAO cuando nos augura o nos recomienda empezar a consumir anélidos, insectos, arácnidos y otro tipo de delicatessen.